Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

domingo, enero 11, 2026

Loco

 "El loco”. Así le decían al viejo albañil que ya nadie contrataba. Luego de una caída desde el tercer piso de un edificio en construcción en aquella época en que no existía la seguridad laboral, el hombre se golpeó la cabeza y perdió la razón, siendo jubilado por discapacidad. Desde ese entonces el loco se paseaba de obra en obra gritando lo que su mente le decía, alegrándoles el día a sus ex colegas de obra y estresando a capataces y profesionales.

Esa mañana se estaba terminando de excavar la zona en que irían los cimientos de un terreno en que erigiría un edificio de veinte pisos con dos niveles de estacionamientos subterráneos, por tanto la profundidad de la excavación era enorme. Las medidas de seguridad eran extremas, y un prevencionista de riesgo estaba vigilante que nadie estuviera sin todas las medidas necesarias para disminuir las posibilidades de un accidente. De pronto se escuchó la voz del loco, quien llegó gritando “agáchate que vienen los indios”, lo cual sacó una carcajada de los obreros más viejos, quienes reconocieron una frase de sus infancias muy usada por humoristas y programas de televisión en el pasado. Luego de gritar cinco veces la frase el loco se fue corriendo sin destino conocido.

Al día siguiente uno de los obreros más viejos llegó con una triste noticia: la tarde anterior el loco había cruzado una avenida corriendo sin control, siendo atropellado por un vehículo y muriendo en el lugar, pese a la ayuda prestada por el conductor del móvil y por transeúntes. Los obreros guardaron un improvisado minuto de silencio por su ex colega, para luego iniciar las funciones del día. Uno de los profesionales inició una colecta para reunir dinero para el funeral del loco, y el dueño del futuro edificio se contactó de inmediato con un conocido dueño de una funeraria para facilitar los trámites a seguir. A las nueve y medias de la mañana llegó un camión betonero para empezar a vaciar la mezcla en los cimientos de la obra. De pronto se escuchó un grito que paralizó a todos.

Diez obreros estaban de pie en la zona de construcción, paralizados. Frente a ellos había veinte mapuches, rapados al cero, con sus cuerpos pintados y armas en ristre. En ese momento apareció un arqueólogo quien traías los resultados de las prospecciones del terreno, que debían ser esperadas antes del inicio de las obras, pero que fueron ignoradas por los profesionales para ganar tiempo. El informe decía que el terreno era un viejo cementerio picunche, por lo cual no se podía iniciar obras mientras no se estudiara el terreno y se levantaran los restos. Los obreros recordaron la frase gritada por el loco el día anterior. Uno de ellos creyó ver en el grupo de almas de los guerreros picunches al malogrado ex albañil, sonriendo.