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miércoles, julio 07, 2010

Historia de Sangre: Empatía

Historia de Sangre ©2007 Jorge Araya Poblete
Registro de Propiedad Intelectual Inscripción Nº 160719

Capítulo XV: Empatía

La vida parecía ensañarse con la joven bestia. En poco más de dos días había despertado dos veces después de recibir brutales golpizas. La primera ya estaba en el pasado, asimilada y comprendida en su totalidad, hasta aceptada pensando en la naturaleza de los humanos, o por lo menos en la de su padre y la de los que lo rodeaban. Pero la segunda… algo andaba mal, algo no cuadraba en lo que le había sucedido. Había sido sacado por la fuerza de un castillo, y ahora lo habían metido por la fuerza a otro. Había sido considerado por todos y por sí mismo como único durante quince años, y de pronto ya no era único, ni siquiera el primero, ni el más fuerte. Había sido ocultado a los humanos, y cuando fue visto por este nuevo pueblo, no causó más que una mínima sorpresa y fue considerado casi como “familiar”. Estaba cansado pero no físicamente (salvo el permanente dolor de cabeza que tenía luego de los tres puñetazos), la cantidad de novedades que había soportado su mente en tan corto lapso lo tenía casi colapsado, y no sabía ni imaginaba qué otra sorpresa le depararía este nuevo capítulo en su vida.

Blood estaba sentado en uno de los sillones de la biblioteca de su castillo. Estaba realmente sorprendido por su fortuito hallazgo. Luego de décadas de llevar una vida tranquila dentro de lo posible, había aparecido en la puerta trasera de su morada una copia fiel de su pasado. Sus opciones se reducían a dos en este caso, ayudar o no ayudar a la bestia que tenía durmiendo en una de las habitaciones. Obviamente el joven estaba tanto o más perdido que él, y no había tenido la suerte de él, siglos atrás, de caer en la losa. Al parecer la decisión se hizo presente por sí misma, ayudaría al joven; el detalle era hasta cuándo y para qué.

La joven bestia se incorporó con la lentitud que su adolorida cabeza le permitía. Estaba en una habitación de arquitectura similar a la de las habitaciones de su castillo de origen, claro que bastante mejor mantenida. Le llamaba la atención el material, las piedras con que estaba hecho todo, no parecían rocas comunes de cantera. Eran tan extrañas como el dueño del castillo… el dueño del castillo, el culpable de su dolor de cabeza y de su estado de duda continua por el que estaba pasando. Un ser casi igual a él, pero de más edad y con mucha más fuerza y velocidad de reacción… un cazador perfecto que por otro oculto motivo no lo había querido matar, que de hecho lo tenía alojado en su castillo. No estaba atado ni engrillado, no había guardias y aparentemente la puerta no estaba asegurada; aunque en realidad, con la tremenda fuerza que tenía, él no era rival para ese depredador. Después de tantas vicisitudes en tan corto tiempo, el paso siguiente era encontrar a su anfitrión (o captor) y averiguar qué sabía al respecto de ambos. Abrió con cuidado la puerta, asomó su cabeza al pasillo y nuevamente se sintió en casa, pues era similar al pasillo distribuidor del segundo piso del castillo de su padre. En las paredes no había escudos o armas de adorno, ni cabezas de animales o pinturas; en su reemplazo había… libros. Hileras de anaqueles llenos de libros, de todos los temas, con distintos diseños y colores, de todos los portes imaginables. Algunos parecían antiquísimos, otros relativamente nuevos, todos en orden, limpios y aparentemente bien conservados. Nadie le había enseñado a leer, pero sabía lo que era un libro: siempre habían despertado su curiosidad esos símbolos que la gente miraba e interpretaba como palabras… pero nadie en el castillo le enseñó a interpretarlos, de hecho nadie se acercaba a él desde que cazó su primer humano. Y ahora se encontraba en un castillo con muros cubiertos de libros, sin saber cómo usarlos. Pero eso era algo secundario, por ahora había que ser lógico: si hasta ese instante todo el lugar era igual a su lugar de origen, lo más seguro es que siguiera siendo así. Por lo tanto, trataría de llegar al comedor del primer piso, a ver si el dueño se encontraba ahí. La escalera estaba donde debía estar. El pasillo del primer piso también. Nuevamente en vez de adornos había libros; extraña afición para un cazador como él. Ahí estaba finalmente la puerta del comedor.

Blood estaba absorto en el problema que tenía descansando en el segundo piso. Había escogido para él una de las habitaciones principales: si sus suposiciones eran ciertas, había parentesco entre ambos, probablemente era un descendiente del hijo de Luz. De ser así, era muy probable que el joven haya venido desde el pueblo originario de la familia de Luz, y por ende, debía haber conocido el castillo de sus ancestros. Si era así, en cualquier momento aparecería por una de las puertas de la biblioteca (que en el castillo original era el comedor) y se iniciaría algo así como una familia… Luz, la única persona que se había dado el tiempo de enseñarle algo novedoso... ojalá hubiera conocido otros humanos así… o como el anciano… de pronto, la puerta crujió al abrirse y el enorme joven entró en el salón.

-Te estaba esperando… ¿sabes hablar?
-Sí.
-¿Cómo llegaste hasta acá?
-Llegué siguiendo el camino…
-¿Y cómo encontraste este camino?
-No lo sé… me golpearon y me dejaron botado en este camino…
-¿Golpearon? ¿Fueron capaces de golpearte y aturdirte? Maldición, ¿cuántos más hay, entonces?- los ojos de Blood estaban rojos de rabia e incredulidad, la cual fue pasando en la medida que el joven le contó todo su padecer, junto con las leyendas que lo rodeaban.
-Ah… ¿dijiste algo de una bruja de cabellos rojos?
-Sí, la gente que servía a mi padre contaba esa historia a sus espaldas.
-Habrá que buscar a esa bruja para que de algunas explicaciones.
-Dicen que desapareció el día en que nací.
-…
-¿Qué?
-Una de dos: o fue lo suficientemente poderosa para transformarte momentos antes del parto…
-¿O?
-O simplemente venías así y ella hizo una simple predicción.
-¿Predicción?
-Mira, no sé nada acerca de mi origen. Nací así, por lo tanto no tengo todas las respuestas. Puede ser una maldición de la bruja, o una herencia que pasa cada diez generaciones de varones…-de pronto Blood cambia bruscamente su tono de voz- ¿mataste a alguien de mi pueblo?
-No… cuando iba a cazar a dos jinetes dijeron que me parecía a usted y me confundí…
-Te salvaste, si hubieras tocado a alguien de mi pueblo te hubiera tenido que matar.
-¿Por qué?
-Yo no cazo acá, estúpido. Viajo todas las noches a cazar lejos. Si alguien traslada las historias de otros pueblos para acá, deberé desaparecer.
-Por eso mi padre me enviaba a cazar lejos…
-Parece que heredaste la estupidez de tu padre.
-… tal vez…
-Deberé pensar qué hacer contigo.
-¿Puedo preguntar algo?
-Habla.
-¿Cómo es que un cazador de hombres tiene un pueblo a su alrededor que lo llama “señor”?
El joven estaba tocando un punto complicado de relatar y entender, pero de un u otro modo debía contarle parte de su historia para que éste pudiera decidir su futuro… si es que la decisión que derivara de la historia le permitiría tener un futuro.
-Siéntate y escucha.

1 Comments:

Blogger María del Carmen said...

Los cazadores de pueblos como de gentes siempre tienen un halo especial, y como los cazados no tienen muchas elecciones, dado que por el velo puesto no ven mas allà, se dejan ahì estar.

Por ello el cazador siempre caza!

Vengo de las Pampas Argentinas
Y con mate amargo en compañía
Entrego a manos amigas
En sincera amistad.

Vengo de las Pampas Argentinas
Al compás de la vigüela
Y al son de una guitarra criolla
Dejo sentires en sus costas.


Vengo de las Pampas Argentinas
A dejar en coplas sentidas
Sentires en decires colmados
En aires puros nuevas nuevas.

Vengo de las Pampas Argentinas
Y dejo mis huellas genuinas
En sincera y emotiva amistad
Que a viva voz dice Presente!!!

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Un cariño y mi paz

Maricarmen

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3:56 p. m.  

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