Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

miércoles, setiembre 28, 2011

Jacinta

A la pequeña Jacinta le encantaba jugar. Su infancia era feliz pues sus padres, salvo las responsabilidades del colegio, la dejaban divertirse libremente, y disponía de una gran cantidad y variedad de juguetes para hacerlo, además de un casi interminable patio para ella y sus hermanos. Cada día era una aventura nueva, en la cual su fértil imaginación la llevaba por realidades inexistentes y mágicas que, apoyada por sus juguetes y por lo que encontrara a su alrededor, hacían de su vida un carnaval interminable.

Hacía ya un par de semanas que Jacinta estaba emocionada con su nuevo descubrimiento. Una tarde, tomando once con sus padres en una de las viejas y grandes sillas del comedor, se dio cuenta que si se sentaba cerca del borde su cuerpo empezaba a saltar rítmicamente, y no se detenía hasta que cambiaba de posición. Cuando le preguntó a su madre ésta le dijo algo de la sangre que pasaba a sus piernas y de los latidos del corazón, pero ello no importaba, ahora tenía un nuevo y espectacular juego que sólo necesitaba de sus piernas y la vieja silla. Desde ese día y a cada rato se sentaba en ella y se quedaba en silencio, sintiendo cómo su cuerpo se mecía, como si la silla tuviera la misma magia de los parques de diversiones. A veces se demoraba un poco en encontrar la posición precisa de sus piernas en la silla, pero cuando lo lograba la diversión estaba asegurada por horas.

A la pequeña Jacinta le encantaba jugar. Esa tarde de sábado se sentó después de almuerzo en la gran silla que arrastró con dificultad hasta el domitorio que compartía con su hermana mayor, y rápidamente encontró la posición exacta para que su cuerpo empezara con el rítmico vaivén. En esa ocasión y por primera vez se atrevió a cerrar los ojos mientras lo hacía, y la sensación fue maravillosa, parecía que toda la habitación, toda la casa, e inclusive todo el mundo se movieran al ritmo de sus piernas. En su mente de niña sentía como las paredes vibraban, como sonaban los juguetes en las estanterías, como sonaban los vasos y platos en el mueble del comedor, como sonaban los maceteros en el patio. De pronto el grito desesperado de sus padres la hizo abrir los ojos y pararse rápidamente para ir corriendo donde ellos, terminando abruptamente con el rítmico movimiento generado por sus piernas. El llamado fue justo a tiempo: si sus padres se hubiern demorado algunos segundos más en llamarla, el terremoto provocado por la mente de Jacinta se hubiera convertido en cataclismo.

miércoles, setiembre 21, 2011

Submarino

El “Carrera”, uno de los dos submarinos más modernos de Chile, de la clase Scorpene, navegaba en una misión de entrenamiento de rutina por los mares del sur, más allá de Talcahuano. La tecnología de última línea permitía a los marinos cumplir con su tareas con la tranquilidad necesaria para no temer por sus vidas y poder sacar el mayor provecho al primer viaje en esa nave. El comandante del submarino y el piloto se preocupaban que todo estuviera en orden, velando por el bienestar de la tripulación y de una de las joyas de la Armada.

Esa tarde arreciaba una fuerte tormenta en Ancud, lo que tenía a todos los pescadores a buen resguardo en sus casas para evitar una tragedia, pese a lo complicado que era sobrevivir a una jornada sin pesca. En el Carrera, a doscientos metros de profundidad, la tranquilidad era incomparable, casi pasmosa. A esa hora los marinos se estaban preparando para ir a comer, así que tenían algo de tiempo libre para descansar y conversar de lo que fuera excepto de los ejercicios del día. En el momento en que se dirigían a comer, un fuerte estruendo remece por completo la estructura del submarino, lo que activa todas las alarmas de la nave y desata el rápido desplazamiento de los marinos a sus puestos para evaluar la situación y ayudar en lo que se necesitara para salvar al tiburón de acero y sus vidas. Cuando el capitán recibió los reportes, el panorama se puso más oscuro que la profundidad a la que se encontraban: al parecer uno de los sonares arrojó un dato errado, lo que los llevó a chocar contra una pared de roca, inhabilitando los mecanismos de ascenso y descenso. En esos momentos una de los artilugios más modernos de la marina se empezaba a convertir en la tumba más multitudinaria y cara del país. Un par de minutos después, el submarino giró ciento ochenta grados sobre su eje y empezó un vertiginoso descenso, casi en caída libre, a una fosa abisal.

Lentamente la desesperación empezó a invadir a los más jóvenes, a sabiendas que la muerte llegaría de un momento a otro. Cuando ya no parecía haber modo de empeorar la situación, un segundo impacto hizo un forado de cuatro metros de largo en la parte superior del submarino, matando a seis tripulantes y al piloto. El capitán simplemente esperaba que el final fuera rápido, no quería que esos jóvenes sufrieran por horas antes de morir. Mientras pasaban miles de ideas por su cabeza, los instrumentos volvieron a fallar, mostrando que la nave estaba ascendiendo. De pronto notó que todos los instrumentos mostraban lo mismo, y la sensación en su abdomen también. Sin saber cómo su submarino, con toda la tripulación sobreviviente, estaba subiendo sin mayor esfuerzo. Un tercer impacto les avisó que estaban en la costa.

Cuando el capitán salió por la escotilla del Carrera se encontró con una fuerte lluvia que obnubilaba su vista. De pronto, en unas rocas a veinte metros de donde los encallaron, divisó una pequeña y delgada silueta. Al iluminarla con su linterna de mano, vio a una delgada muchacha de rubia cabellera y vestido de algo parecido a... algas. Cuando vio detrás de la muchacha a su piloto y a los seis tripulantes muertos, supo que la Pincoya los llevaría esa misma noche a seguir cumpliendo labores de mar, ahora a bordo del Caleuche.

miércoles, setiembre 14, 2011

Batalla de Providencia

Nadie supo cómo. En una fría noche de julio de 2012 todo parecía normal en Providencia. El barrio Suecia sobrevivía pese a su ya acostumbrada decadencia. Los restaurantes de los alrededores de Pedro de Valdivia y los pubs de Manuel Montt funcionaban tal como siempre, con esa mezcla de fauna variopinta que incluía desde familias hambrientas de comida chatarra hasta solterones hambrientos de sexo rápido y sin preguntas. Oscuro y frío desde las seis de la tarde, a las once de la noche la gente se paseaba con kilos de ropa encima con tal de poder disfrutar algo del tiempo libre que les dejaban sus trabajos esclavizantes y sus vidas asfixiantes.

Nadie supo cuándo. De un instante a otro varias columnas de individuos aparentemente comunes y corrientes empezaron a confluir desde Apoquindo y Tobalaba por un lado, y desde Vitacura y Thayer Ojeda por el otro, para enfilar a Providencia. Parecía otra de las ya decenas de marchas que se repetían día tras día en Santiago desde que comenzó el segundo año de gobierno de Piñera, salvo por un extraño detalle en común: todos parecían tener ascendencia nórdica (o europea al menos) y ser de clase acomodada. Lenta y ordenadamente avanzaban hacia el poniente sin bajar de las veredas, en silencio, todos con las manos en sus bolsillos.

Nadie supo por qué. De improviso, y justo cuando un grupo de jóvenes (de esos denominados flaites por los arribistas) se perdía entre medio de la columna de marchantes, una alarma sonó al unísono en todos los celulares. En ese momento todos sacaron las manos de sus bolsillos, empuñando las pistolas semiautomáticas que portaban. El grupo de jóvenes se convirtió en las primeras víctimas de esa fatídica noche. Lo que hasta ese entonces era una caminata ordenada se convirtió primero en un trote, y finalmente en una estampida furiosa de gente armada que disparaba a diestra y siniestra matando a todo aquel que no se pareciera a ellos y que no anduviera en vehículos de más de treinta millones de pesos.

Nadie supo dónde. De todas partes aparecían más y más marchantes armados asesinando gente discriminadamente. Nadie que no fuera como ellos se salvaba. Sin mediar provocación y sin que ningún ruego surtiera efecto, las hordas de asesinos avanzaban hacia el poniente con un secreto pero firme objetivo: limpiar sus barrios y establecer un límite físico en Plaza Italia, para que ningún pobre ni roto venido a gente usara sus barrios.

Nadie supo cómo. A la media hora de iniciada la masacre un grupo mayor de residentes de Providencia salió de sus departamentos y casas armados con lo que tenían, para combatir contra los marchantes. En la medida que lograron reducir a los más débiles y hacerse de sus armas, la situación se pudo equilibrar, no sin antes matar a los marchantes, pues pese a haber sido desarmados seguían atacando, presas de un fanatismo realmente escalofriante. Terminada la noche sangrienta, conocida hoy en día como la Batalla de Providencia, los trescientos marchantes murieron y mil inocentes cayeron bajo su odio irrefrenable. Desde esa fecha, el límite oriente de la capital quedó en Plaza El Golf; de ahí para arriba se extiende la ciudad de Santiago Alto.

miércoles, setiembre 07, 2011

Cirujano

-Listo colega, está el paciente anestesiado y la zona quirúrgica delimitada. A trabajar.
-Bien, bisturí.
-Cuidado, el corte debe ser muy sutil, no debe dejar nada alterado pero tampoco dañar lo sano.
-Lo sé profesor, lo sé. Por ahora vamos bien.
-Vas bien, el crédito es todo tuyo, yo sólo estoy de ayudante.
-Gracias profesor. Listo, extirpada la lesión.
-¿Completa, estás seguro?
-Sí profesor, no quedó nada dañado en el cuerpo ni nada sano en la pieza operatoria.
-Bien, esperemos que el patólogo piense lo mismo que tú. Prosigue.
-Sutura.
-Recuerda ser igual de sutil para suturar. No debes pasar a llevar nada al cerrar la herida.
-Estoy consciente de las eventuales consecuencias profesor, pero hasta ahora todo ha salido bien.
-Así veo, creo que tienes un gran futuro en esta especialidad.
-Gracias profesor. Listo, terminé.
-Deja ver... perfecto, no quedará cicatriz ni secuelas. Si retiraste todo al cortar el paciente podrá proseguir su vida sin contratiempos.
-Bien. Profesor, ¿me puedo sacar ya el casco? Me duele demasiado el cuello.
-Sí, ya puedes sacártelo. Ese es uno de los problemas que aún tenemos con estas cirugías, el tamaño de los accesorios.
-Pero en algún momento se arreglará, alguien logrará miniaturizar todo este aparataje.
-Por supuesto, probablemente los japoneses ya están trabajando en eso. Aunque seamos sinceros, vale la pena el dolor de cuello por el peso de la cámara kirlian con tal de poder operar el aura.