La
secretaria miraba desencajada el primer mail de la bandeja de entrada
en su computador. La noche anterior había salido con su jefe a cenar
y había terminado la noche en un motel de mala muerte a las afueras
de la ciudad; la cena había sido escuálida y de mala calidad, y el
sexo peor aún. Su jefe la dejó a medio camino por lo que tuvo que
tomar un taxi a su domicilio que le salió carísimo, llegando sólo
a bañarse y acostarse. Ahora, a las nueve de la mañana, se
encontraba leyendo un mail donde la desvinculaban de la empresa, y
con instrucciones de sacar sus pertenencias de la oficina y dirigirse
a recursos humanos a buscar su cheque de indemnización. La mujer se
dirigió furibunda a la oficina de su jefe, la cual estaba con la
puerta entreabierta; en el escritorio no estaba sentado su jefe sino
una mujer añosa a quienes todos trataban con pleitesía. La
secretaria entendió de inmediato que su jefe no era el jefe, sino un
subalterno de su esposa. La mujer se dirigió a su oficina con una
bolsa a sacar sus cosas, para luego bajar a recursos humanos a buscar
su cheque.
Once
de la mañana. La mujer estaba sentada en una plaza comiéndose un
cambucho de papas fritas. Las palomas se acercaban a ella esperando a
las papas que cayeran al suelo para peleárselas y poder comer. Las
aves, consideradas casi una plaga, eran de todos colores, y casi
todas ellas tenían una pata destruida. Para la mujer no eran una
molestia, de hecho en ese momento eran su única compañía. La mujer
sacó la papa más larga del cambucho, la partió en trozos, y se los
empezó a lanzar a las palomas quienes disfrutaban ese momento de
generosidad de la humana. De pronto la mujer se dio cuenta que una de
las palomas estaba parada girando sobre su eje sin motivo aparente.
La
secretaria llevaba ya diez minutos mirando la paloma girar sin causa
aparente. De pronto escuchó tras ella un cascabel: al girar de
vuelta vio que la paloma había desaparecido. En ese momento apareció
una mujer exuberante vestida de rojo bailando sin música frente a
ella; la mujer no entendía mucho por qué esa mujer estaba bailando
vestida así. Luego vio que otra paloma empezó a girar, que a los
minutos escuchó un cascabel, y que la paloma era reemplazada por una
mujer que bailaba a la par de aquellas que se unían a la mujer de
rojo.
Doce
del día. En el cambucho no quedaban papas fritas. Frente a ella no
quedaban palomas. Cerca de quince mujeres, todas exuberantes y todas
con vestidos reveladores bailaban frente a ella al son de la mujer de
rojo. De pronto una anciana morena vestida de blanco y con una
especie de turbante cubriendo su cabeza se sentó al lado de ella y
le preguntó qué miraba tanto, si no había nada en la calle. La
secretaria la miró extrañada y le contó lo que ella veía. La
anciana sonrió, sacó un papel, escribió las palabras Pomba Gira
(paloma que gira en portugués), y le dijo a la mujer que lo buscara
en su teléfono. Mientras la mujer buscaba las palabras en su
teléfono y empezaba a conocer de las religiones afro brasileñas y
su relación con la femineidad, la Mae de Santo de umbanda seguía su
camino de difusión guiada por exús y pombagiras.