La
mujer caminaba cabizbaja por la húmeda calle. En sus hombros cargaba
la mochila donde llevaba su vida entera. Tres mudas de ropa, el
cargador del celular, un pendrive con recuerdos del pasado, una
botella metálica para agua y un saco de dormir era todo lo que
llevaba consigo; su vida, su realidad, su presente, su atisbo del
futuro. Su vida antigua había terminado para ella cuando su ahora ex
marido la había echado de su casa, y debía empezar a buscar un
nuevo horizonte, donde fuera que lo encontrara.
La
joven tenía veintidos años; hija de una familia de clase media se
había enamorado en el liceo de un joven de clase acomodada que sólo
quería tener un hijo, pues ya tenía el futuro asegurado por su
familia que era dueña de una cadena de pequeños supermercados
repartidos a lo largo del país. Al salir del liceo el muchacho le
propuso matrimonio; la muchacha aceptó de inmediato pese a la
resistencia de su madre quien no veía con buenos ojos la obsesión
del novio por la paternidad. La boda fue espectacular, la luna de
miel en una playa del caribe, el regreso a casa inolvidable. A partir
de ese momento el joven le planteó nuevamente a la muchacha su
necesidad de tener un hijo a lo que ella accedió inmediatamente. A
los dos meses ya estaba embarazada; al tercer mes, perdió al bebé.
En
los siguientes tres años los intentos fueron seguidos, pese al
consejo del ginecólogo que se tomaran un tiempo, el hombre sólo
quería tener su hijo; pero uno tras otro embarazo terminaban en
pérdida a los dos o tres meses. En total fueron siete los embarazos
sin que ninguno llegara a término. Un día la muchacha había salido
de compras al supermercado; el volver se encontró con su marido y
una mujer joven con un embarazo bastante avanzado. El hombre le dijo
que por fin había conseguido su objetivo con esa mujer, que ya no la
necesitaba, que ya había tramitado la anulación del matrimonio, y
que tenía que irse de la casa esa misma tarde de julio. La joven no
entendía nada; al darse cuenta de lo que había pasado gritó, lloró
y hasta rogó; sin embargo la decisión ya estaba tomada. Luego de
secar sus lágrimas y arreglarse un poco la cara y el pelo se dirigió
a la habitación a sacar las pocas cosas que quería llevarse. Al
salir de la casa por última vez, y una vez que la lluvia había
cesado, sintió que su mundo se había acabado y ahora empezaba una
suerte de incertidumbre peor que la que tuvo al salir del liceo.
Mientras
caminaba, la muchacha llamó por celular a su madre para contarle lo
sucedido. La mujer de inmediato le dijo que volviera a casa, que su
dormitorio la estaba esperando, y que ella y su padre estarían
felices de recibirla de vuelta; la madre le dijo que la disculpara
pues debía cortarle para ir a arreglar el dormitorio al que
llegaría. La muchacha se sintió aliviada al sentir el apoyo de su
familia, y decidió irse caminando lento para darle tiempo a su madre
a arreglar todo como ella quisiera. A esa hora en su casa seis velas
blancas y una vela negra empezaron a consumirse. En ese momento la
muchacha extrañamente empezó a sentirse acompañada en su caminata.
Quienes iban por la calle vieron a una muchacha con mochila rodeada
de seis pequeñas nubes que volaban junto a ella; la séptima alma,
la de su primera pérdida, viajaba en ese momento a casa de su padre
a cobrar venganza por su madre y sus seis hermanos nonatos.