Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

miércoles, mayo 19, 2010

Historia de Sangre: Fuga

Historia de Sangre ©2007 Jorge Araya Poblete
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Capítulo IX: Fuga

El niño de rojo pelo y verdes ojos corría libremente por la losa que servía de plaza de juegos a su entera disposición. Su vida era tranquila y feliz, aunque había cosas que no cabían en su entendimiento. No entendía que no hubiera otros niños con quien jugar, pese a lo bello y amplio que era el lugar donde estaba. No entendía que no hubiera otros adultos además de su madre y su padre. No entendía bien lo que era un padre… su madre y su padre vivían en casas separadas, él en un majestuoso castillo en el cual podía jugar libremente siempre y cuando su madre estuviera presente y en lo posible su padre no estuviera; ella, en una pequeña pero cómoda casa de madera a la sombra del castillo de piedra. Él era feliz con su madre, la quería y se sentía querido. Su padre… era un misterio. Era un ser gigantesco, con una cara algo extraña, de grandes dientes, como de bestia salvaje. Tenía los mismos ojos que él, era de un pelo oscurísimo, más oscuro que la noche en el bosque que circundaba su casa. Casi no lo veía, en el día pasaba oculto en su castillo o durmiendo, y en la noche salía hacia los grandes cerros por donde se escondía el sol, y no volvía hasta el día siguiente. Su madre le tenía prohibido acercarse a él si no estaba ella presente, y pese a ello le recomendaba no frecuentarlo. No era cariñoso, cuando sus miradas se llegaban a cruzar, la de él era de indiferencia, con un dejo de decepción. Con su madre la historia era diferente: ella lo adoraba, lo abrazaba, lo protegía, se preocupaba de todas y cada una de sus necesidades: de su comida, de su ropa, de sus juegos, de sus caídas… y a cada rato se preocupaba de sus dientes, de cuánto medía y pesaba, y cada vez que veía que se mantenía pequeño y delgado se mostraba feliz.

Luz había logrado mucho de sus objetivos en esa extraña vida que llevaba. Su traumática existencia había cambiado gracias al nacimiento de su hijo. Él era su preocupación única, su realidad, su vida… El pequeño era normal: no había sacado, salvo a sus ojos, nada de su padre. Su crecimiento era normal, su existencia era como la de cualquier niño del pueblo donde ella había nacido, se preocupaba solamente de jugar. En su vida no primaban los instintos sino los sentimientos. Nunca había muerto un animal para jugar, por accidente o por hambre, y ella se preocupaba de darle sólo lo justo y necesario para su nutrición. Pero lo más preocupante de todo era el padre: desde que nació lo había mantenido alejado de él, no quería que le pegara sus costumbres, y temía que en algún instante de irracionalidad lo agrediera… o se lo comiera. El niño ya tenía 4 años, y probablemente tendría que tomar una drástica decisión en el corto plazo, para permitirle tener una vida de persona...

Blood venía de vuelta de su cacería nocturna. Desde que la cría había empezado a caminar la madre lo había obligado a cazar y comer fuera de los límites de la losa. En realidad eso no le provocaba mayores complicaciones, salvo el hecho de tener que salir a cazar todas las noches, y no guardar restos para días venideros; por otro lado el cansancio le permitía dormir de día, y con ello no tenía que ver a cada rato a la cría de la hembra. Era decepcionante: una cría pequeña y débil, que no sería cazadora ni carnívora. Una cría que sólo tenía su color de ojos, y que había sacado el terrible pelo rojo de su madre, visible a gran distancia e inclusive de noche cuando había luna llena. De vez en cuando el pequeño corría por las salas de su castillo, con Luz vigilando sus movimientos. Cada vez que lo veía se preguntaba por qué no era el cazador que debía ser. Al parecer el problema estaba en la madre, que lo había criado como humano, como presa en vez de depredador… pero ya estaba hecho, y no estaba en sus intereses cambiarlo. Había algo que estaba llamando poderosamente su atención, y era algo que había conocido gracias a la hembra. Si no había sido capaz de parir un depredador, por lo menos le había dado algo que sus padres no habían alcanzado a entregarle: conocimientos. La hembra le había enseñado a hablar, y también algo más extraño en un principio para sus ojos.

En una de sus cacerías había capturado a unos hombres muy extraños, de vestimentas como de mujer, y que llevaban unos maderos diferentes en sus brazos. Al tomarlos, éstos se abrieron como las alas de una mosca gigante… pero como miles de alas planas, unas sobre otras, y manchadas con puntos negros. Su curiosidad le hizo llevarlos al castillo y mostrárselos a la hembra, la cual les dio un nombre que nunca había usado: libros. Según ella, las palabras que usaban para comunicarse (casi nunca dos años después del nacimiento de la cría) estaban en las alas de esas aves. En una extraña reacción, ella le dedicó tiempo y conversación en enseñarle lo que cada dibujo significaba… luego de un año de repetir y repetir y repetir, ya era capaz de entender los dibujos como palabras, y leer… Desde esa fecha, además de la cacería, la lectura era su nueva pasión, tan grande como la construcción de su castillo, pero que podía cambiar según su velocidad y las pertenencias de sus presas. De hecho, esa nueva pasión empezó a modificar los hábitos de cacería de Blood, llevándolo a elegir aquellos humanos que portaran libros, aunque fueran los más viejos y débiles; extrañamente, aún no había encontrado hembras que tuvieran libros, pese a que una hembra le había enseñado a leer…

Mientras Blood se acercaba al castillo, Luz y su hijo se estaban preparando para cambiar definitivamente de vida. Para el niño ese era un juego, de hecho, era el regalo que estaba esperando para su cumpleaños: ese día había cumplido cuatro años, y su madre le dijo que le tendría una gran sorpresa esa noche. Durante el día su madre le permitió ver a Blood; como siempre, la mirada de quien era su padre fue de indiferencia y decepción… al poco rato, la bestia tomó un libro y se escondió en los cuartos ocultos del castillo a leer. Cuando Blood salió en su ronda habitual de cacería, Luz sacó unas bolsas de tela y empezó a guardar algo de ropa de ambos; el niño no entendía, y su madre le dijo que le tenía preparada una sorpresa: esa noche irían a un pueblo con mucha más gente, donde vivía la familia de su madre, con un castillo idéntico al de su padre, pero donde ellos sí podrían vivir juntos y en paz. El pequeño pensó en preguntar por su padre, pero rápidamente entendió que él no estaba en los planes de la sorpresa de su madre: de hecho, él nunca estuvo en ninguno de los planes de Luz. Una vez hubo terminado de guardar todo lo que necesitaba para el viaje, y de sacar de un agujero en el piso (cubierto con unas tablas sueltas) su vieja espada y su ballesta, tomó de la mano a su hijo y salió hacia el lado contrario de donde venía Blood. Miró por última vez la vieja casa de madera, luego vio los ojos inocentes y esperanzados en la sorpresa de su hijo, y empezó a borrar esos cinco años de su vida.

En la tranquilidad de la noche Blood se aproxima a su castillo. La cacería estuvo buena, además de proveerle de comida consiguió un nuevo libro, el cual venía en un idioma desconocido para él. Esperaba preguntarle a Luz esa mañana al respecto. Pese a que no se hablaban, si en algún instante él tenía dudas respecto a lo que leía y le preguntaba, ella se hacía el tiempo de contestarle y aclarar lo que fuera que necesitara. Probablemente lo hacía con el afán de educar a la cría, pues él ya había notado que los libros con lo que había aprendido a leer ya no estaban, y una vez le pareció ver al pequeño jugando con uno de ellos. Cuando faltaban pocos metros para llegar a los límites de la losa, divisó del otro lado las dos anaranjadas cabezas adentrándose en el bosque, en dirección al pueblo de donde venía Luz. Ella estaba vestida como cuando la capturó, con el viejo objeto de madera que lanzaba astillas y la herramienta de metal, además de dos bolsas llenas de quién sabe qué. La cría usaba ropas similares a las de ella. Antes de desaparecer en el denso bosque, ambos dieron una última mirada a la casa de madera. Blood entró a su castillo por una puerta trasera. Esperaba que la hembra y su cría no fueran delatados por esas cabelleras rojas que lucían y que parecían avisar a otros depredadores su presencia. Era una pena, ahora no tendría quién le ayudara a leer ese libro desconocido que había cazado esa noche. Esperaba que la hembra se salvara. Respecto de la cría… daba lo mismo, era demasiado débil para siquiera preocuparse por ella. Ahora tenía dos tareas pendientes: encontrar algún humano que lo ayudara a leer el extraño libro, y reducir a leña la casa de Luz y la cría sin nombre…

1 Comments:

Blogger Daniel. Te invito a visitar http://eldeportero.wordpress.com said...

La bestia vuelve a quedar sola? O en algún momento se reencontrará con su hijo?.
Saludos

8:50 p. m.  

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