El
cielo estaba amenazante esa mañana. El pronóstico del tiempo había
anunciado lluvias abundantes para los siguientes tres días, por lo
que la ciudad, habituada a las inundaciones, estaba en alerta máxima.
El barrendero miraba las plazas que tenía asignadas esa semana, a
sabiendas que la lluvia arrastraría hojas y taparía desagües, lo
cual le deparaba un arduo trabajo para los días posteriores; sin
embargo le encantaba su trabajo, y también le encantaba la lluvia,
por lo que lo pasaría bien trabajando esos días.
A
media mañana la lluvia empezó a caer, tímidamente en un principio,
y con más fuerza cada vez. A mediodía la lluvia era tal que apenas
permitía ver a dos metros de distancia. El barrendero disfrutaba ver
la lluvia caer, pero escuchaba por las noticias que toda la ciudad
estaba inundada. De pronto empezaron a llegar informaciones del resto
del país, y en todas partes parecía estar lloviendo a raudales. A
la media hora los reportes de países vecinos hablaban de las mismas
lluvias; cinco minutos más tarde las cadenas de noticias
internacionales hablaban de lluvias imparables en todo el planeta.
Dos
de la tarde. El agua ya llagaba a un metro de altura en toda la
ciudad. Todos los desagües estaban colapsados, y el agua subía y
subía sin parar; las mascotas y los animales callejeros eran los que
más sufrían con la situación, por lo que sendas campañas de
rescate se activaron por todos lados. Mientras tanto el barrendero
veía que la situación empeoraba a cada segundo, y en su mente una
preocupación empezaba a aflorar.
Cuatro
de la tarde. El agua estaba sobrepasando el metro y medio sobre la
calle, y parecía seguir subiendo sin parar. La gente de menor
estatura estaba empezando a correr riesgo de lesiones mayores y la
autoridad había decretado toque de queda para mantener vacías las
calles y permitir un mejor desempeño de los equipos de emergencia.
El barrendero estaba en uno de dichos equipos, por lo que seguía
viendo el agua subir.
Cinco
de la tarde. El agua superaba los dos metros. Las casas estaban
tapadas de agua y ya había fallecidos por inmersión. Los equipos de
emergencia no daban abasto y la lluvia parecía no ceder; el
barrendero, al igual que sus compañeros miraban al cielo esperando
una solución, una explicación, o al menos una señal.
Seis
y media de la tarde. La lluvia había empeorado, el agua superaba los
cuatro metros en todo el planeta. Las grandes embarcaciones navegaban
en medio de las ciudades, y ya la cantidad de muertos era incontable.
El barrendero iba en un bote con motor tratando de rescatar a quienes
supieran nadar o al menos flotar. De pronto en el horizonte se dejó
ver un gran arcoiris, sin que por ello la lluvia amainara. Los
equipos de rescate miraban con ilusión el arcoiris, recordando
historias religiosas. Mientras tanto en el más allá, al que algunos
llaman el cielo, el demiurgo había perdido la vista, por lo que no
podía ver la señal de aquel pacto que había sellado con su pueblo
milenios atrás. La lluvia nunca paró de caer.