Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

martes, enero 24, 2017

Reflexión

La moribunda bruja seguía atormentada en su lecho luego de semanas de agonía. Custodiada por cinco jóvenes pero poderosas hechiceras, la maestra de conjuros y encantamientos no tenía los conocimientos ni las fuerzas para curar las heridas infringidas por el brutal ataque de un grupo de practicantes evangélicos que descubrieron cómo ella se apoderó de la conciencia de la hija del pastor, convirtiéndola en una seguidora del demonio. El ataque fue tal que acabó con la vida de la joven pecadora, y dejó a la bruja con quemaduras tan graves como para dejar expuestas grandes áreas de su esqueleto a vista y paciencia de quienes fueran a visitarla para intentar salvar su cuerpo y darle algo más de tiempo a su alma consagrada al imperio del mal. Pese a todos los hechizos e invocaciones a poderosos demonios, la suerte parecía estar echada para la malvada mujer.

Esa noche apareció en el departamento de la moribunda una pequeña y arrugada mujer, que parecía tener más años que todos los habitantes del edificio, quien sólo necesitó pararse frente a la puerta para que ésta se abriera sin dificultad para darle paso. Cada pisada de la anciana hacía vibrar las paredes y los muebles del lugar, y su sola presencia envolvió en un temor indescriptible a las brujas guardianas, quienes nunca habían estado en presencia de tal nivel de maldad y en un estado tan puro y evidente. La mujer se acercó a la cama de la moribunda, quien abrió bruscamente los ojos al sentir en su entorno a su poderosa maestra; pese a su esfuerzo, no fue capaz de evitar lo que sabía iba a suceder.

La anciana maestra sacó de entre sus ropas una vieja bolsa plástica de supermercado, vaciando su exiguo contenido en el velador de la moribunda: una bolsa con tierra de cementerio, un pequeño macetero plástico, una semilla, una cuchara sopera, una botella con óleos robados de una iglesia y maldecidos en tiempos inmemoriales,  y una aguja plateada. La mujer abrió la bolsa de tierra, y mientras recitaba palabras ininteligibles, sacó cuatro cucharadas de tierra y las depositó en el pequeño macetero; luego de ello tomó la alargada semilla y la colocó sobre la tierra, en un pequeño espacio que hizo con la cuchara. La mujer dejó el macetero en el velador, destapó la botellita con los óleos, y siguió recitando en voz baja un par de minutos, para de improviso detenerse y clavar su mirada en la agonizante mujer, quien empezó a gritar desesperada para sorpresa de quienes estaban en el lugar. La anciana mujer se colocó de pie, haciendo que los gritos de la bruja herida se hicieran cada vez más destemplados.

La vieja bruja se acercó al cuerpo de su agonizante alumna, quien no paraba de gritar de espanto. La anciana tomó del velador la aguja plateada, y sin que nadie alcanzara a hacer nada, la enterró en el anular izquierdo de la mujer herida, quien en ese instante dejó de gritar; la anciana dejó la aguja en la mesa, tomó el macetero y exprimió una gruesa gota de sangre sobre la alargada semilla, para después tomar una quinta cucharada de tierra y cubrir la semilla, y finalmente regar todo con los óleos robados. En el instante en que los óleos desaparecieron de la superficie del macetero, la bruja agonizante y sus cinco guardianas murieron instantáneamente. La anciana tomó con cuidado el macetero y lo envolvió con la bolsa de supermercado, para luego dirigirse a la puerta de salida. Mientras pasaba por encima de los cadáveres, dijo en voz alta:

—Veo que no aprendiste nada de todo lo que me esmeré en enseñarte. Tus aprendices no servirán ni de carroña, pedazo de imbécil—luego de ello levantó el macetero en su bolsa y mirándolo dijo:—Pero bueno, supongo que con unos dos mil años encerrada en esta araucaria te bastará para aprender tu lección y seguir mis órdenes al pie de la letra.

miércoles, octubre 26, 2016

Conversión

Con sumo respeto y en silencio el guerrero cargaba el cuerpo inerte de su enemigo. Luego de una encarnizada batalla cuerpo a cuerpo y de un sangriento desenlace, el vencedor envolvió el cadáver del vencido en una sucia bandera que encontró en el campo donde lidiaron por el honor de las casas reales que defendían, y se lo llevó para cumplir con el ancestral ritual que se llevaba a cabo desde tiempos inmemoriales con los cuerpos de aquellos guerreros vencidos y muertos, pero cuyo coraje y capacidad técnica en el combate no debían perderse en las entrañas de una tumba y los tubos digestivos de las alimañas que darían cuenta de sus putrefactos cuerpos.

El guerrero llevó el cuerpo de su rival al altar familiar. El hombre se sacó su traje de combate, dejó su espada y su daga, se colocó una túnica, y se dispuso a empezar con el ritual. El hombre desvistió por completo el cadáver de su enemigo, para poder lavarlo con cuidado y eliminar todo vestigio de sangre y vísceras; por la violencia del combate debió recurrir a una gruesa aguja y un cordón delgado en vez de hilo para cerrar los numerosos cortes en piel, abdomen, tórax y cuello. Una vez terminado el proceso acostó el cuerpo en el altar familiar, y sacó la maleta de cuero de carnero negro con los materiales para cumplir su cometido. De ella sacó un paño negro absorbente sobre el que colocó dos ganchos curvos largos y una botella de vidrio sucio llena hasta la mitad con un brebaje de color indefinible.

Sin mediar ceremonia ni aspavientos, el hombre metió los ganchos por las fosas nasales del cadáver empujándolos hasta el fondo del cráneo, para luego girarlos en seis sentidos según había aprendido y vaciar por completo el cerebro. Acto seguido, y mientras recitaba una oración pegada al vidrio de la botella, el hombre vació su contenido en ambas fosas nasales, para de inmediato alejarse. Un par de segundos después el cadáver empezó a tomar una coloración grisácea y luego de un espantoso y agudo grito, abrió los ojos convertido en un sirviente sin voluntad propia. La conversión estaba completa, y ahora el guerrero tenía un esclavo guerrero que pelearía junto a él en el campo de batalla.

Una semana después el campo de batalla estaba en tenso silencio. En las colinas que flanqueaban el valle donde se llevaría a cabo la carnicería en nombre de sus respectivas majestades, se desplegaban los ejércitos rivales, listos a dejarse llevar por el frenesí descontrolado de saber que era imprescindible matar para intentar no morir dicha jornada. En uno de ellos, decenas de guerreros de piel grisácea y mirada perdida hacían la primera línea de choque para avanzar contra los rivales: el efecto psicológico en el ejército rival de los cadáveres vivientes de quienes fueron antes del propio bando atacándolos ferozmente, y el desplegar dicha línea de guerreros como avanzada para disminuir las bajas en la primera oleada, daba una ventaja que podía ser decisiva en el desarrollo de la guerra.

A la orden de los comandantes de las tropas, un grito al unísono por ambas partes hizo eco en el valle: la señal del principio del fin había sido dada, y ahora sólo quedaba batallar y tratar de sobrevivir lo más entero posible. Las primeras líneas de guerreros de cada bando se lanzaron corriendo desenfrenados hacia el valle en busca de sus rivales para empezar la matanza. Los cadáveres vivientes se movían ágilmente cerro abajo, siendo seguidos por sus guerreros creadores, para hacer verdaderas mancuernas en el campo de batalla y así debilitar lo suficiente a las tropas rivales para luego iniciar la carga de caballería. El guerrero seguía orgulloso al enemigo converso, seguro que la técnica combinada de ambos los convertiría en leyenda esa fría mañana. De pronto, el cadáver viviente giró sobre su eje y descargó un preciso golpe de espada que hizo rodar la cabeza de su creador, dejando estupefactos al resto de los soldados, pero sin detener el avance de los otros conversos: lamentablemente para las aspiraciones del guerrero, su aprendizaje no había sido el adecuado, y aquel séptimo giro de ganchos dentro del cráneo del cadáver que olvidó hacer, dejó intacta la memoria de quien debía convertirse en su sirviente, y convertirlo en un campeón.

miércoles, octubre 19, 2016

Casona

Macarena miraba con tristeza a través de la ventana de la sala de estar de su casa. Aquella mañana sería tal vez la última de su existencia en su hogar, por lo que debía aprovecharla al máximo. Fuera de la reja aún quedaban algunos carteles de protesta de los grupos que luchaban por la preservación del patrimonio de la ciudad, que no habían sido capaces de revertir la última orden judicial. La vieja casona de ciento cincuenta años estaba condenada a muerte, y esa mañana se llevaría a cabo su ejecución.

Macarena sentía que parte importante de su vida se iría con esa casona. La vieja edificación había soportado terremotos históricos y un par de incendios, y ahora sucumbiría bajo una maquinaria que buscaba hacerla desaparecer a la brevedad para de inmediato empezar la construcción de un nuevo condominio, que llevaba un par de años esperando por brotar y crecer como maleza en donde otrora hubiera un tranquilo barrio residencial, y que ahora albergaba hileras de torres de decenas de pisos, para poder dar cabida a la mayor cantidad de clientes en el menor espacio posible, haciéndoles creer que vivir en ese hacinamiento merecía llamarse vida. Macarena tocaba las paredes de su vieja casa, y sentía que ella tenía más vida que cualquiera de quienes llegarían a habitar los nuevos departamentos, y mucha más aún que quienes decidieron destruirla para borrar todo vestigio del pasado y darle paso a la sobrevalorada modernidad.

Macarena se paseaba nerviosa. Hacía un rato había llegado un pequeño grupo de defensores del ´patrimonio con nuevas pancartas y megáfonos para dar la última batalla por su hogar; sin embargo, apenas cinco minutos después un piquete de policías se encargaron de dispersarlos, para que a los pocos minutos llegaran los camiones de la empresa de demoliciones, quienes desmontaron la reja, tapiaron con paneles el límite con la vereda, y abrieron paso a la maquinaria encargada de derribar todo a su paso.

Macarena estaba angustiada. El hogar que la había visto nacer a ella, a sus hermanos, sus padres, sus abuelos y bisabuelos, estaba a punto de convertirse en un terreno baldío. Ninguno de sus esfuerzos había valido la pena, y ahora se encontraba en uno de los momentos más inciertos desde que tenía memoria: había perdido las batallas, la guerra, y ahora no quedaba más que aceptar la derrota y todo lo que ello implicaba.

Tres horas más tarde, y luego de inspeccionar por completo la casona, el encargado de la demolición dio el vamos, y la primera de las máquinas atacó con violencia la pared que daba a la calle, la que opuso toda la resistencia posible, misma que le había servido para sobrevivir un siglo y medio de terremotos; apenas algunos segundos bastaron para que empezara a crujir todo, y que dicha pared cediera desde sus cimientos para empezar una silenciosa caída que se vería coronada por el estrepitoso sonido de los restos azotándose contra el suelo. Afuera los gritos de furia de quienes intentaron detener la destrucción de la última vivienda en pie del siglo XIX en el barrio se ahogaban en el rugido de los motores de las máquinas que no darían tregua hasta arrasar con todo a su paso.

Macarena miraba con tristeza a través de la ventana de la sala de estar de su casa. En ese instante la máquina pasó por encima del muro, reventando la ventana y haciendo desaparecer la pared principal de la sala de estar, mientras Macarena se mantenía paralizada, sin saber qué debía hacer en ese momento. La casa que la había albergado los treinta años de su vida, y los cincuenta años desde que se había suicidado estaba desapareciendo, y no sabía qué haría su alma en pena ahora que no tenía un lugar donde penar, cuando aún no había sido capaz de encontrar el camino hacia la eternidad.

martes, septiembre 20, 2016

Músico

El viejo músico camina lo más rápido que puede para llegar a tiempo a su presentación. Sus cansadas piernas se mueven cada vez con más dificultad, haciendo de sus viajes jornadas interminables de crujidos en rodillas y caderas e hinchazón en sus pantorrillas; así, hacía ya más de diez años que acostumbraba llevar un piso plegable para tocar sentado, pues pese a considerar que limitaba su actuación, le era imposible hacerlo de otro modo sin causar lástima en quienes deberían disfrutar sus presentaciones.

El viejo músico por fin pudo dar con el lugar donde debía actuar. El lugar estaba lleno de personas que conversaban animadamente, dejando el escenario desocupado, en donde de inmediato se ubicó para empezar a instalar sus instrumentos y pistas de apoyo. El trabajo estaba algo escaso, pero gracias a décadas de actuaciones responsables y ordenadas, siempre había alguien dispuesto a pagar por sus servicios. Pese a su lentitud, sus dolores, y la dificultad para encontrar el lugar, había llegado a tiempo suficiente para empezar a la hora pactada.

El viejo músico instaló su piso plegable, y abrió su maleta con ruedas para empezar con la tediosa tarea de instalar amplificación, cables, micrófonos, atriles, y todo lo necesario para empezar a actuar. En algunas ocasiones la gente que lo contrataba lo ayudaba a instalar todo para comenzar a la hora con la actuación, pero ese día nadie parecía tomarlo en cuenta; de todos modos ello no era impedimento para tener todo a tiempo para hacer su trabajo tan bien como lo hacía desde que empezó su carrera musical.

El viejo músico dejó para el final la maleta principal. Al abrirla, no pudo dejar de impresionarse, como cada vez que hacía ese ritual, de la guitarra que llevaba con él cerca de medio siglo y que parecía sonar mejor con cada actuación. Con sumo cuidado la sacó, la acostó sobre su piso plegable, para luego de limpiar el casi inexistente polvo de su superficie sacar un diapasón metálico para revisar la afinación del instrumento: pese a tener bastante tecnología dentro de su maleta, no cambiaba el diapasón por un afinador electrónico a pilas. Luego de comprobar que todo estaba listo, se sentó en el piso, encendió la amplificación, colocó el cuerpo de la guitarra sobre su pierna derecha, y se dispuso a empezar a actuar. Justo en ese momento notó algo raro en el escenario.

El viejo músico miraba con tristeza el escenario. En él había un ataúd, que se encontraba rodeado por colegas de siempre y sus familiares más cercanos; sobre la tapa descansaba su guitarra de madera, silente y lista para emprender el viaje final con su dueño. Con lágrimas en sus ojos el viejo músico comenzó a tocar su canción favorita, para despedirse de su cuerpo e iniciar el viaje que nunca supo que ya había iniciado.