La
vista nublada en la pantalla del computador le estaba haciendo muy
complicada su jornada laboral esa mañana. La telefonista había
llegado bien al trabajo pero en cuanto encendió la pantalla del
computador empezó a ver borroso y a no poder distinguir
adecuadamente los textos que aparecían en su terminal. Cerca de las
diez de la mañana su jefa se acercó a preguntarle qué le pasaba
pues no estaba rindiendo a su nivel de siempre. Luego de inventar que
había dormido mal la noche anterior y que no había alcanzado a
desayunar, intentó seguir con su trabajo.
Tres
de la tarde, luego de almorzar y descansar su vista seguía borrosa.
Su jefa apareció de nuevo en su cubículo, acompañada por un
paramédico dispuesto a evaluarla. A regañadientes la joven dejó
que le tomaran los signos vitales y que le pincharan el dedo para
medir el azúcar. Luego de comprobar que todo estaba normal, el
paramédico sacó un aparato con una luz de una cajita plástica y
miró dentro de los ojos de la muchacha. Al apagarse la luz dictaminó
que debían llevarla lo antes posible a un servicio de urgencias:
mientras arreglaba sus cosas, la muchacha vio la cara de espanto del
paramédico.
Dos
horas más tarde la muchacha estaba siendo examinada en la urgencia
de una clínica. El médico que la recibió se rió al ver el informe
del paramédico, y fue a buscar el mismo aparato que habían usado
horas antes en su oficina. Luego de mirar el médico lanzó un
improperio y fue a buscar a otro colega de mayor edad. El hombre no
saludó, tomó el aparato, miró dentro del ojo, miró a su colega y
salió del lugar raudo.
Media
hora más tarde cerca de quince médicos habían visto sus ojos por
el aparatito. La muchacha y su jefa estaban cansadas: cuando apareció
el decimosexto médico la muchacha dio un paso atrás y dijo que no
la volverían a examinar hasta que alguien le explicara qué estaba
pasando. El nuevo médico conectó el aparato con un cable USB a su
celular, encendió el aparato y tomó una foto de las pupilas de la
muchacha; cuando la joven la vio, un grito se ahogó en su garganta y
en su alma.
El
párroco de la iglesia que quedaba a siete cuadras de la clínica
llegó al lugar con un maletín de cuero. En él llevaba agua
bendita, cruces, libros de rezos y accesorios extraños que la joven
no reconocía. Mientras el sacerdote desplegaba sus cosas en la
camilla, el jefe de oftalmología calmaba a la muchacha e intentaba
decirle que no había explicación médica a la presencia de un
diminuto ser humano dentro de sus ojos. La joven en ese momento
recordó que cuando era chica una anciana extraña se había acercado
a ella a ver sus ojos,diciéndole que eran hermosos y que ella los
quería para sus hijos, para luego tocar sus párpados con las manos
más frías que había sentido en su vida. Cuando el sacerdote lanzó
agua bendita, sintió sobre sus párpados el calor más intenso que
había conocido en su existencia, quedando ciega al instante. Quienes
vieron lo que pasó, se juramentaron para nunca hablar de lo que
habían visto luego que el sacerdote lanzó el agua bendita, Nadie
supo jamás dónde se metieron los duendes que huyeron con los ojos
de la muchacha.