El
joven peleador venía de vuelta de una pelea clandestina de la cual
salió casi igual que como llegó. Con un metro noventa de estatura y
ciento diez kilos de puro músculo, entendía que el único modo de
sobrevivir en el mundo era por las malas. Desde chico lo metieron a
un gimnasio pues su padre no quería un hijo débil, por lo que lo
educó en que había dos formas de conseguir las cosas: por las
malas, o por las peores. Toda su vida había vivido atropellando al
resto, pasando por encima de los demás, imponiendo su talla, su peso
y su entrenamiento. Nada le importaba, nada ni nadie lo detenía, y
sabía fehacientemente que nadie podría jamás hacerle el peso.
Esa
tarde antes de ir al gimnasio decidió ir a comprar al supermercado
un par de cosas que le faltaban para su estricto régimen. Como ya
era costumbre entró al lugar empujando a medio mundo, mirando mal a
quien se le cruzara y amenazando a quien lo mirara por más de cinco
segundos. La ira era el pilar fundamental de su existencia, no sabía
no tener rabia contra todo y contra todos. Luego de elegir lo que
necesitaba eligió una caja, y se metió a la fuerza delante de todos
los que estaban en la fila; desde un rincón lo miraban los guardias,
quienes en una ocasión intentaron detenerlo, terminando todos ese
día internados en un servicio de urgencias. Una de las guardias más
jóvenes rogaba por que algo o alguien detuviera a ese tipo. Cuando
el hombre iba a poner sus cosas en la caja, sintió un empujón en su
cadera: al mirar hacia abajo, se largó a reir de lo que sus ojos
estaban viendo.
Una
anciana de más de setenta años estaba en la fila detrás del primer
comprador. Cundo el peleador se metió, ella simplemente pasó por
debajo de él y puso sus cosas por delante. El enorme hombre la vio,
e inmediatamente intentó tomarle el hombro para sacarla: en ese
momento la anciana le metió un dedo a la boca del estómago,
provocándole un dolor indescriptible que casi lo hizo caer. La
anciana tranquilamente le pasó sus cosas a la cajera; el hombre se
descontroló, y tomó a la anciana por el cuello para lanzarla por
los aires; la mujer pasó su mano por el brazo del hombre,
provocándole nuevamente un dolor enorme. En ese momento un hombre
pequeño y enjuto de piel rojiza que estaba en la fila se largó a
reir y a hacer mofa del peleador; cuando el resto de los clientes lo
miraron, expresiones de espanto llenaron sus rostros.
El
hombre no entendía qué pasaba. La pequeña mujer lo había tocado
un par de veces provocándole dolores que no había sentido en toda
su existencia. El hombre se intentó abalanzar sobre la mujer quien
pasó sus manos por sus piernas y su abdomen, derribándolo con solo
tocarlo. En ese momento el hombre miró las manos de la mujer: en
cada una llevaba una navaja bien afilada y completamente
ensangrentada. La mujer era madre de un famoso delincuente buscado en
todo el continente, y ella había sido quien lo había entrenado para
matar. La mujer sin piedad se acercó al hombre arrodillado, y pasó
ambas navajas por los dos lados de su cuello. El alma del hombre se
desprendió del cuerpo en cuanto murió, y vio su cadáver
ensangrentado en el piso del supermercado, mientras todos los
clientes huían con pavor. Al lado de su cuerpo quedó la anciana,
limpiando sus navajas; alrededor de su cuerpo se veía una
inquietante sombra negra. Al lado del alma del iracundo hombre,
estaba de pie el hombre enjuto de piel rojiza, anotando algo en una
pequeña libreta de mano; el aura alrededor del hombre enjutó se
veía mil veces más oscura que el de la anciana asesina.