Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

domingo, noviembre 01, 2026

Capital: envidia

La adolescente estaba esa tarde escuchando música en su dormitorio en el noveno piso de una torre de departamentos en uno de los barrios más acomodados de la ciudad. Hija de una pareja de empresarios divorciados, la muchacha se estaba quedando con su hermana mayor, estudiante universitaria a quien le habían regalado al salir del colegio ese departamento y un vehículo del año. La muchacha no sabía de necesidades, de hecho estaba acostumbrada a los excesos, y a obtener todo lo que quería: cuando le pedía algo a su padre éste se lo compraba de inmediato, y si él no accedía, recurría a su madre quien sí lo hacía con tal de llevarle la contra a su ex marido. La adolescente se aprovechaba de la separación de sus padres para obtener todo lo que quería, y más. A diferencia de ella su hermana mayor era más austera, y ya estaba acostumbrada a tener lo que necesitaba y no todo lo que quería; ello generaba roces entre las hermanas, que era solucionado por alguno de sus padres comprándole lo que quisiera en el momento la adolescente.

En el departamento había un equipo de música de cuatro años de antigüedad; la muchacha no entendía cómo su hermana podía usar ese vejestorio, pero al menos ella tenía un excelente reproductor de música en el teléfono celular del año que estaba usando en ese momento, por lo que no tenía problemas con el sonido. De pronto una vibración enorme se sintió desde el departamento vecino: la muchacha se sacó los audífonos, y un sonido que jamás había escuchado empezó a inundarlo todo. La muchacha se acercó a la pared y escuchó sobrecogida la potencia y calidad de la música que venía del departamento de al lado; lamentablemente la música parecía venir de las cavernas por lo anticuada que era, pero la calidad era inigualable. La muchacha sintió la necesidad de tener en su dormitorio ese sistema de sonido, por lo que decidió averiguar de cuál se trataba.

La muchacha se asomó al balcón. En ese lugar sonaba más fuerte y mejor, por lo que entendió que en el liveng del otro departamento estaba el aparato. La muchacha se afirmó en la baranda y estiró la cabeza para ver el aparato. En el living, amoblado muy a la antigua, estaba sentado un hombre muy delgado de terno negro y cuya piel parecía ser media rojiza, como si estuviera enfermo, quien no notó la presencia de la muchacha. La joven se estiró un poco más, hasta que vio el aparato: era una suerte de delgada placa blanca con luces de color morado, escoltada por dos columnas de parlantes muy finos que vibraban con la música. La muchacha estiró la mano libre con su celular para fotografiar el aparato, revisar sus caracrterísticas y pedírselo a sus padres; sin embargo la envidia la corroía en ese momento, sentía que no era justo que ese tipo flacuchento disfrutara en ese lugar de ese equipo y ella no. De pronto sintió que no había nada bajo ella y empezó a ver los balcones pasar ante sus ojos.

El cuerpo de la muchacha quedó reventado contra el pavimento. Su alma miraba incrédula cómo su cabeza se vaciaba en el suelo, sus articulaciones estaban en posiciones anómalas y un charco de sangre que salía de ella lo inundaba todo. El conserje del edificio salió a mirar el objeto del impacto y quedó horrorizado. Junto a la muchacha apareció el vecino de terno negro con una libretita en la mano tachando algo, mientras miraba el cuerpo destrozado y el alma desconcertada. La muchacha no lograba entender por qué el enjuto hombre de piel rojiza se veía a cada instante más rojo, y más lejano pese a no moverse de su lugar.