Carretera
Por la carretera avanzaba lentamente una caravana de vehículos de
diversas características, ocupando dos de las tres pistas para dejar el paso
libre a quienes no tienen tiempo de viajar y disfrutar el viaje, pues el
destino para ellos es más importante que el trayecto. Las decenas de vehículos
avanzaban en un bloque compacto, sin más luces que las de los móviles de los
extremos, haciendo imposible ver desde fuera cuántos vehículos en realidad
conformaban el enorme rectángulo motorizado, que rugía a esas horas de la madrugada;
ello disminuía las posibilidades de ser perseguidos o detenidos por la
autoridades o disgregados por ellos, y evitaba generar pánico en los
conductores habituales.
El compacto convoy viajaba a noventa y nueve kilómetros por hora, sin
variaciones. No había aceleraciones ni desaceleraciones, frenadas ni cambio
alguno en el viaje de la caravana. Ni las curvas, ni las pendientes, ni las
cambiantes características de la carretera eran motivo suficiente o necesario
para moverse a distinta velocidad: la monotonía del orden era la constante del
viaje.
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