El
cansancio parecía estar carcomiendo el alma del profeta; sin
embargo, él sabía que era sólo cansancio físico, que el alma no
se cansa, que el alma es inmortal y por ende, incansable. Simplemente
la noche anterior no había dormido bien ni lo suficiente, y ello le
estaba pasando la cuenta la siguiente mañana. La solución al
problema era fácil, simplemente debía dormir: lamentablemente sus
obligaciones del momento le impedían solucionar su problema en ese
instante.
El
profeta sabía su condición desde niño, pues sin ser un estudiante
brillante sacaba siempre notas máximas al saber las respuestas a las
preguntas de las pruebas. Luego empezó a adivinar las notas de sus
compañeros uno o dos días antes de ser publicadas; cuando su madre
se dio cuenta, tomó una decisión radical: sacarlo del colegio pues
no aprendería nada y corría el riesgo de darle un mal uso a su
habilidad. La mujer consiguió diversos instructores que lograron
enseñarle a canalizar su habilidad para no desgastarse tanto y poder
darle un uso que le permitiera al menos sobrevivir sin grandes
necesidades. A los treinta años el hombre ya tenía casa, auto,
esposa, dos hijos, un perro y dos gatos, y un nombre dentro de
círculos económicos altos que le permitía subsistir sin
dificultades, y le daba tiempo para ayudar en su tiempo libre a los
desposeídos
Esa
mañana tenía una reunión con ejecutivos de una empresa que quería
instalar un nuevo mall en la ciudad. El profeta llegó como siempre
temprano con un maletín que casi usaba de adorno, pues lo que
llevaba en él no servía para hacer sus profecías. Algunos minutos
después de su llegada, una mujer alta y espigada lo hizo pasar a una
oficina llena de hombres impecablemente vestidos, quienes le
ofrecieron una silla en medio de ellos. El líder del grupo, sentado
a la cabecera de la mesa lo presentó, y le dijo al profeta que en el
grupo había varios incrédulos, por lo que debía prepararse para
una jornada pesada. El profeta no dijo nada, le presentaron la idea,
y al terminar el hombre cerró sus ojos, para abrirlos luego
violentamente con expresión de miedo.
El
profeta relató su visón. En ella veía gente quemándose viva en el
terreno destinado a la construcción del edificio. De inmediato dos
hombres jóvenes se largaron a reír, se pusieron de pie y salieron
de la reunión. El líder le dijo que ellos eran quienes financiarían
la construcción del mall, y que habían asistido sólo por
curiosidad pues la decisión ya estaba tomada. El hombre entendió,
se puso de pie y se dirigió al ascensor para volver a casa. Dos
pisos más abajo subieron los mismos hombres: el profeta abrió su
maletín y sacó un arma de fuego, lo que hizo que los hombres
salieran del cubículo de inmediato. El hombre sabía que lo iban a
emboscar para intentar callarlo, pero eso no era necesario: ya había
dicho lo que vio en su visión, para eso le pagaban y nada más. Si
los terroristas construirían un edificio preparado para incendiarlo
y dejar encerrados a sus clientes y así causar terror en la
población era problema de ellos.