El
lustrabotas llevaba varios buenos días en el trabajo. Hacía ya una
semana que un perrito callejero se le había acercado, había puesto
una de sus manos en el lustrabotas y el hombre por bromear le
escobilló la extremidad, lo que fue grabado por un muchacho que lo
subió a redes scciales dándole sus quince minutos de fama lo cual
había mejorado al menos temporalmente el número de clientes y le
había traído bastante gente joven que lo grababa mientras él
lustraba sus zapatos. El hombre aprovecharía esos buenos días para
juntar una reserva para la temporada de baja que ya estaba por
empezar.
Diez
de la noche. El lustrabotas aún estaba en su puesto pese a la hora
pues habían llegado bastantes clientes relativamente tarde; pese a
estar algo cansado aún tenía ganas de seguir trabajando. Luego del
último cliente esperó diez minutos y se dispuso a cerrar el puesto:
justo en ese momento apareció un hombre alto y delgado de riguroso
terno negro que dejaba ver unos zapatos de cuero viejo mal cuidados.
Cuando el hombre se sentó en el sillín se levantó las piernas del
pantalón dejando ver un par de botas que llegaban hasta la rodilla,
con un cuero sin ningún cuidado. El lustrabotas le dijo que el
trabajo sería lento y bastante caro: el hombre abrió su chaqueta y
dejó ver un grueso fajo de billetes, por lo que el lustrabotas sacó
sus mejores materiales y empezó el arduo trabajo artesanal de
recuperar el cuero y dejar las botas casi como nuevas.
Once
y media de la noche. El lustrabotas se dirigía al paradero de buses
con sus materiales en su viejo bolso y una buena cantidad de dinero
en el bolsillo; en el trayecto era saludado por gente en situación
de calle que deambulaba durante el día donde él trabajaba, y que a
esa hora se estaban preparando para dormir. De la nada aparecieron
cinco jóvenes vestidos de cuero y con el cuero cabelludo rapado, que
empezaron a empujar al lustrabotas y a revisar sus bolsillos en busca
de dinero; en ese momento cinco vagabundos y siete perros callejeros
intentaron ayudar al hombre siendo golpeados brutalmente por los
jóvenes. El perro callejero que lo había hecho famoso también
intentó ayudarlo, y terminó muriendo por las patadas que recibió
de los delincuentes.
El
lustrabotas estaba contra la pared. Los cinco jóvenes terminaron de
patear a los vagabundos y a los perros y se abalanzaron sobre el
trabajador, quien simplemente cerró sus ojos esperando su destino.
Con los ojos cerrados el hombre escuchó como si una corriente de
viento estuviera pasando por el lugar: al abrir los ojos vio a los
cinco jóvenes levitando a tres metros de altura, y frente a él
estaba el cliente delgado de vestimenta negra y botas rejuvenecidas,
quien mantenía su mano derecha apuntando a los jóvenes: el hombre
de pronto bajó la mano bruscamente, y los cuerpos de los cinco
jóvenes se estrellaron con tal violencia contra el pavimento, que
quedaron como si hubieran caído desde un edificio de treinta pisos.
El delgado hombre miró al lustrabotas, y le indicó la siguiente
esquina, donde estaba detenido el bus que lo llevaría a su hogar. El
lustrabotas lo miró, le hizo un ademán de despedida con la mano y
corrió despavorido hacia el bus. El delgado hombre quedó de pie
mirando al infinito. Bajo su mano izquierda el perrito lustrado se
frotaba con la tranquilidad de conocer a su nuevo dueño por toda la
eternidad.