El
novelista se había levantado temprano esa mañana. La editorial lo
estaba apurando con el último proyecto por lo que tenía que
trabajar seria y rápidamente para entregar avances y demostrar que
la publicación estaría en los plazos acordados. Esa mañana debería
avanzar en la parte de ficción de la novela, pues a la tarde tendría
que ir a una biblioteca pública a buscar antecedentes, pues en
internet no estaba la información específica que necesitaba para
darle el entorno de realidad que caracterizaba a sus libros. Luego de
desayunar encendió el computador, se sirvió una taza de café muy
cargado y encendió el primer cigarrillo de la mañana, esperando que
las dos cajetillas compradas le alcanzaran para la jornada.
Dos
minutos más tarde el escritor tomó el cigarrillo para darle la
segunda aspirada; sin embargo, ya estaba consumido. El escritor miró
con extrañeza lo poco que había durado, pues a veces los dejaba en
el cenicero y se consumían solos, pero ello demoraba al menos diez
minutos. Sin pensarlo mucho encendió el segundo, aspiró una vez y
lo dejó en el cenicero; luego de terminar el párrafo que estaba
escribiendo lo volvió a tomar, y nuevamente estaba consumido. El
hombre miró su reloj: habían pasado tres minutos desde que lo
encendió. El escritor estaba confundido, y necesitaba saber qué
estaba pasando.
El
hombre encendió el tercer cigarrillo, apenas lo aspiró para que
encendiera bien y lo dejó en el cenicero, y se quedó mirándolo. El
escritor vio con curiosidad que la zona encendida parecía tomar más
color, como si alguien estuviera aspirando el cigarrillo, el cual se
consumió en cuatro minutos. El hombre no entendía qué pasaba;
repitió el ensayo con tres cigarrillos más, resultando exactamente
lo mismo; de inmediato cerró el archivo de la novela, abrió el
buscador de internet a ver qué encontraba. Dentro de las
posibilidades aparecían fantasmas, fenómenos ambientales, pero una
respuesta llamó su atención: entidades.
A
media mañana el escritor no había avanzado nada de su proyecto,
pero había descubierto una realidad desconocida para él: la
existencia de cultos que se basaban en la presencia de entidades,
almas desencarnadas que se comunicaban con los vivos por medios
físicos llamados ofrendas, donde el tabaco llevaba la delantera
dentro de lo más utilizado para comunicación. El escritor no
entendía por qué le estaba pasando eso, cuando de pronto recordó
que habia ido a ver a una tía abuela a un hogar de ancianos, y que
antes de irse la señora le había pasado una estampita para
protección. El hombre fue al closet, revisó el bolsillo de,la
chaqueta, sacó la estampita y vio con horror un esqueleto con
capucha negra y una guadaña en la mano.
A
la mañana siguiente el escritor se volvió a levantar temprano.
Terminado de desayunar encendió el computador, y puso dos ceniceros:
uno para él y otro para la Santa Muerte, cuya estampita colocó en
el escritorio acompañado de un vaso corto de tequila. Tanto el
cigarrillo como el licor empezaron a consumirse a vista y paciencia
del escritor. Ahora esperaba que sus dos cajetillas y las seis de la
Santa le alcanzaran para su jornada de trabajo.