El
hombre veía sombras. A sus sesenta años nunca había ido a un
oculista, y sus amigos le decían que ya era hora de usar lentes para
dejar de ver cosas inexistentes, y que había que asumir la edad. El
hombre se había dado cuenta que muchas veces veía sombras a la
distancia y que al acercarse eran otra cosa. Una vez creyó ver
cuatro personas delgadas y diminutas, y al llegar al lugar era una
mesa que había sido dejada dada vuelta en un pasillo. Al parecer
había que hacerle caso a los amigos y empezar a usar anteojos lo
antes posible. Esa tarde se metió a internet y consiguió hora para
oculista para la semana siguiente.
Esa
semana le tocó hacer horas extra con varios compañeros de trabajo.
El edificio donde trabajaban tenía pasillos muy largos y mal
iluminados, por lo que los desplazamientos tomaban un tiempo más
largo de lo habitual al haber poca luz natural. A las nueve de la
noche el equipo de trabajo debió desplazarse a la otra ala del
edificio, por lo que debían caminar el equivalente a tres cuadras
por los pasillos. El hombre iba adelante del grupo, y todos bromeaban
con lo que verían en la caminata. El hombre vio a lo lejos una forma
alargada y alta; luego de pensarlo un poco entendió que se trataba
de un escobillón dejado en el lugar por el personal de aseo, por lo
que siguió caminando. De pronto dejó de escuchar las voces de sus
compañeros; el hombre se detuvo, volteó, y vio a sus compañeros
paralizados.
El
hombre no entendía nada. A la distancia los escobillones parecían
un hombre alto y delgado, pero era obvio que no eran más que
escobillones. Sin embargo sus compañeros también veían la imagen
distorsionada que él veía; en ese instante el hombre se largó a
reir, y entendió que sus compañeros le estaban jugando una broma.
El hombre puso cara de miedo, subió sus manos en señal de burla y
siguió caminando hacia la sombra; al llegar al lugar donde debían
estar los escobillones, palideció.
Once
de la noche. El equipo policial y el fiscal de turno examinaban el
sitio del suceso. En el suelo y las paredes estaban desparramados los
restos destrozados del hombre; su cabeza estaba a cuatro metros del
resto de las partes de su cuerpo. La gente del servicio forense
miraban la escena y trataban de entender cómo recogerían los restos
en las condiciones en que habían quedado. El asistente del fiscal
mientras tanto examinaba las grabaciones de las cámaras de
seguridad: en ellas se veía a ese extraño ser de tres metros de
alto de largas extremidades y enormes garras en medio del pasillo.
Delante de él se veía avanzando a la víctima sonriendo, cayendo
sin resistencia a las garras de la bestia. El asistente de fiscal no
lograba entender por qué el hombre nunca detuvo su marcha.