La
loca. Así le decían en su casa, en su cuadra, en el barrio, en las
calles, en el almacén de la esquina, en la botillería. Ya mucha
gente no recordaba su nombre, a veces ni ella lo recordaba: ya era
tanta la costumbre que cuando la presentaban decían que era la loca,
y cuando ella se presentaba decía lo mismo: el sobrenombre había
pasado de una especie de insulto a una realidad aceptada hasta por
ella misma.
La
loca ya no recordaba por qué le decían así. Algunos lo hacían por
su vestimenta estrafalaria; otros, porque a veces se le olvidaba la
ropa y salía de su casa desnuda a hacer compras o a pasear sus
perros; algunos, porque tenía demasiados perros y gatos, y que pese
a mantenerlos limpios, eran simplemente demasiados para el tamaño de
su casa. La mayoría, porque hablaba sola, y de la nada se quedaba
por largos ratos hablando con el aire, manteniendo conversaciones
llenas de risas, asombros y hasta lágrimas. Sus conversaciones se
hacían cada vez más comunes, y ya algunos vecinos preocupados
estaban tomando cartas en el asunto.
Una
noche cualquiera la loca estaba en su casa rodeada de sus perros y
gatos. De pronto tocaron la puerta, y cinco personas entraron a su
comedor sin invitación, mientras los perros los miraban calmados;
una sexta persona entró, bien vestida, se presentó como una
doctora, y le dijo que estaban ahí para ayudarla. La loca la miró
tranquila, y simplemente le preguntó a quién de todos quería
ayudar. La doctora le dijo que no era veterinaria, así que venía a
ayudarla a ella, la única persona humana de la casa. La loca sonrió,
alzó los brazos, y las caras de los seis visitantes empezaron a
desencajarse.
Tras
los brazos de la loca aparecieron siete almas, todas en bastante mal
estado menos una, que vestía algo parecido a una túnica blanca y
miraba desde el fondo en silencio. La loca presentó a todas las
almas; uno era un policía que había muerto atropellado en 1920;
otra era el primer almacenero del barrio, muerto de tuberculosis en
1917; una mujer que había vivido en esa casa hacía más de cien
años, y que había muerto de vieja; un mapuche que murió hacía
trescientos años en una batalla contra los españoles y dos niños
que habían muerto de gripe española en 1927. La doctora se armó de
valor, y le preguntó a la loca quién era la última alma: en ese
instante el alma abrió la boca.
Los
vecinos de la loca miraban desde fuera de la casa a ver qué haría
el equipo psiquiátrico que habían conseguido para ayudar a la loca.
De un instante a otro vieron iluminarse bruscamente la casa, luego de
lo cual la loca salió avisando que llamaran a los bomberos y a la
policía, porque había ocurrido una explosión de gas en la casa. Al
mirar dentro vieron seis cuerpos calcinados en el piso. Un par de
ancianas y tres niños pequeños vieron a trece almas tras la loca,
seis de las cuales estaban carbonizadas.