El
perro callejero caminaba feliz esa mañana por la calle. La noche
anterior había comido bien gracias a la dueña de un local de comida
rápida que botó una gran cantidad de hamburguesas que estaban por
vencer a la calle, cosa que él y varios de sus compañeros de camino
aprovecharon para saciar el hambre de días; luego de ello se acercó
a una plaza donde un grupo de vagabundos estaban agrupados alrededor
de una improvisada fogata, dejándolo a él incorporarse al grupo.
Una vez se quedó dormido, uno de los sin casa lo cubrió con una
caja de cartón abierta permitiéndole dormir más caliente que otras
noches.
Llegado
el mediodía el perro aún no había encontrado comida. Esa fría
mañana no había encontrado sobras ni nadie le había regalado nada,
por lo que empezó a preocuparse al sentir su abdomen sonando; pese a
ello seguía feliz sin saber por qué. De pronto, de la nada y por
todos lados se escuchó un estruendo terrible que lo puso de
inmediato en guardia esperando lo que fuera que tenía que pasar. La
mayoría de los perros callejeros se pusieron en guardia, en espera
de ver qué estaba pasando: pasados quince minutos nada había
cambiado, por lo que junto al resto de los perros de la ciudad
volvieron a su trabajo de esa hora que era sobrevivir.
El
perro caminaba por la calle buscando lo que fuera para comer. De
pronto empezó a ver a los humanos moviéndose extraño, caminando
lento, como si les pesaran las piernas; sus rostros también se veían
extraños, empezando a presentar conductas agresivas entre ellos. El
perro se dio cuenta además de otro cambio mayúsculo; ningún humano
estaba agresivo con los animales callejeros sino sólo entre ellos.
El animal, dentro de su preocupación por comida, no entendía lo que
estaba pasando, pero ahora tenía algo menos a qué temer, al menos
por un tiempo.
El
perro se dirigió al local donde había comido la noche anterior
encontrándolo abierto y sin humanos. Lentamente se acercó a un
mesón donde había hamburguesas, algunas preparadas y otras crudas,
y al no ver a nadie sacó algunas para empezar a comer: a los diez
minutos el local estaba lleno de perros y el mesón y la bodega
vacías. Ningún humano apareció en el lugar.
En
la oficina de planificación militar del país vecino monitoreaban el
efecto del bombardeo a la capital de sus rivales. Las bombas con el
virus zombie, según lo que lograban ver por las cámaras de los
drones, habían hecho el efecto esperado: la ciudad estaba a merced
de humanos infectados incapaces de pensar, y sólo preocupados de
encontrar a alguien sano para devorar su cerebro. A esa misma hora,
el perro dormía una siesta en medio de una carretera vacía con el
estómago lleno y sin muchas preocupaciones.