Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

miércoles, octubre 16, 2019

Amanecer

Esa mañana de invierno la anciana, como todas las mañanas, se había levantado extremadamente temprano. Desde que enviudó diez años atrás, se acostumbró a seguir levantándose temprano; antes lo hacía para desayunar con su marido, ahora simplemente por costumbre, y por el gusto de ver el amanecer a través de la ventana del departamento en el que vivía, luego de vender su casa y repartir el dinero que quedó de la venta y luego de la compra del departamento con sus hijos. Ahora la mujer vivía de su jubilación, y de la jubilación de su marido; sin tener grandes ingresos, al menos le alcanzaba para no necesitar de nadie para llegar a fin de mes.

La mujer se había preparado una paila de huevos y un café para desayunar, y había ido a sentarse en una diminuta mesa que tenía instalada en la terraza. Le encantaba desayunar ahí cuando no hacía demasiado frío, pues le permitía ver al sol salir desde la cordillera. La mujer miraba hacia la montaña sin que nada sucediera aún, por lo que decidió encender el televisor del comedor, pues a esa hora debían estar dando ya los clásicos programas de noticias previo al inicio de los matinales, que empezaban a las ocho de la mañana.

La anciana seguía mirando hacia la cordillera sin que nada sucediera. De vez en cuando la mujer miraba hacia el comedor, pues los matinales ya habían empezado. Extrañamente no había gente gritando ni saltando ni bailando, sino bastante gente seria, y despachos en vivo desde edificios que parecían sacados de películas de ciencia ficción; de hecho la mujer se paró a ver si era el canal correcto con los animadores correctos. Una vez vio a los animadores, que estaban con cara de preocupación, volvió a la terraza a esperar ver la salida del sol.

Cerca de las diez de la mañana la anciana seguía mirando la cordillera esperando ver al sol salir. A la mujer le parecía bastante extraño que a esa hora aún no saliera el sol, pues ya había terminado su desayuno y ya estaba tejiendo a crochet, cosa que generalmente hacía con luz natural. En el comedor las extrañas imágenes se seguían sucediendo, hasta que de pronto apareció en pantalla el presidente de la república con un semblante sombrío. Recién en ese instante la mujer le dio volumen al televisor, pues siempre lo mantenía en silencio. Hasta que empezó el terremoto grado diez no entendía las palabras del presidente que decía que la tierra había dejado de girar, y que había llegado el mentado fin de los tiempos.