Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

domingo, enero 04, 2026

Ladrón

El ladrón estaba asustado. Llevaba cinco días encerrado en su casa sin salir, y pese a ello no dejaba de temblar a cada momento. Su mujer lo insultaba todo el día por no salir a robar para mantener la casa y sus tres hijos. El hombre miraba la puerta y el miedo no lo dejaba hacer nada; mientras tanto los pequeños lloraban de hambre y la mujer no cesaba de insultarlo para lograr que saliera a trabajar. Pero el miedo era cosa viva como decía su abuelita, y esa cosa viva no lo dejaba salir del hogar.

El día antes de su encierro el hombre andaba en la calle tarde en la noche buscando víctimas. Ese día había sido provechoso, se había hecho de cinco teléfonos de alta gama, tres relojes importados y varias cadenas y anillos de oro. Pero antes de irse a casa quería hacer un último robo para coronar la jornada. A esa hora no transitaba mucha gente, y los que lo hacían parecían pobretones camino a casa luego de una eterna jornada de esclavitud a sueldo de hambre. De pronto vio a una mujer grande, de color, vestida entera de blanco y con un llamativo turbante envuelto en su cabeza; en sus muñecas llevaba sendas pulseras gruesas de oro de veinticuatro quilates, y caminaba aparéntemente despreocupada por la calle. El avezado ladrón se le acercó, y al llegar frente a la mujer la apuntó con un revolver cargado.

La mujer no parecía demasiado asustada. Sin mayores aspavientos se sacó las pulseras, sacó su teléfono, su billetera de la cual rescató sólo su identificación, e intentó seguir su marcha;; el hombre le dijo que se sacara las cadenas que llevaba al cuello. La mujer le dijo que no era seguro que le robara las cadenas, y que entre las pulseras y el teléfono tenía más de cuatro millones de pesos. El hombre amartilló el arma y la puso en la cabeza de la mujer, quien simplemente se sacó las cadenas y se las pasó al hombre, para luego seguir su marcha negando en silencio con la cabeza. El hombre sonrió y se fue a casa feliz con su botín.

El ladrón no llevaba más de media hora durmiendo cuando despertó gritando. Su mujer le preguntó qué le pasaba, y él le dijo que había visto a una mujer envuelta en llamas gritando de dolor, cuyo rostro parecía reflejar el dolor de toda la humanidad; al lado de ella había un hombre enorme cubierto con una sotana con capucha, y que llevaba en su mano una guadaña. Desde ese momento el hombre no pudo salir más de su casa, pues en la puerta de su hogar se quedaron el ánima sola y la santa muerte, esperando a que devolviera lo robado a la santera, si es que quería recobrar su tranquilidad.