Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

miércoles, marzo 04, 2015

Esqueleto

Tres de la mañana. La iglesia se encontraba vacía a esas horas, por lo cual el avezado ladrón debía estar descalzo, cubriendo sus pies sólo con gruesas calcetas, para que el eco de la enorme estructura no fuera a despertar a nadie. El viejo cuidador de autos, que en las noches hacía las veces de guardia a cambio de un espacio tibio para dormir y dinero suficiente para comer y beber, dormía plácidamente hacía ya una hora producto de la caja de vino barato que había bebido.

El ladrón había sido contratado por un excéntrico y millonario traficante de objetos de arte, quien tenía una macabra e inconclusa colección que rayaba en lo bizarro: esqueletos de soldados del siglo XIX. Su motivación casi parecía racional: no era lógico poner uniformes y armas de época en maniquíes o vitrinas, si se podía utilizar los esqueletos de aquellos que en vida utilizaron esas vestimentas y esas armas. Su colección era exigua, por lo difícil de conseguir esqueletos completos y en buen estado, y porque debía recurrir a delincuentes avezados y de alta monta para lograr conseguir nuevas piezas, lo que era exageradamente caro por los riesgos involucrados si se era descubierto. Además, era el mismo coleccionista el que debía conseguir toda la información de la ubicación de las piezas: los ladrones sólo se encargaban de robar sus encargos, no de encontrarlos.

El ladrón avanzaba silencioso por una de las alas laterales de la iglesia. Su linterna le dejaba ver de tanto en tanto retablos que marcaban las estaciones del via crucis; pese a que le incomodaba notar que en todas las imágenes al menos una de las caras representadas parecía estar mirándolo, debía fijarse en ellas para encontrar el encargo que le habían hecho. Mal que mal el robo por encargo de objetos arqueológicos y de arte era su oficio, y dependía de ello para subsistir. Luego de ubicar el espacio que separaba la octava de la novena estación, se dirigió a una serie de placas de mármol que marcaban la presencia de la tumba de una dama de la sociedad y benefactora de la iglesia hacía ya dos siglos; después de algunos segundos de meter los dedos por los bordes de la plancha en que estaba labrado el nombre de la mujer, logró desplazarla, y hacerse de una especie de llave de piedra que estaba escondida en un hueco en la pared. La información que le había dado el coleccionista, al menos hasta ese instante, era perfectamente precisa.

El ladrón cruzó hacia la otra ala de la iglesia. Justo frente a la placa tras la cual se encontraba la llave de piedra, había un ladrillo deslavado oculto por un paño que colgaba de la imagen de un santo. Al descorrerlo y mover un poco el ladrillo, apareció tras éste un espacio de la misma forma de la llave de piedra, que obviamente funcionaba como cerradura. Luego de girar la llave, un crujido le hizo saber que sólo le faltaba empujar el muro para acceder al pedido de su cliente.

Tres y media de la mañana. El ladrón por fin pudo acceder a la bóveda secreta donde se encontraba supuestamente el esqueleto que le habían encargado. Con delicadeza, respeto pero sin miedo, avanzó por el estrecho espacio alumbrando con una potente linterna, que le permitió ver a un metro de distancia un ataúd de metal; en ese instante el ladrón decidió colocarse una mascarilla, pues sabía que en el siglo XIX solían sepultar cadáveres con enfermedades infecciosas en ataúdes metálicos para aislar el contagio, del cual no se conocía la causa en ese entonces. Al acercarse al ataúd descubrió de inmediato los seguros tipo mariposa que sellaban las paredes del artilugio, los que procedió a soltar luego de colocarse unos gruesos guantes de cuero. Cuando estaba desatornillando la última mariposa sintió un crujido, que de inmediato desestimó al saberlo propio del rechinar del metal contra metal.

Tres y treinta y tres de la mañana. Fuertes pasos se escuchaban con un ensordecedor eco dentro de la parroquia. El viejo cuidador despertó del efecto del vino, y corrió con un bate de madera como arma en ristre hacia la gran puerta de madera de la iglesia, la que encontró entreabierta, dejando ver una pequeña luz en una de sus alas laterales. El viejo entró con cuidado: en ese momento un enorme esqueleto de cerca de dos metros de altura lo derribó de un empujón, no sin antes ser alcanzado por el golpe de su bate. El sonido que hizo el golpe y el reflejo de las luminarias en su superficie le hicieron creer que había sido derribado por un esqueleto metálico. El estado del cadáver del ladrón terminó por confirmar su alocada sospecha.

1 Comments:

Blogger Icy said...

Mmmm... Qué loco el ladrón que siente respeto pero miedo no... Deberìa haberlo sentido. A lo mejor ahora estaría vivo...

1:21 p. m.  

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