Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

lunes, junio 29, 2026

Perro

El perro callejero caminaba feliz esa mañana por la calle. La noche anterior había comido bien gracias a la dueña de un local de comida rápida que botó una gran cantidad de hamburguesas que estaban por vencer a la calle, cosa que él y varios de sus compañeros de camino aprovecharon para saciar el hambre de días; luego de ello se acercó a una plaza donde un grupo de vagabundos estaban agrupados alrededor de una improvisada fogata, dejándolo a él incorporarse al grupo. Una vez se quedó dormido, uno de los sin casa lo cubrió con una caja de cartón abierta permitiéndole dormir más caliente que otras noches.

Llegado el mediodía el perro aún no había encontrado comida. Esa fría mañana no había encontrado sobras ni nadie le había regalado nada, por lo que empezó a preocuparse al sentir su abdomen sonando; pese a ello seguía feliz sin saber por qué. De pronto, de la nada y por todos lados se escuchó un estruendo terrible que lo puso de inmediato en guardia esperando lo que fuera que tenía que pasar. La mayoría de los perros callejeros se pusieron en guardia, en espera de ver qué estaba pasando: pasados quince minutos nada había cambiado, por lo que junto al resto de los perros de la ciudad volvieron a su trabajo de esa hora que era sobrevivir.

El perro caminaba por la calle buscando lo que fuera para comer. De pronto empezó a ver a los humanos moviéndose extraño, caminando lento, como si les pesaran las piernas; sus rostros también se veían extraños, empezando a presentar conductas agresivas entre ellos. El perro se dio cuenta además de otro cambio mayúsculo; ningún humano estaba agresivo con los animales callejeros sino sólo entre ellos. El animal, dentro de su preocupación por comida, no entendía lo que estaba pasando, pero ahora tenía algo menos a qué temer, al menos por un tiempo.

El perro se dirigió al local donde había comido la noche anterior encontrándolo abierto y sin humanos. Lentamente se acercó a un mesón donde había hamburguesas, algunas preparadas y otras crudas, y al no ver a nadie sacó algunas para empezar a comer: a los diez minutos el local estaba lleno de perros y el mesón y la bodega vacías. Ningún humano apareció en el lugar.

En la oficina de planificación militar del país vecino monitoreaban el efecto del bombardeo a la capital de sus rivales. Las bombas con el virus zombie, según lo que lograban ver por las cámaras de los drones, habían hecho el efecto esperado: la ciudad estaba a merced de humanos infectados incapaces de pensar, y sólo preocupados de encontrar a alguien sano para devorar su cerebro. A esa misma hora, el perro dormía una siesta en medio de una carretera vacía con el estómago lleno y sin muchas preocupaciones.