Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

domingo, agosto 16, 2026

Arcoiris

El cielo estaba amenazante esa mañana. El pronóstico del tiempo había anunciado lluvias abundantes para los siguientes tres días, por lo que la ciudad, habituada a las inundaciones, estaba en alerta máxima. El barrendero miraba las plazas que tenía asignadas esa semana, a sabiendas que la lluvia arrastraría hojas y taparía desagües, lo cual le deparaba un arduo trabajo para los días posteriores; sin embargo le encantaba su trabajo, y también le encantaba la lluvia, por lo que lo pasaría bien trabajando esos días.

A media mañana la lluvia empezó a caer, tímidamente en un principio, y con más fuerza cada vez. A mediodía la lluvia era tal que apenas permitía ver a dos metros de distancia. El barrendero disfrutaba ver la lluvia caer, pero escuchaba por las noticias que toda la ciudad estaba inundada. De pronto empezaron a llegar informaciones del resto del país, y en todas partes parecía estar lloviendo a raudales. A la media hora los reportes de países vecinos hablaban de las mismas lluvias; cinco minutos más tarde las cadenas de noticias internacionales hablaban de lluvias imparables en todo el planeta.

Dos de la tarde. El agua ya llagaba a un metro de altura en toda la ciudad. Todos los desagües estaban colapsados, y el agua subía y subía sin parar; las mascotas y los animales callejeros eran los que más sufrían con la situación, por lo que sendas campañas de rescate se activaron por todos lados. Mientras tanto el barrendero veía que la situación empeoraba a cada segundo, y en su mente una preocupación empezaba a aflorar.

Cuatro de la tarde. El agua estaba sobrepasando el metro y medio sobre la calle, y parecía seguir subiendo sin parar. La gente de menor estatura estaba empezando a correr riesgo de lesiones mayores y la autoridad había decretado toque de queda para mantener vacías las calles y permitir un mejor desempeño de los equipos de emergencia. El barrendero estaba en uno de dichos equipos, por lo que seguía viendo el agua subir.

Cinco de la tarde. El agua superaba los dos metros. Las casas estaban tapadas de agua y ya había fallecidos por inmersión. Los equipos de emergencia no daban abasto y la lluvia parecía no ceder; el barrendero, al igual que sus compañeros miraban al cielo esperando una solución, una explicación, o al menos una señal.

Seis y media de la tarde. La lluvia había empeorado, el agua superaba los cuatro metros en todo el planeta. Las grandes embarcaciones navegaban en medio de las ciudades, y ya la cantidad de muertos era incontable. El barrendero iba en un bote con motor tratando de rescatar a quienes supieran nadar o al menos flotar. De pronto en el horizonte se dejó ver un gran arcoiris, sin que por ello la lluvia amainara. Los equipos de rescate miraban con ilusión el arcoiris, recordando historias religiosas. Mientras tanto en el más allá, al que algunos llaman el cielo, el demiurgo había perdido la vista, por lo que no podía ver la señal de aquel pacto que había sellado con su pueblo milenios atrás. La lluvia nunca paró de caer.