Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

domingo, marzo 29, 2026

Cerro

La muchacha avanzaba por el boscoso sendero marcado por sus antecesores como seguro. El cerro que estaba visitando era fácil de subir, con mucha vegetación, sin fauna peligrosa y protegido por guardias forestales que hacían del lugar un verdadero paseo familiar de fines de semana. Sin embargo en esa ocasión la muchacha lo estaba subiendo a mitad de semana aprovechando sus días libres pues trabajaba en sistema de turnos, lo que complicaba su vida social. De todos modos en ese momento nada importaba, sólo tenía que disfrutar del aire limpio y el maravilloso paisaje que la rodeaba.

A mitad del ascenso la muchacha encontró un ave negra muy grande echada en el suelo que parecía tener un ala rota o desencajada y que gritaba fuerte. La muchacha se acercó con cuidado, y al no saber si el ave gritaba de dolor o de sed sacó un recipiente y le dio agua, la que el ave bebió rápidamente. La muchacha tomó con suavidad el ala del ave y al verla dislocada se decidió: le puso una toalla en la cabeza al ave, tomó el ala y el cuerpo y con un pequeño tirón colocó el ala en su lugar. El ave gritó, botó la toalla, voló un par de metros, se paró en el suelo desde donde la miró un par de segundos para luego emprender el vuelo.

La chica llegó a media tarde a la cima del cerro donde se quedó un rato mirando la ciudad a sus pies. De pronto vio su reloj y se dio cuenta que no alcanzaría a bajar con luz natural: la muchacha empezó el descenso lo más rápido que pudo, y cuando quedaban cerca de quinientos metros para llegar a los pies del cerro el sol se ocultó, dando paso a la negra noche. Al lograr salir del parque se encontró de frente con tres jóvenes algo mayores que ella, que llevaban cada uno una botella de licor en sus manos,y cuyas voces se escuchaban difíciles de entender. La muchacha intentó evitarlos, pero uno de ellos la tomó por la cintura y la lanzó al suelo.

La muchacha temblaba de miedo al ver a los jóvenes abalanzarse sobre ella. De pronto un grito agudo y una ráfaga de viento sacó a los jóvenes de su concentración; de la nada una sombra oscura los cubrió, y un grito desesperado fue lo último que se escuchó de ellos en el lugar. La muchacha se incorporó, y vio al ave negra en el suelo parada mirándola; la muchacha la iluminó con la linterna de su teléfono. Extrañamente la sombra que proyectaba el ave era la de una mujer grande con vestido, y no la de un ave. Ese fue el primer contacto de la muchacha con Morrigan, diosa de la guerra y la muerte.