El
dolor de cabeza casi no lo dejaba pensar. Diez días llevaba con una
extraña sensación como si algo ocupara su cabeza; a ello se sumaban
mareos, náuseas, visión de puntos luminosos y un zumbido en sus
oídos que hacía su vida cada vez más insoportable. Ya había
tomado todo lo que le habían ofrecido en la farmacia, y por fin se
había decidido ir esa tarde al médico. Sin embargo, aún debería
aguantar todo el día con dolor, pues la cita estaba reservada para
las siete de la tarde.
En
la oficina, el hombre apenas soportaba la pantalla de su computador.
El brillo blanco del procesador de texto le provocaba más molestias,
e incluso las náuseas habían aumentado en intensidad y había
estado a punto de vomitar. Un compañero de trabajo habló con su
jefe, quien al verlo decidió enviarlo a un servicio de urgencias
para que lo evaluaran. Al llegar al lugar debió esperar cerca de una
hora; cuando el médico lo examinó, le indicó un medicamento a la
vena que no cambió en nada la situación. Una hora más tarde ya le
habían inyectado cinco medicamentos diferentes sin lograr efecto
alguno. Luego de ello le pidieron una resonancia de cerebro que
tampoco arrojó nada. El médico entonces decidió que el dolor era
tensional, y le indicó once días de reposo laboral. Al salir del
lugar el hombre seguía con el mismo dolor, por lo que decidió hacer
hora e ir a la cita que había reservado.
El
médico era un hombre añoso, parsimonioso para hablar y actuar,
quien le preguntó de todo al paciente para luego hacer un exhaustivo
examen físico. Luego de escribir en la ficha le dijo al paciente que
no encontraba causa probable del dolor de cabeza, pero que intentaría
con un medicamento nuevo que recién había llegado al país, y que
eventualmente le daría solución a su predicamento. El médico le
dio el nombre de la única farmacia donde estaba el fármaco para que
lo comprara y decidiera luego qué más hacer.
La
farmacia era un local muy antiguo y descuidado. La dependiente era
una señora añosa de gruesos lentes y mirada inquisidora. Al llegar
el hombre lo miró de pies a cabeza, revisó la receta y sin decir
palabra se dirigió al interior del local; luego de cinco minutos
volvió con un frasco de vidrio que traía sólo tres pastillas, que
era exactamente lo que decía la receta. El hombre desesperado le
pidió a la dependiente si le podía dar agua para tomar el
medicamento de inmediato; al tomarla, el hombre sintió como si el
dolor abandonara su cuerpo como si hubiera sido un espíritu que lo
había poseído. El hombre agradeció a la mujer y salió del lugar
libre de dolor. En la farmacia, la mujer se quedó con el espíritu
que había poseído al hombre provocándole el dolor de cabeza; más
tarde, a la hora de cierre del local, vería cómo ayudarlo a
trascender y dejar tranquilos a los vivos.