Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

domingo, septiembre 27, 2026

Sombras

El hombre veía sombras. A sus sesenta años nunca había ido a un oculista, y sus amigos le decían que ya era hora de usar lentes para dejar de ver cosas inexistentes, y que había que asumir la edad. El hombre se había dado cuenta que muchas veces veía sombras a la distancia y que al acercarse eran otra cosa. Una vez creyó ver cuatro personas delgadas y diminutas, y al llegar al lugar era una mesa que había sido dejada dada vuelta en un pasillo. Al parecer había que hacerle caso a los amigos y empezar a usar anteojos lo antes posible. Esa tarde se metió a internet y consiguió hora para oculista para la semana siguiente.

Esa semana le tocó hacer horas extra con varios compañeros de trabajo. El edificio donde trabajaban tenía pasillos muy largos y mal iluminados, por lo que los desplazamientos tomaban un tiempo más largo de lo habitual al haber poca luz natural. A las nueve de la noche el equipo de trabajo debió desplazarse a la otra ala del edificio, por lo que debían caminar el equivalente a tres cuadras por los pasillos. El hombre iba adelante del grupo, y todos bromeaban con lo que verían en la caminata. El hombre vio a lo lejos una forma alargada y alta; luego de pensarlo un poco entendió que se trataba de un escobillón dejado en el lugar por el personal de aseo, por lo que siguió caminando. De pronto dejó de escuchar las voces de sus compañeros; el hombre se detuvo, volteó, y vio a sus compañeros paralizados.

El hombre no entendía nada. A la distancia los escobillones parecían un hombre alto y delgado, pero era obvio que no eran más que escobillones. Sin embargo sus compañeros también veían la imagen distorsionada que él veía; en ese instante el hombre se largó a reir, y entendió que sus compañeros le estaban jugando una broma. El hombre puso cara de miedo, subió sus manos en señal de burla y siguió caminando hacia la sombra; al llegar al lugar donde debían estar los escobillones, palideció.

Once de la noche. El equipo policial y el fiscal de turno examinaban el sitio del suceso. En el suelo y las paredes estaban desparramados los restos destrozados del hombre; su cabeza estaba a cuatro metros del resto de las partes de su cuerpo. La gente del servicio forense miraban la escena y trataban de entender cómo recogerían los restos en las condiciones en que habían quedado. El asistente del fiscal mientras tanto examinaba las grabaciones de las cámaras de seguridad: en ellas se veía a ese extraño ser de tres metros de alto de largas extremidades y enormes garras en medio del pasillo. Delante de él se veía avanzando a la víctima sonriendo, cayendo sin resistencia a las garras de la bestia. El asistente de fiscal no lograba entender por qué el hombre nunca detuvo su marcha.