Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

miércoles, julio 02, 2014

Pequeña

La pequeña niña no tenía con quién jugar. Pese a que la plaza estaba llena de niños, ninguno de ellos parecía querer jugar con ella, sumiéndola en una pena tan grande como la que sintió cuando sus padres le dijeron que su perrito se había ido al cielo luego de haber sido atropellado por un autobús. La tristeza se había hecho presente en su vida en muchas oportunidades, pese a apenas tener cinco años de vida.

La pequeña era hija de un matrimonio joven. Madre, padre e hija solían salir a pasear a la plaza, donde siempre terminaban regañándola por su costumbre de soltarse de la mano de su madre y partir corriendo a buscar otros niños para jugar con ellos. La pequeña era muy amistosa, y su gran sonrisa le facilitaba interactuar con los niños que jugaban día tras día en el lugar, por lo que siempre terminaba jugando con alguien, mientras sus padres la miraban a distancia prudente, cuidando que nada la ocurriera.

Esa tarde la pequeña había llegado temprano con sus padres, y tal como de costumbre luego de caminar un par de metros por el pasto se había soltado de la mano de su madre para ir a buscar a sus incidentales compañeros de juego. Extrañamente a esa hora no parecía haber nadie, y cuando los niños aparecieron un rato más tarde, no parecían querer tomar en cuenta a la pequeña. La niña se acercó a todos sonriendo feliz, pero sólo cosechó indiferencia; con pena dio la vuelta para ir a los brazos de sus padres, y en ese instante comenzó su verdadero calvario: su madre, su padre y su perrito no estaban.

La niña empezó desesperada a gritar el nombre de sus padres, sin obtener respuesta alguna. El temor la invadió del todo cuando recorrió por completo la plaza, sin encontrar a sus progenitores, y sin que ello pareciera preocupar a nadie, ni a sus compañeros de juego de siempre ni a los adultos que los acompañaban. Al poco rato el temor se había transformado en angustia, mientras el hambre arreciaba y a nadie parecía importarle.

La pequeña niña no tenía con quién jugar. Luego de horas de búsqueda infructuosa, la niña se sentó en uno de los columpios de la plaza, a ver si se le ocurría qué hacer, o se acordaba de cómo volver a la casa. De pronto un niño más grande que ella se acercó decidido al columpio, y antes que ella pudiera reaccionarse se sentó en él, pasando a través del cuerpo de la niña. Si la pequeña no se hubiera soltado de la mano de su madre justo en el instante en que todos murieron atropellados, su alma hubiera emprendido viaje junto con sus padres al más allá. Ahora su alma sólo necesitaba entender que estaba muerta para poder seguir el camino de su madre, su padre, y su perrito.