Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

miércoles, febrero 05, 2014

Cocinera

Colgando a veinte metros de altura sobre el nivel del agua del pozo, asida con todas sus fuerzas de la débil cuerda de la noria, y mientras escuchaba crujir el casi podrido travesaño de madera en que estaba atada la polea que servía para subir y bajar el balde, usado por décadas para sacar agua en esas tierras desconocidas hasta para el Creador, la vieja cocinera rogaba para que alguien escuchara sus gritos y la salvara antes de caer al vacío, o para que su dios le enseñara a nadar en los breves segundos que duraría su segura caída.

La vieja cocinera llevaba cerca de sesenta años cocinando como modo de vida. En el pueblo en que había nacido y criado, y en el cual había pasado toda su monótona existencia, ella era la encargada de darle continuidad al legado de su madre, también cocinera, desaparecida misteriosamente veinte años atrás, y que se había dado a la tarea de darle algo de variedad a la también monótona tradición culinaria del lugar. La mujer había empezado a cocinar con su madre a los doce años, y desde ese entonces, salvo para su matrimonio, sus partos y sus duelos, la mujer no había salido nunca de la cocina a tener algo parecido a una vida. De hecho, sus salidas tenían que ver siempre con lo mismo: ir a comprar los ingredientes para sus platos, ir al bosque a buscar raíces, hierbas u hongos que le dieran un toque particular a su sazón, e ir por uno de los ingredientes centrales de todo lo que cocinaba y comía: el agua del pozo.

El pozo era el único lujo que tenía su familia. El tener ubicado un pozo en su propiedad era casi motivo suficiente para ser considerada de otra clase social, pues casi la totalidad de los habitantes del pueblo debían compartir un par de pozos grandes, que también servían de abrevaderos para los animales, lo que los obligaba a perder una gran cantidad de tiempo transportando agua y esperando su turno para extraerla. Así, la cocinera simplemente salía al patio a buscar agua, y podía de inmediato seguir con sus preparaciones.

El agua de su pozo era especial. Un par de veces había cocinado sopas y verduras con el agua de los pozos del pueblo, sin lograr el mismo sabor característico de su cocina; en cuanto se dio cuenta de la diferencia, guardó con celo su secreto y siguió haciendo maravillas para sus clientes, y traspasando sus conocimientos a su hija, quien ya contaba cuarenta años, sin mencionarle el detalle del agua.

Esa mañana la vieja cocinera decidió hacer una sopa para acompañar el plato fuerte del día, y abrir aún más el apetito de sus comensales, por lo cual salió temprano y sola al pozo a buscar agua. Los años de esfuerzo habían hecho mella en sus fuerzas, por lo cual hacía ya un par de años que algún familiar sacaba el balde lleno de agua por ella; sin embargo esa mañana se sentía con ganas de cocinar, y no creyó necesario despertar a alguno de sus nietos para algo tan simple como era sacar medio balde de agua. La mujer bajó con cuidado el balde con la cuerda, y una vez que el peso le indicó que estaba a la mitad, lo empezó a subir con dificultad. Cuando iba a la mitad del trayecto la cuerda dejó de moverse: al parecer el balde se había atascado en una de las paredes del pozo, por lo que no le quedó otra opción que subirse al borde del pozo para tratar de desenredar la cuerda con el balde. Justo cuando iniciaba el tercer intento, su cuerpo se balanceó hacia adelante, dejándola colgada a veinte metros del agua.

Luego de un minuto colgando de la cuerda, y ya sin fuerzas para seguir gritando, las manos de la mujer no soportaron más, cayendo rápidamente los veinte metros y estrellándose con la pared de agua al fondo del pozo. Un poco antes de perder la conciencia luego que sus pulmones se llenaran de agua, descubrió con espanto que el toque distintivo del agua de su pozo eran los restos de las cocineras que habían muerto ahogadas, generación tras generación: ahora le tocaba a ella ser parte de la fama de su hija. 

3 Comments:

Blogger CG said...

:-)
Me acordé de la frase : "Somos lo que comemos"
Po

4:59 a. m.  
Blogger CG said...

:-)
Me acordé de la frase : "Somos lo que comemos"
Po

4:59 a. m.  
Blogger Icy said...

Giiiicccckkk!!! Qué sabor habrá tenido esa agua, valor!!!!

Será por eso que nunca me gustó el agua de pozo?? UGH!!!

Besitos de pozo mi doc!

I.

9:31 p. m.  

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