La
parvularia cantaba canciones con los niños del kinder esa mañana en
el colegio. La institución albergaba tanto educación primaria como
secundaria, y tenía incorporados a los más pequeños para que
interactuaran con niños mayores y ello facilitara su integración al
pasar a primero básico. Los niños de los cursos mayores cuidaban
con celo a sus compañeritos más pequeños, por lo que la
convivencia en el lugar era segura y agradable para todos.
Una
vez terminadas las canciones y los juegos interactivos llegó la hora
de dibujar. La parvularia le entregó a cada niño una cartulina
blanca y una caja de lápices de colores y les dijo que en esa
ocasión no había tema para la tarea, sino que podían dibujar lo
que quisieran. Desde ese momento la creatividad despertó en la sala,
y sendas historias empezaron a ser desplegadas con vívidos colores
en cada cartulina. La tía se paseaba entre los niños preguntándoles
qué era cada dibujo, compartiendo las emociones de los pequeños al
plasmar sus ideas en los lienzos de cartón delgado. Cuando la tía
llegó donde el pequeño más retraído de la clase, se quedó
paralizada mirando su cartulina.
El
pequeño, de casi nueve meses menos que el resto de sus compañeros,
parecía tímido y poco amigable. Hijo de una pareja de artistas
plásticos, estaba acostumbrado en casa a interactuar con adultos por
lo que le costaba un poco el trato con los de su edad. Esa mañana,
al recibir la cartulina, recordó que sus padres siempre le decían
que la inspiración no existía sino el trabajo constante, por lo que
decidió dibujar lo que sus ojos veían en el lugar del modo más
fidedigno posible. Cuando la tía se detuvo a mirar su dibujo, y
luego de tragar saliva, le preguntó al niño qué estaba dibujando:
el niño la miró y apuntó con su pequeña manito a la ventana. Al
mirar al lugar donde apuntaba el pequeño, un grito salió de la
garganta de la parvularia. Cuando los niños miraron al lugar que
miraba la profesora, la histeria invadió el lugar.
Mediodía.
Salvo por el pequeño la sala del kinder estaba vacía. Salvo por el
pequeño el colegio estaba vacío. La policía rodeaba el lugar en
espera de los padres del menor, quienes llegaron en un vehículo de
más de treinta años de antigüedad pintado con vistosos colores,
mismos que ambos vestían. Al llegar a la dirección del colegio los
esperaba la directora, la profesora y el encargado del operativo
policial: sin decir nada la directora les entregó el dibujo del
niño. El él se veía una forma humana completamente pintada de
negro con ojos amarillos que parecían mirar a quien miraba el
dibujo: los padres destacaron la calidad técnica del trabajo siendo
interrumpidos por el jefe de la policía quien les dijo que el niño
no había querido salir para no dejar solo al modelo de su trabajo, y
que sus padres sabrían qué hacer. Mientras tanto un historiador les
contó que en el terreno antes del colegio funcionaba un cuartel
policial a mediados del siglo veinte, donde se contaba que en una
ocasión un hombre extraño acusado de matar a su familia había
desaparecido sin dejar rastro.
Los
padres fueron llevados a la sala. Al verlos llegar el pequeño sonrió
y se paró corriendo a abrazarlos. Sus padres hablaron un par de
palabras con el pequeño quien les indicó la ventana. La mujer abrió
de inmediato su bolso mientras el hombre miraba la sala hasta
encontrar lo que buscaba. La madre del niño encendió una vela
frente a la ventana y empezó a recitar algo en voz baja: en ese
momento el hombre abrió la llave del lavamanos de la sala. En menos
de diez segundos el alma del sospechoso asesinado por la policía y
enterrado en el lugar fue liberada de su tormento empezando el viaje
a su destino. Madre y padre tomaron cada mano de su hijo saliendo del
lugar para no volver nunca más.