La
adolescente estaba esa tarde escuchando música en su dormitorio en
el noveno piso de una torre de departamentos en uno de los barrios
más acomodados de la ciudad. Hija de una pareja de empresarios
divorciados, la muchacha se estaba quedando con su hermana mayor,
estudiante universitaria a quien le habían regalado al salir del
colegio ese departamento y un vehículo del año. La muchacha no
sabía de necesidades, de hecho estaba acostumbrada a los excesos, y
a obtener todo lo que quería: cuando le pedía algo a su padre éste
se lo compraba de inmediato, y si él no accedía, recurría a su
madre quien sí lo hacía con tal de llevarle la contra a su ex
marido. La adolescente se aprovechaba de la separación de sus padres
para obtener todo lo que quería, y más. A diferencia de ella su
hermana mayor era más austera, y ya estaba acostumbrada a tener lo
que necesitaba y no todo lo que quería; ello generaba roces entre
las hermanas, que era solucionado por alguno de sus padres
comprándole lo que quisiera en el momento la adolescente.
En
el departamento había un equipo de música de cuatro años de
antigüedad; la muchacha no entendía cómo su hermana podía usar
ese vejestorio, pero al menos ella tenía un excelente reproductor de
música en el teléfono celular del año que estaba usando en ese
momento, por lo que no tenía problemas con el sonido. De pronto una
vibración enorme se sintió desde el departamento vecino: la
muchacha se sacó los audífonos, y un sonido que jamás había
escuchado empezó a inundarlo todo. La muchacha se acercó a la pared
y escuchó sobrecogida la potencia y calidad de la música que venía
del departamento de al lado; lamentablemente la música parecía
venir de las cavernas por lo anticuada que era, pero la calidad era
inigualable. La muchacha sintió la necesidad de tener en su
dormitorio ese sistema de sonido, por lo que decidió averiguar de
cuál se trataba.
La
muchacha se asomó al balcón. En ese lugar sonaba más fuerte y
mejor, por lo que entendió que en el liveng del otro departamento
estaba el aparato. La muchacha se afirmó en la baranda y estiró la
cabeza para ver el aparato. En el living, amoblado muy a la antigua,
estaba sentado un hombre muy delgado de terno negro y cuya piel
parecía ser media rojiza, como si estuviera enfermo, quien no notó
la presencia de la muchacha. La joven se estiró un poco más, hasta
que vio el aparato: era una suerte de delgada placa blanca con luces
de color morado, escoltada por dos columnas de parlantes muy finos
que vibraban con la música. La muchacha estiró la mano libre con su
celular para fotografiar el aparato, revisar sus caracrterísticas y
pedírselo a sus padres; sin embargo la envidia la corroía en ese
momento, sentía que no era justo que ese tipo flacuchento disfrutara
en ese lugar de ese equipo y ella no. De pronto sintió que no había
nada bajo ella y empezó a ver los balcones pasar ante sus ojos.
El
cuerpo de la muchacha quedó reventado contra el pavimento. Su alma
miraba incrédula cómo su cabeza se vaciaba en el suelo, sus
articulaciones estaban en posiciones anómalas y un charco de sangre
que salía de ella lo inundaba todo. El conserje del edificio salió
a mirar el objeto del impacto y quedó horrorizado. Junto a la
muchacha apareció el vecino de terno negro con una libretita en la
mano tachando algo, mientras miraba el cuerpo destrozado y el alma
desconcertada. La muchacha no lograba entender por qué el enjuto
hombre de piel rojiza se veía a cada instante más rojo, y más
lejano pese a no moverse de su lugar.