Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

domingo, junio 21, 2026

Poesía

Cerca de la hora de salida de clases la adolescente empezó a escribir un poema. Hija de dos escritores aficionados había crecido sintiendo la necesidad de expresar sus sentimientos y sensaciones con palabras, pues desde pequeña le inculcaron que mejor que escuchar música era leer algún libro; a los seis años le regalaron su primer libro de poesía y desde ese momento se enamoró del estilo, por lo que ya su biblioteca estaba llena de poemarios de casi todo el mundo. A los diez años empezó a crear sus propios poemas, por lo que ya llevaba siete años escribiendo en rima acerca de la vida y sus vicisitudes. Su sueño era en algún instante publicar algo, pero no era un objetivo con tiempo definido sino sólo una ilusión para cuando la vida definiera que era el tiempo adecuado.

A la hora del término de clases recién estaba empezando a desarrollar el tema, por lo que hizo oídos sordos del estruendo de la salida de sus compañeros y siguió escribiendo, hasta que todos salieron del colegio y el silencio ocupó todo el espacio. Las rimas y metáforas llenaban su cabeza y se plasmaban en sus páginas, sin que la niña notara el paso del tiempo. Las letras eran lo primero, lo segundo, lo tercero y hasta lo último, al menos en ese momento.

La niña por fin terminó el texto del modo que quería. Al levantar la cabeza se dio cuenta que ya había oscurecido, por lo que se puso nerviosa pensando en sus padres. Al sacar su teléfono celular se dio cuenta que estaba sin batería, por lo que no le quedaba más que emprender el regreso a casa lo antes posible y dar las explicaciones pertinentes al enfrentar a sus padres, quienes obviamente entenderían que el proceso creativo no da tregua y es necesario terminar lo empezado en el momento. La niña se acercó a la puerta de la sala, y ahí empezaron sus problemas.

Al abrir la puerta la muchacha se encontró con una especie de pared negra: nada se veía a través de ella, ni tampoco la podía pasar; al abrir las ventanas se encontró con la misma realidad. La muchacha no entendía qué estaba sucediendo, mientras el tiempo seguía corriendo. La niña empezó a gritar, pero al parecer su voz no podía traspasar dicha muralla. La adolescente se sentó desesperada sin saber qué hacer: en ese momento su mente y su alma despertaron, sacó una hoja de papel y empezó a plasmar nuevas rimas que explicaban su sentir del momento.

Las compañeras de curso de la poetisa estaban desesperadas, pues al sonar la campana la muchacha se desmayó con los ojos abiertos sobre su escritorio, sin que nadie fuera capaz de hacerla reaccionar. Al llegar una paramédico que trabajaba en el colegio encontró que la niña tenía signos vitales normales pero estaba como desconectada de la realidad. El director llamó a los padres mientras trasladaban a la niña a un servicio de urgencias. Al llegar los padres al lugar el diagnóstico fue lapidario: síndrome de enclaustramiento. El neurólogo les explicó que la niña sufrió un accidente vascular y quedó desconectada del medio, algo así como encerrada en su propio cerebro. Mientras los padres lloraban frente a su cama, dentro de su cerebro la niña escribía las mejores rimas que alma alguna habían imaginado en la historia de la literatura mundial.