Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

domingo, julio 26, 2026

Futuro

El revólver Colt calibre .45 cargado encima de la mesa. Un pedazo de manga plástica adherido a la muralla con cinta de embalaje. Una alfombra de plástico en el piso. Paredes cubiertas de bandejas de huevo para aislar el ruido. Un parlante con música estridente. Todo estaba listo y perfectamente planificado, sólo bastaba encender el parlante, sentarse en la silla detrás de la manga plástica y sobre la alfombra de plástico, amartillar el revólver, colocar el cañón bajo el mentón y jalar el gatillo. La vida ya se había ensañado con el ejecutivo bancario, y había llegado la hora de resetearla por medio de una bala en su cerebro.

El ejecutivo llevaba una vida horrenda, odiaba su trabajo, odiaba trabajar con empresarios miradores en menos que siempre lo vapuleaban y lo acusaban con el gerente cuando no obtenían lo que querían. Odiaba a su jefe que lo reprendía frente a los clientes, mientras antes él había puesto las restricciones a los créditos que más tarde él mismo aprobaba contraviniendo sus propias instrucciones. Odiaba a sus compañeros de trabajo quienes también luchaban por quitarle sus clientes y avergonzarlo en público. Odiaba a su esposa, mujer arribista que compraba todas las marcas más caras en todo orden de cosas, para poder lucirlas ante sus amigas y desecharlas en menos de un semestre para volver a comprar cosas nuevas de otras marcas. Odiaba a sus hijos, que sólo s dedicaban a jugar juegos en línea descuidando sus estudios; de hecho odiaba hasta al perro, que cada vez que podía lo mordía y orinaba sus pantuflas.

El hombre jugaba con el revólver en su mano derecha. En ese momento se vino a su mente el momento en que su vida se fue al tacho de la basura: cuando tenía seis años, una niña muy odiosa lo acosaba permanentemente. En su casa el niño había aprendido que no debía reaccionar mal, y menos con las mujeres; sun embargo el nivel de acoso era tal que ya desbordaba sus límites. Un día cualquiera en un recreo la niña se acercó por detrás y lo tomó violentamente por el pelo empezando a tirarlo y a sacudir su cabeza generándole un dolor insoportable y una rabia sin comparación. El niño se dio vuelta, le dio una bofetada a la niña, y luego clavó un lápiz grafito en su ojo derecho. La niña perdió el ojo, el niño fue denunciado, internado un tiempo en un centro infantil, y luego empezó el peregrinar por decenas de psicólogos que daban distintos diagnósticos y soluciones que no cambiaban su visión de la vida. Al cumplir dieciocho años se fue de la casa, empezó a trabajar en lo que fuera hasta que logró hacer una carrera técnica para entrar de cajero a un banco. Conoció a otra cajera, la embarazó, se casó, y su vida empezó a caer al pozo en que se encontraba en ese momento. La salida era una, y estaba en su mano.

El hombre se sentó en la silla, decidido. Amartilló el arma, puso el cañón bajo su mentón y jaló el gatillo. La aguja del martillo golpeó el fulminante que encendió la pólvora, la cual explotó y lanzó el proyectil por el cañón para que hiciera el eterno recorrido de doce centímetros hacia su cabeza. En ese momento despertó en aquel segundo a los seis años, en que la niña odiosa tiraba de su pelo y su cabeza. El niño abofeteó a la niña, la tomó por el pelo y la llevó tirando donde estaba el inspector para acusarla. La vida le dio la oportunidad de cambiar su futuro, y no la perdería.