El
piloto del avión Dromedario estaba listo para su sexto y último
despegue de ese día de trabajo. El avión era utilizado para el
combate de incendios forestales, y su dueño y piloto, un
experimentado, reconocido y condecorado ex piloto de guerra, quien
participó cuando joven en la última etapa de la guerra de Vietnam,
amaba volar y se divertía bombardeando los incendios con agua,
rememorando sus tiempos como piloto de bombarderos en la guerra. Su
vida giraba en torno a volar, era lo que mejor sabía hacer y lo que
consideraba su vocación y su camino en la vida.
El
incendio abarcaba casi mil hectáreas de cultivos, por lo que las
pérdidas económicas eran enormes, sin contar el riesgo de
propagación a zonas habitadas. De hecho el trabajo del piloto había
sido contener el avance de las llamas a zonas pobladas; pese a su
avanzada edad el cansancio no era tema para él, pues cada trabajo lo
consideraba una misión que debía cumplir tal y como lo hizo los
años en que se desempeñó como piloto de combate. El hombre se
podía ver algo abatido, pero estaba pleno para seguir combatiendo
las llamas.
Luego
de terminar la sexta carga del depósito del avión, el piloto se
dirigió a la pista de despegue, se comunicó con la torre de
control, y luego de revisar los instrumentos y las instrucciones de
rigor de la torre, despegó enfilando de inmediato hacia el límite
sur del incendio, donde se ubicaba una población de modestas casas
cuyos moradores las mojaban incesantemente para mantenerlas frías y
húmedas y con ello ayudar a disminuir el riesgo de ser envueltas por
las llamas. Al sobrevolar el lugar el piloto recordó su último
vuelo de combate, donde descargó varias bombas de napalm sobre las
casas; ahora descargaría agua para controlar un incendio, en vez de
provocarlo como lo hizo en su juventud.
El
piloto llegó a la zona de descarga, encendió la sirena para que los
bomberos en tierra se protegieran y enfiló el avión a las
coordenadas planificadas. De pronto el avión quedó tieso en el
aire, como si un vehículo en tierra hubiera frenado bruscamente. El
anciano no entendía nada: en ese momento se asomó a la cabina un
pequeño cuerpo carbonizado, tras de él otro cuerpo de mayor tamaño
apareció dejándose ver por el piloto, quien entendió lo que estaba
sucediendo. Veinte segundos más tarde toda la gente de la villa que
murió quemada en su último bombardeo mantenían al avión tieso en
el aire. El viejo piloto abrió la válvula de descarga para que el
agua cayera y sirviera de algo su último vuelo, y simplemente cerró
los ojos. El avión y el cuerpo del piloto nunca aparecieron. El agua
cayó de la nada sobre el foco del fuego, apagándolo por completo.