Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

domingo, mayo 31, 2026

Loca

La loca. Así le decían en su casa, en su cuadra, en el barrio, en las calles, en el almacén de la esquina, en la botillería. Ya mucha gente no recordaba su nombre, a veces ni ella lo recordaba: ya era tanta la costumbre que cuando la presentaban decían que era la loca, y cuando ella se presentaba decía lo mismo: el sobrenombre había pasado de una especie de insulto a una realidad aceptada hasta por ella misma.

La loca ya no recordaba por qué le decían así. Algunos lo hacían por su vestimenta estrafalaria; otros, porque a veces se le olvidaba la ropa y salía de su casa desnuda a hacer compras o a pasear sus perros; algunos, porque tenía demasiados perros y gatos, y que pese a mantenerlos limpios, eran simplemente demasiados para el tamaño de su casa. La mayoría, porque hablaba sola, y de la nada se quedaba por largos ratos hablando con el aire, manteniendo conversaciones llenas de risas, asombros y hasta lágrimas. Sus conversaciones se hacían cada vez más comunes, y ya algunos vecinos preocupados estaban tomando cartas en el asunto.

Una noche cualquiera la loca estaba en su casa rodeada de sus perros y gatos. De pronto tocaron la puerta, y cinco personas entraron a su comedor sin invitación, mientras los perros los miraban calmados; una sexta persona entró, bien vestida, se presentó como una doctora, y le dijo que estaban ahí para ayudarla. La loca la miró tranquila, y simplemente le preguntó a quién de todos quería ayudar. La doctora le dijo que no era veterinaria, así que venía a ayudarla a ella, la única persona humana de la casa. La loca sonrió, alzó los brazos, y las caras de los seis visitantes empezaron a desencajarse.

Tras los brazos de la loca aparecieron siete almas, todas en bastante mal estado menos una, que vestía algo parecido a una túnica blanca y miraba desde el fondo en silencio. La loca presentó a todas las almas; uno era un policía que había muerto atropellado en 1920; otra era el primer almacenero del barrio, muerto de tuberculosis en 1917; una mujer que había vivido en esa casa hacía más de cien años, y que había muerto de vieja; un mapuche que murió hacía trescientos años en una batalla contra los españoles y dos niños que habían muerto de gripe española en 1927. La doctora se armó de valor, y le preguntó a la loca quién era la última alma: en ese instante el alma abrió la boca.

Los vecinos de la loca miraban desde fuera de la casa a ver qué haría el equipo psiquiátrico que habían conseguido para ayudar a la loca. De un instante a otro vieron iluminarse bruscamente la casa, luego de lo cual la loca salió avisando que llamaran a los bomberos y a la policía, porque había ocurrido una explosión de gas en la casa. Al mirar dentro vieron seis cuerpos calcinados en el piso. Un par de ancianas y tres niños pequeños vieron a trece almas tras la loca, seis de las cuales estaban carbonizadas.