Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

domingo, febrero 08, 2026

Piloto

El piloto del avión Dromedario estaba listo para su sexto y último despegue de ese día de trabajo. El avión era utilizado para el combate de incendios forestales, y su dueño y piloto, un experimentado, reconocido y condecorado ex piloto de guerra, quien participó cuando joven en la última etapa de la guerra de Vietnam, amaba volar y se divertía bombardeando los incendios con agua, rememorando sus tiempos como piloto de bombarderos en la guerra. Su vida giraba en torno a volar, era lo que mejor sabía hacer y lo que consideraba su vocación y su camino en la vida.

El incendio abarcaba casi mil hectáreas de cultivos, por lo que las pérdidas económicas eran enormes, sin contar el riesgo de propagación a zonas habitadas. De hecho el trabajo del piloto había sido contener el avance de las llamas a zonas pobladas; pese a su avanzada edad el cansancio no era tema para él, pues cada trabajo lo consideraba una misión que debía cumplir tal y como lo hizo los años en que se desempeñó como piloto de combate. El hombre se podía ver algo abatido, pero estaba pleno para seguir combatiendo las llamas.

Luego de terminar la sexta carga del depósito del avión, el piloto se dirigió a la pista de despegue, se comunicó con la torre de control, y luego de revisar los instrumentos y las instrucciones de rigor de la torre, despegó enfilando de inmediato hacia el límite sur del incendio, donde se ubicaba una población de modestas casas cuyos moradores las mojaban incesantemente para mantenerlas frías y húmedas y con ello ayudar a disminuir el riesgo de ser envueltas por las llamas. Al sobrevolar el lugar el piloto recordó su último vuelo de combate, donde descargó varias bombas de napalm sobre las casas; ahora descargaría agua para controlar un incendio, en vez de provocarlo como lo hizo en su juventud.

El piloto llegó a la zona de descarga, encendió la sirena para que los bomberos en tierra se protegieran y enfiló el avión a las coordenadas planificadas. De pronto el avión quedó tieso en el aire, como si un vehículo en tierra hubiera frenado bruscamente. El anciano no entendía nada: en ese momento se asomó a la cabina un pequeño cuerpo carbonizado, tras de él otro cuerpo de mayor tamaño apareció dejándose ver por el piloto, quien entendió lo que estaba sucediendo. Veinte segundos más tarde toda la gente de la villa que murió quemada en su último bombardeo mantenían al avión tieso en el aire. El viejo piloto abrió la válvula de descarga para que el agua cayera y sirviera de algo su último vuelo, y simplemente cerró los ojos. El avión y el cuerpo del piloto nunca aparecieron. El agua cayó de la nada sobre el foco del fuego, apagándolo por completo.