El
hombre caminaba a paso cancino a su casa a la medianoche. Las noches
después del COVID nunca volvieron a ser las mismas. Antes los
locales nocturnos funcionaban casi hasta las cinco de la mañana;
ahora encontrar uno abierto a las dos de la mañana era casi un
milagro. Y en la comuna donde él acostumbraba salir, las noches no
duraban más allá de la una de la madrugada, por lo que simplemente
decidió empezar a salir más temprano y volver a medianoche a su
hogar. En un principio le parecía un poco aburrida dicha rutina,
pero a las pocas semanas su cuerpo y su mente se acostumbraron a los
nuevos horarios.
Las
calles a esa hora aún tenían flujo de personas de a pie y esperando
movilización en los paraderos; algunos estaban sobrios, otros se
veían algo mareados y otros definitivamente estaban pagando con
creces el consumo excesivo de alcohol y otras cosas. El hombre
caminaba con las manos en los bolsillos mirando a su alrededor,
evitando acercarse mucho a nadie para evitar malos entendidos.
A
la mitad de su trayecto el hombre se cruzó con una mujer que iba
acompañada de mucha gente. La mujer llevaba vestimenta acorde al
horario; sin embargo sus acompañantes usaban ropa algo extemporánea,
como si estuvieran disfrazados o vestidos de época para alguna obra
de teatro. La cantidad de personas era tal que ocupaban todo el ancho
de la vereda; el hombre quiso cruzar pero el flujo vehicular se lo
impidió. Cuando las personas llegaron donde él parecieron
disolverse a su paso para reaparecer tras él. La mujer se dio vuelta
a mirarlo, extrañada.
Tres
cuadras luego del incidente, el hombre llegó a una plaza pública
que siempre estaba bien iluminada, pero que esa noche no tenía
luminarias. De pronto y entre las sombras aparecieron cuatro personas
rodeándolo; dos segundos más tarde, todos tenían cuchillos en sus
manos. El hombre se quedó tieso, y empezó a buscar su billetera y
su teléfono celular entre sus pertenencias para evitar que la
situación se saliera de control; de pronto los hombres palidecieron
y salieron huyendo despavoridos. El hombre miró a su alrededor, y
reconoció a las personas que lo rodeaban.
Una
de la mañana. El hombre que salvó del asalto y la mujer que se
cruzó con él cuadras antes estaban sentados en un banco de la
plaza, que había recuperado su iluminación. La mujer le contaba al
hombre acerca de las ánimas benditas del purgatorio, quienes la
acompañaban cada vez que salía de su hogar, y que aquella noche él
había visto y no les había tenido miedo. El hombre escuchaba
atentamente; mientras tanto, otras ánimas aparecieron para empezar a
acompañar los pasos del hombre a partir de esa noche, a cambio de
oraciones y una que otra vela.