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miércoles, noviembre 21, 2012

Demolición

Desde el piso veinticinco de la torre de departamentos el ingeniero a cargo del proyecto vigilaba el proceso de demolición a distancia. Gracias a la tecnología no tenía que estar en el sitio del suceso, donde sólo los encargados de instalar los explosivos y detonadores hacían algo útil: el resto se paseaba con grandes identificaciones y radios de un lado a otro generando una atmósfera innecesaria en el triste acto de tumbar alguna orgullosa mole de concreto que ya no sirviera a los intereses de los dueños, y que hubiera sido condenada a muerte para levantar a un nuevo gigante en su lugar. El demoler era una actividad tanto o más científica o artística que construir, pues cualquier error podría terminar con heridos, muertos, u otra construcción dañada o inutilizada. Cada vez que había que demoler algo, él llegaba con su equipo de trabajo para marcar pilares y dibujar los ángulos adecuados, para que luego los instaladores siguieran las instrucciones dibujadas en cada piso para que quedara todo listo, para que al momento de apretar el interruptor, el edificio cayera lo más verticalmente posible, convirtiendo su historia de vida en un cerro de escombros.

El ingeniero a cargo había pasado por casi todos los trabajos posibles dentro de su profesión, y había trabajado codo a codo con todo tipo de profesionales, técnicos y obreros, así que eran pocos los secretos que su profesión pudiera guardar para él. Era intereseante sentarse a pensar en el camino recorrido y las ironías de la vida: su primer trabajo fue diseñar la base donde iría la primera piedra de la torre más moderna de la ciudad de ese entonces, y era esa misma torre la que ahora estaban a punto de demoler. Parecía como si la vida quisiera avisarle que se había cumplido una suerte de ciclo, que se inició en su vida con esa misma torre, pues poco antes de empezar su trabajo en ella había enviudado, a temprana edad. Eran miles los recuerdos que afloraron cuando le dijeron que el siguiente cascarón a demoler era el primero que ayudó a construir, más aún cuando ese inicio profesional fue tan fuertemente marcado por el término de su alegría de vivir.

Desde el piso veinticinco de la torre de departamentos el ingeniero a cargo del proyecto vigilaba el proceso de demolición a distancia. El estar lejos de todos le permitia llorar libremente en los instantes previos a la caída de la torre, con él mirando desde el piso veinticinco del cascarón sentenciado a muerte. Era obvio que su vida terminara con la muerte de esa torre, si todo había partido con ella debería también terminar con ella. Además, no quería pasar sus últimos días en la cárcel, cuando encontraran los restos de su hijo asesinado al nacer bajo los escombros de la primera piedra, producto de lo cual debió también matar a su esposa.

1 Comments:

Blogger Clo Arre said...

Chuuuu, es una buena opción. morir con tu obra. jeje.
Buen cuento

12:06 a. m.  

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