El
ruido de los tacos de la añosa mujer retumbaban en toda la iglesia.
La mujer, quien ya superaba los ochenta años, nunca había dejado de
usar tacos desde que tenía quince, por lo que caminar con ellos era
casi tan natural como andar descalza. Esa noche era especial para
ella, por ende se vistió casi de gala y se puso sus tacos más
queridos de diez centímetros terminados en una pequeña punta que
amplificaba cada paso y hacía que su presencia se notara en todas
partes.
Esa
noche tenía demasiado simbolismo para ella. Estaba de cumpleaños,
estaba de cumpleaños su marido ya fallecido, que también estaba de
aniversario de fecha de deceso, estaba de cumpleaños y de
aniversario de deceso su hijo mayor, y de aniversario de matrimonio
de su viuda, quien se había hecho cargo del cuidado de su suegra. La
mujer sentía que esa fecha sería también la fecha de su partida,
por lo que cada año conseguía que su sobrino que era sacerdote le
abriera las puertas de su parroquia en la noche, pues tenía la
obsesión de partir en terreno sagrado. Cada año, desde ya hacía
diez años, pasaba la noche de su cumpleaños en la parroquia, y sólo
cuando pasaban las doce se iba a su casa a dormir, frustrada.
Esa
noche su sobrino decidió hacer una misa para su tía, y por el
descanso de las almas de quienes habían partido de este mundo años
atrás. A la mitad de la celebración empezó a temblar, cosa que no
asustó a nadie: sin embargo diez segundos más tarde la fuerza del
temblor hizo que empezaran a caer trozos de mampostería a la nave
central de la iglesia, por lo que se hizo imprescindible evacuar el
lugar. Cuando la anciana estaba saliendo, un pedazo de muralla de
cuatro ladrillos pegados cayó pesadamente sobre su cabeza,
haciéndola caer inconsciente y con un gran corte en su cuero
cabelludo.
El
terremoto causó estragos en la ciudad esa noche. Sólo después de
media hora pudieron subir a la mujer a una ambulancia para
trasladarla a alguna urgencia y conocer su estado de salud. La
ambulancia quedó atrapada en un taco, y en ese lugar el corazón de
la mujer dejó de latir; de inmediato iniciaron las maniobras de
reanimación, que terminaron a los cuarenta minutos con el deceso de
la señora, cinco minutos antes de las doce de la noche.
El
alma de la mujer estaba desconcertada, no entendía lo que le estaba
sucediendo. Su cuerpo yacía en una camilla de ambulancia fuera de la
iglesia, y a su lado una entidad la miraba con curiosidad. Era el
alma de una suerte de chamán que apareció en cuanto falleció la
mujer. El alma de la anciana preguntó en silencio por qué había
aparecido ese brujo indio al momento de su muerte: en el instante en
su cabeza resonó la voz del chamán, quien le dijo que su deseo se
había cumplido. Luego de apagada su cansada voz, decenas de almas
empezaron a rodear el lugar: la mujer entendió, la ambulancia quedó
en el taco en el sector de la carretera en que alguna vez hubo un
cementerio indígena. Al alma de la mujer no le quedó más que
aceptar su sino, y esperar a partir al más allá cuando todas las
almas indígenas estuvieran listas.