La
muchacha avanzaba por el boscoso sendero marcado por sus antecesores
como seguro. El cerro que estaba visitando era fácil de subir, con
mucha vegetación, sin fauna peligrosa y protegido por guardias
forestales que hacían del lugar un verdadero paseo familiar de fines
de semana. Sin embargo en esa ocasión la muchacha lo estaba subiendo
a mitad de semana aprovechando sus días libres pues trabajaba en
sistema de turnos, lo que complicaba su vida social. De todos modos
en ese momento nada importaba, sólo tenía que disfrutar del aire
limpio y el maravilloso paisaje que la rodeaba.
A
mitad del ascenso la muchacha encontró un ave negra muy grande
echada en el suelo que parecía tener un ala rota o desencajada y que
gritaba fuerte. La muchacha se acercó con cuidado, y al no saber si
el ave gritaba de dolor o de sed sacó un recipiente y le dio agua,
la que el ave bebió rápidamente. La muchacha tomó con suavidad el
ala del ave y al verla dislocada se decidió: le puso una toalla en
la cabeza al ave, tomó el ala y el cuerpo y con un pequeño tirón
colocó el ala en su lugar. El ave gritó, botó la toalla, voló un
par de metros, se paró en el suelo desde donde la miró un par de
segundos para luego emprender el vuelo.
La
chica llegó a media tarde a la cima del cerro donde se quedó un
rato mirando la ciudad a sus pies. De pronto vio su reloj y se dio
cuenta que no alcanzaría a bajar con luz natural: la muchacha empezó
el descenso lo más rápido que pudo, y cuando quedaban cerca de
quinientos metros para llegar a los pies del cerro el sol se ocultó,
dando paso a la negra noche. Al lograr salir del parque se encontró
de frente con tres jóvenes algo mayores que ella, que llevaban cada
uno una botella de licor en sus manos,y cuyas voces se escuchaban
difíciles de entender. La muchacha intentó evitarlos, pero uno de
ellos la tomó por la cintura y la lanzó al suelo.
La
muchacha temblaba de miedo al ver a los jóvenes abalanzarse sobre
ella. De pronto un grito agudo y una ráfaga de viento sacó a los
jóvenes de su concentración; de la nada una sombra oscura los
cubrió, y un grito desesperado fue lo último que se escuchó de
ellos en el lugar. La muchacha se incorporó, y vio al ave negra en
el suelo parada mirándola; la muchacha la iluminó con la linterna
de su teléfono. Extrañamente la sombra que proyectaba el ave era la
de una mujer grande con vestido, y no la de un ave. Ese fue el primer
contacto de la muchacha con Morrigan, diosa de la guerra y la muerte.