Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

domingo, febrero 15, 2026

Calor

Cuatro veinte de la tarde, el calor arreciaba como todos los días a esa hora. El pavimento parecía un sartén en el quemador encendido de la cocina, listo para freir un huevo o cocinar algún plato. El hombre de terno y corbata caminaba traspirando a mares por la calle, y veía al resto de la gente con polera, bermudas, petos y minifaldas caminando más frescos que él; muchos de ellos iban ccmiendo helados de agua o tomando bebidas casi en el punto de congelación, miesntras él sólo pensaba en llegar a su hogar en algún tiempo más.

Una hora más tarde el calor había empeorado. Mucha gente sacaba agua de piletas para refrescarse, mientras su terno parecía apretarse contra su cuerpo cada vez más y más. El hombre además iba cansado por el peso de su maleta pero sabía que en cuanto llegara a casa y se comunicara con su jefe habría valido la pena el esfuerzo del día; sólo quedaba una hora para terminar la jornada y debía seguir su recorrido por si salía algo más: en su trabajo no se podían perder oportunidades por mera comodidad.

Media hora más tarde llegó el peak del calor. Algunos hombres lisa y llanamente se sacaban sus poleras y secaban su sudor con ellas; el hombre ya casi no soportaba el calor del día. De pronto sintió su cara y pecho mojados: un niño pequeño tenía un balde de plástico, el que había llenado con agua, y al ver al hombre tan desesperado decidió lanzarle el agua al cuerpo. El hombre lo miró sorprendido, mientras aparecía su madre deshaciéndose en disculpas mientras el hombre secaba un poco su rostro; el tipo sonrió, miró al niño, acarició suavemente su cabeza y siguió caminando. Un par de cuadras más allá su maletín se sintió un poco más pesado.

Seis de la tarde y terminaba su jornada laboral. El hombre se metió a un callejón y cuando nadie miraba hizo con su mano una puerta en el aire que al abrirla dejó salir una llamarada indescriptible. El hombre entró al fuego,perdiendo de inmediato el terno y el cuerpo humano y recuperando su forma real. El demonio abrió con placer su maletín, entregándole a su superior las almas que había capturado ese día; en el fondo del maletín quedó ocultándose el alma del niño que lo mojó en la calle. Más tarde decidiría si la dejaría para su uso personal, la devolvería a la realidad, o se la entregaría a su jefe para ganar mayor reconocimiento en el infierno.

domingo, febrero 08, 2026

Piloto

El piloto del avión Dromedario estaba listo para su sexto y último despegue de ese día de trabajo. El avión era utilizado para el combate de incendios forestales, y su dueño y piloto, un experimentado, reconocido y condecorado ex piloto de guerra, quien participó cuando joven en la última etapa de la guerra de Vietnam, amaba volar y se divertía bombardeando los incendios con agua, rememorando sus tiempos como piloto de bombarderos en la guerra. Su vida giraba en torno a volar, era lo que mejor sabía hacer y lo que consideraba su vocación y su camino en la vida.

El incendio abarcaba casi mil hectáreas de cultivos, por lo que las pérdidas económicas eran enormes, sin contar el riesgo de propagación a zonas habitadas. De hecho el trabajo del piloto había sido contener el avance de las llamas a zonas pobladas; pese a su avanzada edad el cansancio no era tema para él, pues cada trabajo lo consideraba una misión que debía cumplir tal y como lo hizo los años en que se desempeñó como piloto de combate. El hombre se podía ver algo abatido, pero estaba pleno para seguir combatiendo las llamas.

Luego de terminar la sexta carga del depósito del avión, el piloto se dirigió a la pista de despegue, se comunicó con la torre de control, y luego de revisar los instrumentos y las instrucciones de rigor de la torre, despegó enfilando de inmediato hacia el límite sur del incendio, donde se ubicaba una población de modestas casas cuyos moradores las mojaban incesantemente para mantenerlas frías y húmedas y con ello ayudar a disminuir el riesgo de ser envueltas por las llamas. Al sobrevolar el lugar el piloto recordó su último vuelo de combate, donde descargó varias bombas de napalm sobre las casas; ahora descargaría agua para controlar un incendio, en vez de provocarlo como lo hizo en su juventud.

El piloto llegó a la zona de descarga, encendió la sirena para que los bomberos en tierra se protegieran y enfiló el avión a las coordenadas planificadas. De pronto el avión quedó tieso en el aire, como si un vehículo en tierra hubiera frenado bruscamente. El anciano no entendía nada: en ese momento se asomó a la cabina un pequeño cuerpo carbonizado, tras de él otro cuerpo de mayor tamaño apareció dejándose ver por el piloto, quien entendió lo que estaba sucediendo. Veinte segundos más tarde toda la gente de la villa que murió quemada en su último bombardeo mantenían al avión tieso en el aire. El viejo piloto abrió la válvula de descarga para que el agua cayera y sirviera de algo su último vuelo, y simplemente cerró los ojos. El avión y el cuerpo del piloto nunca aparecieron. El agua cayó de la nada sobre el foco del fuego, apagándolo por completo.

domingo, febrero 01, 2026

Sagrado

El ruido de los tacos de la añosa mujer retumbaban en toda la iglesia. La mujer, quien ya superaba los ochenta años, nunca había dejado de usar tacos desde que tenía quince, por lo que caminar con ellos era casi tan natural como andar descalza. Esa noche era especial para ella, por ende se vistió casi de gala y se puso sus tacos más queridos de diez centímetros terminados en una pequeña punta que amplificaba cada paso y hacía que su presencia se notara en todas partes.

Esa noche tenía demasiado simbolismo para ella. Estaba de cumpleaños, estaba de cumpleaños su marido ya fallecido, que también estaba de aniversario de fecha de deceso, estaba de cumpleaños y de aniversario de deceso su hijo mayor, y de aniversario de matrimonio de su viuda, quien se había hecho cargo del cuidado de su suegra. La mujer sentía que esa fecha sería también la fecha de su partida, por lo que cada año conseguía que su sobrino que era sacerdote le abriera las puertas de su parroquia en la noche, pues tenía la obsesión de partir en terreno sagrado. Cada año, desde ya hacía diez años, pasaba la noche de su cumpleaños en la parroquia, y sólo cuando pasaban las doce se iba a su casa a dormir, frustrada.

Esa noche su sobrino decidió hacer una misa para su tía, y por el descanso de las almas de quienes habían partido de este mundo años atrás. A la mitad de la celebración empezó a temblar, cosa que no asustó a nadie: sin embargo diez segundos más tarde la fuerza del temblor hizo que empezaran a caer trozos de mampostería a la nave central de la iglesia, por lo que se hizo imprescindible evacuar el lugar. Cuando la anciana estaba saliendo, un pedazo de muralla de cuatro ladrillos pegados cayó pesadamente sobre su cabeza, haciéndola caer inconsciente y con un gran corte en su cuero cabelludo.

El terremoto causó estragos en la ciudad esa noche. Sólo después de media hora pudieron subir a la mujer a una ambulancia para trasladarla a alguna urgencia y conocer su estado de salud. La ambulancia quedó atrapada en un taco, y en ese lugar el corazón de la mujer dejó de latir; de inmediato iniciaron las maniobras de reanimación, que terminaron a los cuarenta minutos con el deceso de la señora, cinco minutos antes de las doce de la noche.

El alma de la mujer estaba desconcertada, no entendía lo que le estaba sucediendo. Su cuerpo yacía en una camilla de ambulancia fuera de la iglesia, y a su lado una entidad la miraba con curiosidad. Era el alma de una suerte de chamán que apareció en cuanto falleció la mujer. El alma de la anciana preguntó en silencio por qué había aparecido ese brujo indio al momento de su muerte: en el instante en su cabeza resonó la voz del chamán, quien le dijo que su deseo se había cumplido. Luego de apagada su cansada voz, decenas de almas empezaron a rodear el lugar: la mujer entendió, la ambulancia quedó en el taco en el sector de la carretera en que alguna vez hubo un cementerio indígena. Al alma de la mujer no le quedó más que aceptar su sino, y esperar a partir al más allá cuando todas las almas indígenas estuvieran listas.