Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

miércoles, diciembre 18, 2013

Compañero



En su lecho de muerte, que no era más que la piedra donde había caído luego de cinco o seis golpes de espada, el joven guerrero esperaba el instante en que su alma se deshiciera de una vez por todas del cuerpo maltrecho de veintitrés años, que apenas le había servido para luchar por siete años para su rey, y en contra de aquellos otros muchachos que estuvieran del lado del rey rival del suyo, para iniciar el camino hacia el paraíso prometido a todos los guerreros que murieran en batalla, o en nombre de quien habían jurado defender.

A los dieciséis años, el entrenador de los muchachos decidió que su cuerpo ya estaba listo para ser liberado en el campo de batalla; desde ese instante, su vida se transformó en una vorágine de sangre, matanzas, violaciones, y pérdida de todo lo que pudiera en su momento considerarse humanidad. En su segunda batalla, el muchacho medio decapitó a un viejo guerrero que usaba mal su escudo y no sujetaba su espada; cuando el joven se acercó al cuerpo agonizante del anciano, descubrió que entre sus ropas llevaba a un perro, el que estaba sujetando para salvarlo de morir en medio de la batalla. Sin pensarlo dos veces, el joven adoptó al perro como su compañero.

Cuando el muchacho llegó al campamento, le dio parte de su comida al animal, e hizo lo único que sabía hacer: empezar a golpear al perro, tal como a él lo habían golpeado desde los siete años, para enseñarle a pelear a su lado. Así, día tras día, el joven y el perro adquirían cada vez más fuerza y más furia para luchar en batallas que les eran ajenas, pero que al fin de la jornada justificaban la comida, el agua, el calor y la ropa.

Pasados los años, ambos guerreros aprendían el uno del otro a combatir como un todo, ayudándose, protegiéndose, y conformando algo parecido a lo que las personas que no vivían de la guerra llamaban vida. El hecho de llegar vivos y enteros al final de la jornada era suficiente para sentirse felices, y compartir una caricia con el otro.

En la fatídica batalla final, joven y perro avanzaban con fiereza entre las tropas rivales, que los superaban en número y preparación, haciendo hasta lo imposible para sobrevivir y lograr hacer mella en sus rivales. De pronto un soldado montado a caballo cargó en su contra, y justo cuando estaba por ser aplastado por el corcel, el caballar recibió una poderosa dentellada en una de sus patas traseras de parte del perro, quien casi al instante murió a ser coceado por la otra pata del enorme animal, que le dio de lleno en la cabeza. El joven desesperado apuñaló con su espada al caballo, quedando su espada atrapada en la musculatura de la bestia, lo que facilitó que su jinete le propinara los cinco o seis golpes de espada que lo dejaron al borde de la muerte.

El joven seguía tendido en la piedra, desangrándose lentamente, en espera que la dolorosa espera por la Parca durara el menor tiempo posible. De pronto frente a su nublada vista apareció la imagen de su perro. El joven intentó levantar la mano para acariciar al animal: en ese instante el espíritu de su compañero le mordió el cuello para destrozarlo de una vez, y poder por fin irse juntos al paraíso de la guerra, en las tierras de Hades.

1 Comments:

Blogger LA LOCA DE LA CASA said...

La lealtad, el compañerismo va más allá de las convenciones. Morir en ese caso no es malo. Me gustó

8:24 p.m.  

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