Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

miércoles, noviembre 19, 2014

Noemí

La pequeña Noemí corría feliz por el húmedo y bien cuidado césped del parque. Su padre y su madre corrían tras la niña, que inundaba el lugar con sus risas y sonrisas, distribuidas a diestra y siniestra sin ninguna discreción. Algunos metros atrás, sentada en un viejo banco de madera, la tía de Noemí, Soledad, miraba a la niña correr con el juguete que recién le había comprado, satisfecha.

Noemí era la hija menor de un joven matrimonio de profesionales de primera generación. Las familias de sus padres se habían dedicado a variados oficios, siendo ambos los primeros en sus entornos que decidieron abandonar sus respectivas tradiciones familiares, y buscar un futuro más fácil de sustentar, más estable y más acorde con los tiempos; así, era obvio que como almas gemelas, estaban destinados a compartir sus realidades, y un futuro en común.

 Tal como todos los retoños que ingresaban al clan, Noemí era querida por ambas familias, quienes cuidaban de ella para que nada le sucediera, y para que su existencia fuera lo más feliz posible dentro de los límites humanos. Al ser la menor de toda la familia, todos los tíos, tías y abuelos la mimaban y hasta malcriaban, a lo que la pequeña respondía con su inagotable felicidad; todos, salvo su tía Soledad.

Soledad era quien mejor llevaba su nombre. Mujer solitaria, retraída y hasta mal genio, se dedicaba a mirar a todos sus sobrinos a la distancia, enojada al ver que ninguno parecía querer perpetuar alguno de los oficios que habían servido a ambas familias para existir, crecer y desarrollarse. Para Soledad, cualquiera de esos niños tenía la obligación moral de hacerse cargo de la herencia cultural de la familia; sin embargo, no había ninguno que pareciera tener el interés ni menos las condiciones para tamaña tarea.

Esa tarde, Soledad decidió acompañar a su hermano y su cuñada al parque con la niña. Luego de todas las frustraciones vividas, la mujer decidió dejar por un rato su rabia de lado, y estar con su sobrina menor, quien la miraba permanentemente con cara de sorpresa y curiosidad. La pareja caminaba con la pequeña corriendo delante de ellos; de pronto Soledad pareció desaparecer, para luego asomarse saliendo de un puesto ambulante de regalos con una pequeña bolsa. En cuanto Noemí vio a su extraña tía con una bolsa de colores, corrió donde ella y le regaló su mejor sonrisa, la que no halló respuesta en la amarga mujer, quien sólo estiró el brazo y le entregó la bolsa a la pequeña. Los padres de la niña miraron sorprendidos: era la primera vez que Soledad le regalaba algo a alguien, sin que hubiera alguna fecha formal de por medio.

La pequeña Noemí corría feliz por el húmedo y bien cuidado césped del parque. Su padre y su madre corrían tras la niña, que inundaba el lugar con sus risas y sonrisas, distribuidas a diestra y siniestra sin ninguna discreción. La niña corría feliz con la red atrapa sueños que su tía Soledad le había regalado, moviéndola a diestra y siniestra, como si de verdad pudiera atrapar los sueños de las personas con el adorno que ahora hacía las veces de juguete. Algunos metros atrás, sentada en un viejo banco de madera, la tía de Noemí, Soledad, miraba a la niña correr con el juguete que recién le había comprado, satisfecha. Cuando la niña lo sacó de la bolsa, instintivamente cambió de posición tres piedras del arco, rotándolas además en ciento ochenta grados. En ese momento Soledad supo que su oficio tenía una poderosa heredera, quien no necesitó de estudios para transformar una inútil red atrapa sueños en una poderosa red atrapa demonios, que la pequeña movía con certera precisión para cazar todas las entidades que a esa hora buscaban confiadas almas que poseer.