Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

domingo, enero 25, 2026

Profeta

El cansancio parecía estar carcomiendo el alma del profeta; sin embargo, él sabía que era sólo cansancio físico, que el alma no se cansa, que el alma es inmortal y por ende, incansable. Simplemente la noche anterior no había dormido bien ni lo suficiente, y ello le estaba pasando la cuenta la siguiente mañana. La solución al problema era fácil, simplemente debía dormir: lamentablemente sus obligaciones del momento le impedían solucionar su problema en ese instante.

El profeta sabía su condición desde niño, pues sin ser un estudiante brillante sacaba siempre notas máximas al saber las respuestas a las preguntas de las pruebas. Luego empezó a adivinar las notas de sus compañeros uno o dos días antes de ser publicadas; cuando su madre se dio cuenta, tomó una decisión radical: sacarlo del colegio pues no aprendería nada y corría el riesgo de darle un mal uso a su habilidad. La mujer consiguió diversos instructores que lograron enseñarle a canalizar su habilidad para no desgastarse tanto y poder darle un uso que le permitiera al menos sobrevivir sin grandes necesidades. A los treinta años el hombre ya tenía casa, auto, esposa, dos hijos, un perro y dos gatos, y un nombre dentro de círculos económicos altos que le permitía subsistir sin dificultades, y le daba tiempo para ayudar en su tiempo libre a los desposeídos

Esa mañana tenía una reunión con ejecutivos de una empresa que quería instalar un nuevo mall en la ciudad. El profeta llegó como siempre temprano con un maletín que casi usaba de adorno, pues lo que llevaba en él no servía para hacer sus profecías. Algunos minutos después de su llegada, una mujer alta y espigada lo hizo pasar a una oficina llena de hombres impecablemente vestidos, quienes le ofrecieron una silla en medio de ellos. El líder del grupo, sentado a la cabecera de la mesa lo presentó, y le dijo al profeta que en el grupo había varios incrédulos, por lo que debía prepararse para una jornada pesada. El profeta no dijo nada, le presentaron la idea, y al terminar el hombre cerró sus ojos, para abrirlos luego violentamente con expresión de miedo.

El profeta relató su visón. En ella veía gente quemándose viva en el terreno destinado a la construcción del edificio. De inmediato dos hombres jóvenes se largaron a reír, se pusieron de pie y salieron de la reunión. El líder le dijo que ellos eran quienes financiarían la construcción del mall, y que habían asistido sólo por curiosidad pues la decisión ya estaba tomada. El hombre entendió, se puso de pie y se dirigió al ascensor para volver a casa. Dos pisos más abajo subieron los mismos hombres: el profeta abrió su maletín y sacó un arma de fuego, lo que hizo que los hombres salieran del cubículo de inmediato. El hombre sabía que lo iban a emboscar para intentar callarlo, pero eso no era necesario: ya había dicho lo que vio en su visión, para eso le pagaban y nada más. Si los terroristas construirían un edificio preparado para incendiarlo y dejar encerrados a sus clientes y así causar terror en la población era problema de ellos.

domingo, enero 18, 2026

Peso

La joven mujer estaba preocupada. Había empezado a trabajar hacía apenas seis meses, y el lunes su jefe le había avisado que el dueño de la empresa venía de visita desde Japón para conocer a los empleados de la sucursal chilena, y que ese sábado tendrían una cena de gala en uno de los mejores hoteles de la capital. La mujer se alegró, pero su jefe le dijo que para los estándares de belleza de Japón estaba pasada de peso por lo que debía bajar al menos cuatro tallas en esa semana para que la cena fuera un éxito. La mujer le dijo que era imposible así que lo mejor era que no fuera, pero su jefe le dijo que el dueño se había fijado en su desempeño por lo que le interesaba conocerla, por lo que debía bajar sí o sí las cuatro tallas. Antes de irse su jefe le pasó un porta ternos dentro del cual venía el vestido que debía usar. La muchacha fue al baño, lo revisó, y se dio cuenta que lo que le había pedido su jefe era imposible.

Ese día a la hora de almuerzo la muchacha se estaba comiendo una ensalada con nada. Su mejor amiga la vio preocupada y se sentó al lado de ella para saber lo que le pasaba. Cuando la muchacha le contó, la joven le dijo que la esperara dos minutos; la joven salió corriendo y justo a los dos minutos volvió con un frasco de pastillas, que según su dueña era el último descubrimiento en baja de peso a nivel mundial, que aún no llegaba ni siquiera a América, pero que un tío suyo se lo había enviado de regalo. La joven sacó siete pastillas y se las dio a su amiga prometiéndole que perdería todo el peso en la fecha que necesitaba. La joven sonrió, abrazó a su amiga, y de inmediato se tomó la primera cápsula.

Dos días después el efecto parecía increíble: había bajado tres tallas, ya casi cabía en el traje, y no había dejado de comer ni nada parecido. Las miradas de sus compañeros se fijaban en ella con admiración, y de sus compañeras con envidia. La joven estaba feliz, y segura que lograría su cometido. De pronto un estafeta se le acercó, y le dijo respetuosamente que se veía muy bien, pero que había bajado demasiado rápido, quue debía cuidarse para que nada malo le pasara. La joven le agradeció, y frente al muchacho se tomó la cápsula del día: el joven bajó la cabeza y siguió de largo.

Al tercer día la joven despertó y se paró rauda para ir a la ducha: en cuanto se puso de pie su camisa de dormir se cayó, quedando desnuda. La joven no entendía lo que había pasado hasta que se miró al espejo: estaba en los huesos, apenas tenía piel, y no se notaba nada de masa muscular. La joven sacó el traje, y al probárselo se dio cuenta que le quedaba demasiado grande. La muchacha llamó al trabajo para excusarse por motivos de salud, y empezó a fijarse que su piel seguía adelgazando. Cerca de las diez de la mañana su piel desapareció, quedando sus huesos, algunos músculos y vísceras al aire. A mediodía las vísceras desaparecieron. A las cinco de la tarde se desvaneció en el aire. A las ocho de la noche su amiga celebraba en un bar el haberse deshecho de la mujer que le quitó el puesto al que ella aspiraba en la empresa en que llevaba trabajando cerca de siete años.

domingo, enero 11, 2026

Loco

 "El loco”. Así le decían al viejo albañil que ya nadie contrataba. Luego de una caída desde el tercer piso de un edificio en construcción en aquella época en que no existía la seguridad laboral, el hombre se golpeó la cabeza y perdió la razón, siendo jubilado por discapacidad. Desde ese entonces el loco se paseaba de obra en obra gritando lo que su mente le decía, alegrándoles el día a sus ex colegas de obra y estresando a capataces y profesionales.

Esa mañana se estaba terminando de excavar la zona en que irían los cimientos de un terreno en que erigiría un edificio de veinte pisos con dos niveles de estacionamientos subterráneos, por tanto la profundidad de la excavación era enorme. Las medidas de seguridad eran extremas, y un prevencionista de riesgo estaba vigilante que nadie estuviera sin todas las medidas necesarias para disminuir las posibilidades de un accidente. De pronto se escuchó la voz del loco, quien llegó gritando “agáchate que vienen los indios”, lo cual sacó una carcajada de los obreros más viejos, quienes reconocieron una frase de sus infancias muy usada por humoristas y programas de televisión en el pasado. Luego de gritar cinco veces la frase el loco se fue corriendo sin destino conocido.

Al día siguiente uno de los obreros más viejos llegó con una triste noticia: la tarde anterior el loco había cruzado una avenida corriendo sin control, siendo atropellado por un vehículo y muriendo en el lugar, pese a la ayuda prestada por el conductor del móvil y por transeúntes. Los obreros guardaron un improvisado minuto de silencio por su ex colega, para luego iniciar las funciones del día. Uno de los profesionales inició una colecta para reunir dinero para el funeral del loco, y el dueño del futuro edificio se contactó de inmediato con un conocido dueño de una funeraria para facilitar los trámites a seguir. A las nueve y medias de la mañana llegó un camión betonero para empezar a vaciar la mezcla en los cimientos de la obra. De pronto se escuchó un grito que paralizó a todos.

Diez obreros estaban de pie en la zona de construcción, paralizados. Frente a ellos había veinte mapuches, rapados al cero, con sus cuerpos pintados y armas en ristre. En ese momento apareció un arqueólogo quien traías los resultados de las prospecciones del terreno, que debían ser esperadas antes del inicio de las obras, pero que fueron ignoradas por los profesionales para ganar tiempo. El informe decía que el terreno era un viejo cementerio picunche, por lo cual no se podía iniciar obras mientras no se estudiara el terreno y se levantaran los restos. Los obreros recordaron la frase gritada por el loco el día anterior. Uno de ellos creyó ver en el grupo de almas de los guerreros picunches al malogrado ex albañil, sonriendo.


domingo, enero 04, 2026

Ladrón

El ladrón estaba asustado. Llevaba cinco días encerrado en su casa sin salir, y pese a ello no dejaba de temblar a cada momento. Su mujer lo insultaba todo el día por no salir a robar para mantener la casa y sus tres hijos. El hombre miraba la puerta y el miedo no lo dejaba hacer nada; mientras tanto los pequeños lloraban de hambre y la mujer no cesaba de insultarlo para lograr que saliera a trabajar. Pero el miedo era cosa viva como decía su abuelita, y esa cosa viva no lo dejaba salir del hogar.

El día antes de su encierro el hombre andaba en la calle tarde en la noche buscando víctimas. Ese día había sido provechoso, se había hecho de cinco teléfonos de alta gama, tres relojes importados y varias cadenas y anillos de oro. Pero antes de irse a casa quería hacer un último robo para coronar la jornada. A esa hora no transitaba mucha gente, y los que lo hacían parecían pobretones camino a casa luego de una eterna jornada de esclavitud a sueldo de hambre. De pronto vio a una mujer grande, de color, vestida entera de blanco y con un llamativo turbante envuelto en su cabeza; en sus muñecas llevaba sendas pulseras gruesas de oro de veinticuatro quilates, y caminaba aparéntemente despreocupada por la calle. El avezado ladrón se le acercó, y al llegar frente a la mujer la apuntó con un revolver cargado.

La mujer no parecía demasiado asustada. Sin mayores aspavientos se sacó las pulseras, sacó su teléfono, su billetera de la cual rescató sólo su identificación, e intentó seguir su marcha;; el hombre le dijo que se sacara las cadenas que llevaba al cuello. La mujer le dijo que no era seguro que le robara las cadenas, y que entre las pulseras y el teléfono tenía más de cuatro millones de pesos. El hombre amartilló el arma y la puso en la cabeza de la mujer, quien simplemente se sacó las cadenas y se las pasó al hombre, para luego seguir su marcha negando en silencio con la cabeza. El hombre sonrió y se fue a casa feliz con su botín.

El ladrón no llevaba más de media hora durmiendo cuando despertó gritando. Su mujer le preguntó qué le pasaba, y él le dijo que había visto a una mujer envuelta en llamas gritando de dolor, cuyo rostro parecía reflejar el dolor de toda la humanidad; al lado de ella había un hombre enorme cubierto con una sotana con capucha, y que llevaba en su mano una guadaña. Desde ese momento el hombre no pudo salir más de su casa, pues en la puerta de su hogar se quedaron el ánima sola y la santa muerte, esperando a que devolviera lo robado a la santera, si es que quería recobrar su tranquilidad.