El
revólver Colt calibre .45 cargado encima de la mesa. Un pedazo de
manga plástica adherido a la muralla con cinta de embalaje. Una
alfombra de plástico en el piso. Paredes cubiertas de bandejas de
huevo para aislar el ruido. Un parlante con música estridente. Todo
estaba listo y perfectamente planificado, sólo bastaba encender el
parlante, sentarse en la silla detrás de la manga plástica y sobre
la alfombra de plástico, amartillar el revólver, colocar el cañón
bajo el mentón y jalar el gatillo. La vida ya se había ensañado
con el ejecutivo bancario, y había llegado la hora de resetearla por
medio de una bala en su cerebro.
El
ejecutivo llevaba una vida horrenda, odiaba su trabajo, odiaba
trabajar con empresarios miradores en menos que siempre lo vapuleaban
y lo acusaban con el gerente cuando no obtenían lo que querían.
Odiaba a su jefe que lo reprendía frente a los clientes, mientras
antes él había puesto las restricciones a los créditos que más
tarde él mismo aprobaba contraviniendo sus propias instrucciones.
Odiaba a sus compañeros de trabajo quienes también luchaban por
quitarle sus clientes y avergonzarlo en público. Odiaba a su esposa,
mujer arribista que compraba todas las marcas más caras en todo
orden de cosas, para poder lucirlas ante sus amigas y desecharlas en
menos de un semestre para volver a comprar cosas nuevas de otras
marcas. Odiaba a sus hijos, que sólo s dedicaban a jugar juegos en
línea descuidando sus estudios; de hecho odiaba hasta al perro, que
cada vez que podía lo mordía y orinaba sus pantuflas.
El
hombre jugaba con el revólver en su mano derecha. En ese momento se
vino a su mente el momento en que su vida se fue al tacho de la
basura: cuando tenía seis años, una niña muy odiosa lo acosaba
permanentemente. En su casa el niño había aprendido que no debía
reaccionar mal, y menos con las mujeres; sun embargo el nivel de
acoso era tal que ya desbordaba sus límites. Un día cualquiera en
un recreo la niña se acercó por detrás y lo tomó violentamente
por el pelo empezando a tirarlo y a sacudir su cabeza generándole un
dolor insoportable y una rabia sin comparación. El niño se dio
vuelta, le dio una bofetada a la niña, y luego clavó un lápiz
grafito en su ojo derecho. La niña perdió el ojo, el niño fue
denunciado, internado un tiempo en un centro infantil, y luego empezó
el peregrinar por decenas de psicólogos que daban distintos
diagnósticos y soluciones que no cambiaban su visión de la vida. Al
cumplir dieciocho años se fue de la casa, empezó a trabajar en lo
que fuera hasta que logró hacer una carrera técnica para entrar de
cajero a un banco. Conoció a otra cajera, la embarazó, se casó, y
su vida empezó a caer al pozo en que se encontraba en ese momento.
La salida era una, y estaba en su mano.
El
hombre se sentó en la silla, decidido. Amartilló el arma, puso el
cañón bajo su mentón y jaló el gatillo. La aguja del martillo
golpeó el fulminante que encendió la pólvora, la cual explotó y
lanzó el proyectil por el cañón para que hiciera el eterno
recorrido de doce centímetros hacia su cabeza. En ese momento
despertó en aquel segundo a los seis años, en que la niña odiosa
tiraba de su pelo y su cabeza. El niño abofeteó a la niña, la tomó
por el pelo y la llevó tirando donde estaba el inspector para
acusarla. La vida le dio la oportunidad de cambiar su futuro, y no la
perdería.