Cerca
de la hora de salida de clases la adolescente empezó a escribir un
poema. Hija de dos escritores aficionados había crecido sintiendo la
necesidad de expresar sus sentimientos y sensaciones con palabras,
pues desde pequeña le inculcaron que mejor que escuchar música era
leer algún libro; a los seis años le regalaron su primer libro de
poesía y desde ese momento se enamoró del estilo, por lo que ya su
biblioteca estaba llena de poemarios de casi todo el mundo. A los
diez años empezó a crear sus propios poemas, por lo que ya llevaba
siete años escribiendo en rima acerca de la vida y sus vicisitudes.
Su sueño era en algún instante publicar algo, pero no era un
objetivo con tiempo definido sino sólo una ilusión para cuando la
vida definiera que era el tiempo adecuado.
A
la hora del término de clases recién estaba empezando a desarrollar
el tema, por lo que hizo oídos sordos del estruendo de la salida de
sus compañeros y siguió escribiendo, hasta que todos salieron del
colegio y el silencio ocupó todo el espacio. Las rimas y metáforas
llenaban su cabeza y se plasmaban en sus páginas, sin que la niña
notara el paso del tiempo. Las letras eran lo primero, lo segundo, lo
tercero y hasta lo último, al menos en ese momento.
La
niña por fin terminó el texto del modo que quería. Al levantar la
cabeza se dio cuenta que ya había oscurecido, por lo que se puso
nerviosa pensando en sus padres. Al sacar su teléfono celular se dio
cuenta que estaba sin batería, por lo que no le quedaba más que
emprender el regreso a casa lo antes posible y dar las explicaciones
pertinentes al enfrentar a sus padres, quienes obviamente entenderían
que el proceso creativo no da tregua y es necesario terminar lo
empezado en el momento. La niña se acercó a la puerta de la sala,
y ahí empezaron sus problemas.
Al
abrir la puerta la muchacha se encontró con una especie de pared
negra: nada se veía a través de ella, ni tampoco la podía pasar;
al abrir las ventanas se encontró con la misma realidad. La muchacha
no entendía qué estaba sucediendo, mientras el tiempo seguía
corriendo. La niña empezó a gritar, pero al parecer su voz no podía
traspasar dicha muralla. La adolescente se sentó desesperada sin
saber qué hacer: en ese momento su mente y su alma despertaron, sacó
una hoja de papel y empezó a plasmar nuevas rimas que explicaban su
sentir del momento.
Las
compañeras de curso de la poetisa estaban desesperadas, pues al
sonar la campana la muchacha se desmayó con los ojos abiertos sobre
su escritorio, sin que nadie fuera capaz de hacerla reaccionar. Al
llegar una paramédico que trabajaba en el colegio encontró que la
niña tenía signos vitales normales pero estaba como desconectada de
la realidad. El director llamó a los padres mientras trasladaban a
la niña a un servicio de urgencias. Al llegar los padres al lugar el
diagnóstico fue lapidario: síndrome de enclaustramiento. El
neurólogo les explicó que la niña sufrió un accidente vascular y
quedó desconectada del medio, algo así como encerrada en su propio
cerebro. Mientras los padres lloraban frente a su cama, dentro de su
cerebro la niña escribía las mejores rimas que alma alguna habían
imaginado en la historia de la literatura mundial.