El
ladrón estaba asustado. Llevaba cinco días encerrado en su casa sin
salir, y pese a ello no dejaba de temblar a cada momento. Su mujer lo
insultaba todo el día por no salir a robar para mantener la casa y
sus tres hijos. El hombre miraba la puerta y el miedo no lo dejaba
hacer nada; mientras tanto los pequeños lloraban de hambre y la
mujer no cesaba de insultarlo para lograr que saliera a trabajar.
Pero el miedo era cosa viva como decía su abuelita, y esa cosa viva
no lo dejaba salir del hogar.
El
día antes de su encierro el hombre andaba en la calle tarde en la
noche buscando víctimas. Ese día había sido provechoso, se había
hecho de cinco teléfonos de alta gama, tres relojes importados y
varias cadenas y anillos de oro. Pero antes de irse a casa quería
hacer un último robo para coronar la jornada. A esa hora no
transitaba mucha gente, y los que lo hacían parecían pobretones
camino a casa luego de una eterna jornada de esclavitud a sueldo de
hambre. De pronto vio a una mujer grande, de color, vestida entera de
blanco y con un llamativo turbante envuelto en su cabeza; en sus
muñecas llevaba sendas pulseras gruesas de oro de veinticuatro
quilates, y caminaba aparéntemente despreocupada por la calle. El
avezado ladrón se le acercó, y al llegar frente a la mujer la
apuntó con un revolver cargado.
La
mujer no parecía demasiado asustada. Sin mayores aspavientos se sacó
las pulseras, sacó su teléfono, su billetera de la cual rescató
sólo su identificación, e intentó seguir su marcha;; el hombre le
dijo que se sacara las cadenas que llevaba al cuello. La mujer le
dijo que no era seguro que le robara las cadenas, y que entre las
pulseras y el teléfono tenía más de cuatro millones de pesos. El
hombre amartilló el arma y la puso en la cabeza de la mujer, quien
simplemente se sacó las cadenas y se las pasó al hombre, para luego
seguir su marcha negando en silencio con la cabeza. El hombre sonrió
y se fue a casa feliz con su botín.
El
ladrón no llevaba más de media hora durmiendo cuando despertó
gritando. Su mujer le preguntó qué le pasaba, y él le dijo que
había visto a una mujer envuelta en llamas gritando de dolor, cuyo
rostro parecía reflejar el dolor de toda la humanidad; al lado de
ella había un hombre enorme cubierto con una sotana con capucha, y
que llevaba en su mano una guadaña. Desde ese momento el hombre no
pudo salir más de su casa, pues en la puerta de su hogar se
quedaron el ánima sola y la santa muerte, esperando a que devolviera
lo robado a la santera, si es que quería recobrar su tranquilidad.