La
joven mujer estaba preocupada. Había empezado a trabajar hacía
apenas seis meses, y el lunes su jefe le había avisado que el dueño
de la empresa venía de visita desde Japón para conocer a los
empleados de la sucursal chilena, y que ese sábado tendrían una
cena de gala en uno de los mejores hoteles de la capital. La mujer se
alegró, pero su jefe le dijo que para los estándares de belleza de
Japón estaba pasada de peso por lo que debía bajar al menos cuatro
tallas en esa semana para que la cena fuera un éxito. La mujer le
dijo que era imposible así que lo mejor era que no fuera, pero su
jefe le dijo que el dueño se había fijado en su desempeño por lo
que le interesaba conocerla, por lo que debía bajar sí o sí las
cuatro tallas. Antes de irse su jefe le pasó un porta ternos dentro
del cual venía el vestido que debía usar. La muchacha fue al baño,
lo revisó, y se dio cuenta que lo que le había pedido su jefe era
imposible.
Ese
día a la hora de almuerzo la muchacha se estaba comiendo una
ensalada con nada. Su mejor amiga la vio preocupada y se sentó al
lado de ella para saber lo que le pasaba. Cuando la muchacha le
contó, la joven le dijo que la esperara dos minutos; la joven salió
corriendo y justo a los dos minutos volvió con un frasco de
pastillas, que según su dueña era el último descubrimiento en baja
de peso a nivel mundial, que aún no llegaba ni siquiera a América,
pero que un tío suyo se lo había enviado de regalo. La joven sacó
siete pastillas y se las dio a su amiga prometiéndole que perdería
todo el peso en la fecha que necesitaba. La joven sonrió, abrazó a
su amiga, y de inmediato se tomó la primera cápsula.
Dos
días después el efecto parecía increíble: había bajado tres
tallas, ya casi cabía en el traje, y no había dejado de comer ni
nada parecido. Las miradas de sus compañeros se fijaban en ella con
admiración, y de sus compañeras con envidia. La joven estaba feliz,
y segura que lograría su cometido. De pronto un estafeta se le
acercó, y le dijo respetuosamente que se veía muy bien, pero que
había bajado demasiado rápido, quue debía cuidarse para que nada
malo le pasara. La joven le agradeció, y frente al muchacho se tomó
la cápsula del día: el joven bajó la cabeza y siguió de largo.
Al
tercer día la joven despertó y se paró rauda para ir a la ducha:
en cuanto se puso de pie su camisa de dormir se cayó, quedando
desnuda. La joven no entendía lo que había pasado hasta que se miró
al espejo: estaba en los huesos, apenas tenía piel, y no se notaba
nada de masa muscular. La joven sacó el traje, y al probárselo se
dio cuenta que le quedaba demasiado grande. La muchacha llamó al
trabajo para excusarse por motivos de salud, y empezó a fijarse que
su piel seguía adelgazando. Cerca de las diez de la mañana su piel
desapareció, quedando sus huesos, algunos músculos y vísceras al
aire. A mediodía las vísceras desaparecieron. A las cinco de la
tarde se desvaneció en el aire. A las ocho de la noche su amiga
celebraba en un bar el haberse deshecho de la mujer que le quitó el
puesto al que ella aspiraba en la empresa en que llevaba trabajando
cerca de siete años.