"El
loco”. Así le decían al viejo albañil que ya nadie contrataba.
Luego de una caída desde el tercer piso de un edificio en
construcción en aquella época en que no existía la seguridad
laboral, el hombre se golpeó la cabeza y perdió la razón, siendo
jubilado por discapacidad. Desde ese entonces el loco se paseaba de
obra en obra gritando lo que su mente le decía, alegrándoles el día
a sus ex colegas de obra y estresando a capataces y profesionales.
Esa
mañana se estaba terminando de excavar la zona en que irían los
cimientos de un terreno en que erigiría un edificio de veinte pisos
con dos niveles de estacionamientos subterráneos, por tanto la
profundidad de la excavación era enorme. Las medidas de seguridad
eran extremas, y un prevencionista de riesgo estaba vigilante que
nadie estuviera sin todas las medidas necesarias para disminuir las
posibilidades de un accidente. De pronto se escuchó la voz del loco,
quien llegó gritando “agáchate que vienen los indios”, lo cual
sacó una carcajada de los obreros más viejos, quienes reconocieron
una frase de sus infancias muy usada por humoristas y programas de
televisión en el pasado. Luego de gritar cinco veces la frase el
loco se fue corriendo sin destino conocido.
Al
día siguiente uno de los obreros más viejos llegó con una triste
noticia: la tarde anterior el loco había cruzado una avenida
corriendo sin control, siendo atropellado por un vehículo y muriendo
en el lugar, pese a la ayuda prestada por el conductor del móvil y
por transeúntes. Los obreros guardaron un improvisado minuto de
silencio por su ex colega, para luego iniciar las funciones del día.
Uno de los profesionales inició una colecta para reunir dinero para
el funeral del loco, y el dueño del futuro edificio se contactó de
inmediato con un conocido dueño de una funeraria para facilitar los
trámites a seguir. A las nueve y medias de la mañana llegó un
camión betonero para empezar a vaciar la mezcla en los cimientos de
la obra. De pronto se escuchó un grito que paralizó a todos.
Diez
obreros estaban de pie en la zona de construcción, paralizados.
Frente a ellos había veinte mapuches, rapados al cero, con sus
cuerpos pintados y armas en ristre. En ese momento apareció un
arqueólogo quien traías los resultados de las prospecciones del
terreno, que debían ser esperadas antes del inicio de las obras,
pero que fueron ignoradas por los profesionales para ganar tiempo.
El informe decía que el terreno era un viejo cementerio picunche,
por lo cual no se podía iniciar obras mientras no se estudiara el
terreno y se levantaran los restos. Los obreros recordaron la frase
gritada por el loco el día anterior. Uno de ellos creyó ver en el
grupo de almas de los guerreros picunches al malogrado ex albañil,
sonriendo.