Luego
de caminar treinta y cinco cuadras, las piernas del anciano no daban
para más. Sus rodillas y tobillos crujían peor que bisagra de
puerta del siglo XIX, y sus músculos, cada vez más delgados, apenas
lograban mantenerlo de pie. Lo peor de todo era que el hombre no
traía dinero para pagar algún medio de transporte, y luego tendría
que emprender el regreso a casa pues recién había llegado a
destino.
El
hombre estaba en el lugar por una oferta de trabajo, pues su
jubilación no le alcanzaba para llegar a fin de mes. El hombre se
daba la maña para buscar aquellos trabajos que nadie quisiera hacer,
pues con eso aumentaba la posibilidad de ser contratado pese a su
edad. Esa mañana no había fila, era el único que había llegado
por la oferta. A las ocho en punto se abrió la puerta, por la que
salió una niña demasiado joven con una falda extremadamente corta y
una especie de polerita que dejaba ver todo su abdomen desde las
costillas. El anciano se sintió un poco incómodo pero de todos
modos entró. La muchacha, con una voz exageradamente aguda, le
explicó que el trabajo consistía en mirar unos edificios y
registrar sus cambios; el hombre la miró con cara de duda sin
entender a qué se refería la muchacha. La joven lo llevó a la
habitación contigua, donde habia doce pantallas en tres filas y
cuatro columnas. conectadas a sendas cámaras apuntadas a doce
edificios. Nuevamente la muchacha le dijo que debía mirar los
edificios y registrar cualquier cambio visible a las cámaras. El
anciano intentaba entender a qué se refería la muchacha; de pronto
la niña se acercó a él, le dijo que aceptara el trabajo y que
simplemente aprendiera sobre la marcha, usando dentro de la frase la
palabra “abuelito”. El anciano miró a la muchacha, y sin
pensarlo dos veces aceptó el trabajo.
A
la mañana siguiente el anciano estaba a las ocho de la mañana
sentado frente a las pantallas. El hombre se sentía extraño mirando
los edificios a ver si les pasaba algo, la instrucción era casi
ridícula,pero la paga era buena y el trabajo muy liviano. Cerca del
mediodía, y luego de estar mirando de diversos modos las pantallas,
descubrió que en los bodes de las pantallas había dibujadas unas
especies de reglas de medir. Luego de almorzar, el anciano empezó a
fijarse en las reglas; en ese momento palideció.
Cinco
de la tarde. El anciano estaba sentado frente al gerente de la
empresa, y a los dueños de los edificios. El hombre nervioso
simplemente les dijo lo que había descubierto, que entre la una de
la tarde y las cuatro y media, todos los edificios se habían
desplazado dos rayitas de los marcos de medición de las pantallas en
el mismo sentido; de hecho le tomó fotografías a las pantallas para
que le creyeran. El gerente de la empresa le dijo que su trabajo
había terminado, que a la mañana siguiente le pagarían lo justo y
que por favor se retirara del lugar y borrara esas fotografías. El
anciano salió cabizbajo del lugar; a la mañana siguiente encontró
en su cuenta corriente una cifra que le alcanzaría para vivir con
comodidad al menos tres años. Mientras tanto los dueños de los
edificios tomaron la dura decisión de demolerlos, pues en un mes los
doce edificios se habían desplazado diez centímetros, huyendo de
sus cimientos enclavados sobre un cementerio indígena que se negaron
a dar por cierto cuando un equipo de arqueólogos dio la alerta entes
de empezar la construcción. Ahora sólo quedaba asumir la pérdida,
y empezar a tomar en cuenta a los expertos la siguiente ocasión.