Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

domingo, abril 26, 2026

Dolor

El dolor de cabeza casi no lo dejaba pensar. Diez días llevaba con una extraña sensación como si algo ocupara su cabeza; a ello se sumaban mareos, náuseas, visión de puntos luminosos y un zumbido en sus oídos que hacía su vida cada vez más insoportable. Ya había tomado todo lo que le habían ofrecido en la farmacia, y por fin se había decidido ir esa tarde al médico. Sin embargo, aún debería aguantar todo el día con dolor, pues la cita estaba reservada para las siete de la tarde.

En la oficina, el hombre apenas soportaba la pantalla de su computador. El brillo blanco del procesador de texto le provocaba más molestias, e incluso las náuseas habían aumentado en intensidad y había estado a punto de vomitar. Un compañero de trabajo habló con su jefe, quien al verlo decidió enviarlo a un servicio de urgencias para que lo evaluaran. Al llegar al lugar debió esperar cerca de una hora; cuando el médico lo examinó, le indicó un medicamento a la vena que no cambió en nada la situación. Una hora más tarde ya le habían inyectado cinco medicamentos diferentes sin lograr efecto alguno. Luego de ello le pidieron una resonancia de cerebro que tampoco arrojó nada. El médico entonces decidió que el dolor era tensional, y le indicó once días de reposo laboral. Al salir del lugar el hombre seguía con el mismo dolor, por lo que decidió hacer hora e ir a la cita que había reservado.

El médico era un hombre añoso, parsimonioso para hablar y actuar, quien le preguntó de todo al paciente para luego hacer un exhaustivo examen físico. Luego de escribir en la ficha le dijo al paciente que no encontraba causa probable del dolor de cabeza, pero que intentaría con un medicamento nuevo que recién había llegado al país, y que eventualmente le daría solución a su predicamento. El médico le dio el nombre de la única farmacia donde estaba el fármaco para que lo comprara y decidiera luego qué más hacer.

La farmacia era un local muy antiguo y descuidado. La dependiente era una señora añosa de gruesos lentes y mirada inquisidora. Al llegar el hombre lo miró de pies a cabeza, revisó la receta y sin decir palabra se dirigió al interior del local; luego de cinco minutos volvió con un frasco de vidrio que traía sólo tres pastillas, que era exactamente lo que decía la receta. El hombre desesperado le pidió a la dependiente si le podía dar agua para tomar el medicamento de inmediato; al tomarla, el hombre sintió como si el dolor abandonara su cuerpo como si hubiera sido un espíritu que lo había poseído. El hombre agradeció a la mujer y salió del lugar libre de dolor. En la farmacia, la mujer se quedó con el espíritu que había poseído al hombre provocándole el dolor de cabeza; más tarde, a la hora de cierre del local, vería cómo ayudarlo a trascender y dejar tranquilos a los vivos.