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miércoles, diciembre 05, 2012

Santiago del Aire

El dirigible 202 se disponía a despegar desde la torre ubicada a la entrada de Ahumada, en la estación de tranvía del mismo número. El servicio integrado de tranvía urbano y dirigibles luego de la fusión de Líneas Aéreas Nacionales y Empresa de Tranvías del Estado había dado lugar a una gran compañía de transportes intraurbano, conocida coloquialmente como LanEte, que facilitaba y abarataba los costos de movilización dentro del Gran Santiago y con Santiago del Aire, la ciudad voladora ubicada a mil metros de altura sobre la capital de la república. El Ministerio de Obras Públicas y el Ministerio de Tecnologías del Vapor habían logrado esa solución para paliar el hacinamiento dentro de la ciudad, fruto de la constante migración desde el norte y el sur, de gente que quería disfrutar de los adelantos tecnológicos del vapor que abundaban en la capital y que apenas se veían de vez en cuando en provincias. Dicha discriminación generó una sangrienta guerra civil de los ejércitos de las provincias contra la milicia capitalina: las tropas de provincias estaban bien preparadas, con soldados perfectamente entrenados y una disciplina y bravura incomparables, pero que lamentablemente eran insuficientes para contrarrestar a la moderna y poderosa Fuerza Aérea compuesta por dirigibles de todos portes y artillados de tal modo de convertirse en fortalezas de combate voladoras impenetrables. El fin de la guerra dejó una capital más poderosa y millonaria, y provincias pobres y diezmadas, que sólo podían intentar luchar por no morir de inanición. Ello llevó a un éxodo masivo desde el norte y el sur que rápidamente repletó la ciudad, generando campamentos y tomas que en un principio estaban cerca de los límites de la capital con las comunas agrícolas de la periferia, pero que pasados los meses comenzaron a ocupar más lugar hacia el interior. El gobierno federal de Santiago comprendió que intentar erradicar a esa gente generaría una insostenible nueva guerra civil, que podría hasta poner en peligro las fronteras nacionales, por lo que encargaron a Obras Públicas alguna solución. Un par de meses después, y luego del concurso de privados y del Ministerio de Tecnologías del Vapor, se presentó el gran proyecto: un nuevo Santiago, al que llamarían Santiago del Aire, ciudad que mantendrían levitando a gran altura gracias a cientos de motores a vapor que le darían un flujo permanente de helio a miles de grandes globos con armazones similares a los de los dirigibles en uso en ese entonces.

El trabajo de construcción de las bases de la ciudad fue sobrehumano. El levantamiento de tamaña obra -del porte de la comuna de Santiago- se hizo en el camino entre la capital y el puerto de Valparaíso, en terrenos aledaños a la línea del tranvía interurbano para no alterar las principales rutas de vuelo de los dirigibles de LanEte. Quienes pasaban a distancia en el tranvía o en dirigible, o más de cerca en los automóviles de caldera de vapor, quedaban pasmados al ver una mole de acero de diez pisos de alto y miles de metros de perímetro irregular levantándose casi en medio de la nada. En ella, decenas de miles de obreros, los mismos ocupantes de campamentos y tomas, se esmeraban en construir una obra del más alto nivel, que les asegurara la calidad de vida que de una vez por todas merecían los habitantes de provincia. Los pisos de más abajo estaban creados para instalar calderas, motores y todos los artefactos necesarios para mantener en el aire la ciudad de manera segura; los de más arriba llevarían alcantarillados, cañerías, y probablemente dejarían el espacio necesario para la instalación de una suerte de tren subterráneo que conectara una red de estaciones entre sí, cosa impensable para el desarrollo de la tecnología del vapor, al menos bajo la superficie de la capital, por el riesgo de inundar todo de vapor y provocar la muerte de muchos pasajeros producto de la desesperación, y de todos modos innecesario gracias a la presencia de las máquinas de la compañía LanEte. Una vez terminada la monstruosa estructura y mientras se avanzaba en la habilitación de todos los servicios y conexiones que estarían ubicados en dicho lugar, otras decenas de miles de personas empezaron a cubrir de diversas capas de material poroso toda la superficie de metal, para luego empezar a cubrir de tierra la nueva ciudad, y con ello darle la posibilidad de albergar vida en su superficie. Los millones de metros cúbicos de contenido fueron sacados de varias regiones del país para no producir un impacto medioambiental mayor en la zona donde se armaba la ciudad, y para darle la diversidad de capas exigida por los geólogos para aprobar su funcionamiento. Pasados dos años del inicio de las obras, y mientras aún se trabajaba en la plataforma de servicios y sustentación y se seguía rellenando la periferia de la ciudadela de capas y capas de tierra, empezó la construcción de la civilización que cubriría la ciudad y le daría la habitabilidad necesaria para entregarle un nuevo futuro a la gente de provincias que viviría allí. El proceso fue lento, levantar esa cantidad de edificaciones, servicios, calles, líneas de tranvía, para albergar a más de tres millones de habitantes era casi impensable. Recién luego de cinco años de enconado esfuerzo de los habitantes de la nueva ciudad, sus edificaciones estaban listas para ser habitadas con todos los servicios que requerían para un pasar digno. Durante ese tiempo vivieron en campamentos armados en la misma ciudad que construían, mientras sus familias lo hacían en los alrededores de la ciudadela, para mantener a las familias unidas y darles a todos la posibilidad de ayudar a ser constructores de su futuro y ver cómo avanzaba el sueño que les habían prometido. Pero aún faltaba una de las partes principales de la innovadora idea: la maquinaria necesaria para elevar y mantener en el aire ese esperpento amorfo.

En paralelo al inicio de la construcción de las viviendas, los motores instalados en las bases empezaron sus primeras pruebas para detectar fugas, fallas y riesgos al hacerlos funcionar sobrecargados: fue en esa etapa en que se produjeron más muertes, debido a las explosiones de las calderas cuyo diseño y tamaño no eran los adecuados para la función deseada. Equipos de ingenieros militares se unieron a la gente de Obras Públicas y a los de Tecnologías del Vapor y los ayudaron a potenciar sus máquinas con algunos materiales y refuerzos utilizados en la industria militar, los que lograron entregar la energía suficiente para las exigencias del proyecto. Luego de ello los equipos de ingenieros rediseñaron los dirigibles que sostendrían toda esa gran mole, reforzando pilares y armazones internas, y creando un revestimiento de mayor resistencia a los cambios de temperatura y que pudiera ser reparado o reemplazado por partes, para no alterar la operatividad del sistema. Faltando poco para que terminaran de armar los hogares definitivos y poco antes de iniciar la construcción de tranvías y servicios públicos, se hizo la prueba general de elevación. Cuando estaban a punto de despegarse del suelo, las calderas llegaron a sus temperaturas límite, poniendo en riesgo la integridad de los remaches de toda la plataforma, por lo que hubo que detener el ensayo e iniciar el diseño, armado e instalación de cientos de rotores enmarcados para poder ventilar toda la base metálica de la ciudad y permitir que todo funcionara sin peligro para sus futuros habitantes. Dada la complejidad de las operaciones, se decidió no volver a hacer pruebas hasta la inauguración de la ciudad.

A los diez años de iniciado el proyecto el Presidente de la República y el Gobernador Federal daban por inaugurada Santiago del Aire, la única ciudad voladora del planeta. Luego del nombramiento del primer Alcalde de Aire, del corte de cinta, la bendición religiosa y el bautizo con la consabida botella de champaña, las autoridades se alejaron a distancia prudente en un dirigible para ver el triunfo de la tecnología o el colapso irreversible de sus carreras políticas. Las calderas y motores estaban encendidos desde antes, en espera del momento de iniciar su vuelo. En cuanto se dio la señal las calderas aumentaron abruptamente su temperatura y los motores se aceleraron lo suficiente para empezar el bombeo de helio hacia los miles de gigantescos dirigibles que sostendrían el portento. La tensión en los operarios era enorme, de hecho muchos de ellos debieron tomar tranquilizantes para poder hacer su trabajo, y algunos debieron ser reemplazados al caer en pánico en las horas previas al inicio de las operaciones. Los minutos pasaban y la ciudad permanecía en su sitio ante la preocupación de sus habitantes y autoridades, mientras en sus entrañas los trabajadores vigilaban las válvulas de presión de las calderas y los pistones de los motores para cerciorarse que nada explotaría. De pronto los marcos de los soportes metálicos empezaron a crujir, lo que hizo que los operarios empezaran a buscar fugas, filtraciones o piezas fuera de lugar, sin encontrar nada extraño; pese a ello los crujidos aumentaban con el paso de los segundos. En ese instante uno de los banderilleros de tierra, encargado de dar las señales a la gente de a bordo, empezó a agitar sus brazos y a apuntar al cielo con sus banderas; acto seguido el resto de los banderilleros se sumaron a esa extraña coreografía, hasta que llegó la comunicación oficial desde tierra: Santiago del Aire estaba despegando. A los cinco minutos, y luego de crujir desaforadamente por todos lados, la ciudad voladora estaba a cien metros de altura, llegando a los mil metros en apenas quince minutos; media hora más tarde, y gracias al uso de los timones de los dirigibles para usar las corrientes de viento, la ciudad voladora se ubicaba sobre su homónima terrestre.

Desde tierra la imagen era sobrecogedora. Sobre la capital una mole del tamaño de la comuna ocultaba parcialmente los rayos del sol y se mantenía suspendida de la nada, amenazante, como si en cualquier instante se dejara caer sobre tierra para reemplazar a la capital y sus habitantes originales, fruto de un plan maquiavélico urdido entre el gobierno y las regiones para quizás qué extraño fin. Pero nada de eso parecía ocurrir, Santiago del Aire seguía en su lugar, y salvo algunos tornillos y restos de tierra que caían de vez en cuando, al llegar la noche seguía donde mismo. Al amanecer siguiente nada había cambiado en Santiago, salvo la cada vez menos aterradora imagen de la mole sobre sus cabezas. Al terminar esa semana, LanEte inició sus vuelos regulares a Santiago del Aire usando como terminal la estación de tranvía Ahumada. A partir de ese día muchos santiaguinos pagaron su pasaje para ir a conocer su comuna hermana, y cientos de airinos hicieron de Santiago un destino cercano, acogedor, y hasta propio.

El dirigible 202 se disponía a despegar desde la torre ubicada a la entrada de Ahumada, en la estación de tranvía del mismo número. Los viajes intercomunales entre ambas Santiagos ya eran comunes, luego de un año de inauguración del portento tecnológico. Los pasajeros abordaban en orden la nave para hacer el breve pero siempre sorprendente viaje a la nueva comuna. De pronto un ensordecedor ruido se apoderó del ambiente en las dos Santiagos: poderosas sirenas de alerta de bombardeo, utilizadas durante la guerra civil, empezaron a sonar por todos lados. De inmediato Carabineros evacuó todos los dirigibles, los que fueron enviados a Santiago del Aire: al parecer algo andaba mal y había que evacuar lo más rápido posible a todos los habitantes de la mole. Los temores resurgieron en los santiaguinos, si iban a evacuar existía el riesgo que el esperpento cayera sobre sus cabezas, y con ello perecerían todos, pues una cosa era evacuar a los tres millones que vivían en la mole, y otra muy distinta era evacuar la comuna, tarea simplemente imposible: si las decisiones no eran las correctas, más de seis millones de almas estaban en riesgo vital. Al poco rato y de todas partes, gigantescos dirigibles militares enfilaron hacia Santiago del Aire para ayudar con la evacuación de civiles, quienes fueron rápidamente dejados en Santiago para que las autoridades en tierra decidieran cuáles eran los pasos a seguir para mantener la seguridad de la población. Cuando aterrizaron los primeros dirigibles la información era confusa: según todos los pasajeros, los dirigibles llegaron llenos de militares a la plataforma, quienes se quedaron en ella mientras la población bajaba. Extrañamente los soldados no iban con ropa de rescate sino que con tenidas militares y fuertemente armados. Luego de quince horas de vorágine se logró evacuar a todos los civiles, quedando el armatoste flotando donde siempre, hasta que todos los dirigibles se estacionaran en su superficie. De improviso los rotores ubicados en la parte baja de la plataforma base empezaron a girar a gran velocidad pero sólo los que apuntaban hacia el sur: ante el asombro de todos en tierra, Santiago del Aire inició un lento movimiento hacia el norte, que poco a poco empezó a ganar velocidad. En ese instante, y a través de los parlantes de todas las estaciones de tranvías y dirigibles de LanEte, y de los altoparlantes de cientos de vehículos policiales, se ordenaba a la población ir a sus hogares y albergar a quienes pudieran de los habitantes de Santiago del Aire: la ciudad voladora no era tal sino un gran portadirigibles volador, cuya misión era conquistar todos los territorios hasta el Ecuador y crear los Estados Unidos de Sudamérica.

2 Comments:

Blogger Unknown said...

Wow! una ciudad flotante...Como Macross :)

11:14 p.m.  
Blogger Icy said...

Por la tacres mi Doc, regálame un poco de tu imaginación sin fin, por fis!!!!

ME RE-ENCANTOOOOO!! (En todo el sentido de la palabra, eh?)...

Ciudades flotantes, energías paralelas... WOW y doble wow!!!

Congrats!!! Estás cada día escribiendo mejor.

Ya tú sa'es, mi doc!

Icy

9:01 p.m.  

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