Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

domingo, mayo 24, 2026

Lustrabotas

El lustrabotas llevaba varios buenos días en el trabajo. Hacía ya una semana que un perrito callejero se le había acercado, había puesto una de sus manos en el lustrabotas y el hombre por bromear le escobilló la extremidad, lo que fue grabado por un muchacho que lo subió a redes scciales dándole sus quince minutos de fama lo cual había mejorado al menos temporalmente el número de clientes y le había traído bastante gente joven que lo grababa mientras él lustraba sus zapatos. El hombre aprovecharía esos buenos días para juntar una reserva para la temporada de baja que ya estaba por empezar.

Diez de la noche. El lustrabotas aún estaba en su puesto pese a la hora pues habían llegado bastantes clientes relativamente tarde; pese a estar algo cansado aún tenía ganas de seguir trabajando. Luego del último cliente esperó diez minutos y se dispuso a cerrar el puesto: justo en ese momento apareció un hombre alto y delgado de riguroso terno negro que dejaba ver unos zapatos de cuero viejo mal cuidados. Cuando el hombre se sentó en el sillín se levantó las piernas del pantalón dejando ver un par de botas que llegaban hasta la rodilla, con un cuero sin ningún cuidado. El lustrabotas le dijo que el trabajo sería lento y bastante caro: el hombre abrió su chaqueta y dejó ver un grueso fajo de billetes, por lo que el lustrabotas sacó sus mejores materiales y empezó el arduo trabajo artesanal de recuperar el cuero y dejar las botas casi como nuevas.

Once y media de la noche. El lustrabotas se dirigía al paradero de buses con sus materiales en su viejo bolso y una buena cantidad de dinero en el bolsillo; en el trayecto era saludado por gente en situación de calle que deambulaba durante el día donde él trabajaba, y que a esa hora se estaban preparando para dormir. De la nada aparecieron cinco jóvenes vestidos de cuero y con el cuero cabelludo rapado, que empezaron a empujar al lustrabotas y a revisar sus bolsillos en busca de dinero; en ese momento cinco vagabundos y siete perros callejeros intentaron ayudar al hombre siendo golpeados brutalmente por los jóvenes. El perro callejero que lo había hecho famoso también intentó ayudarlo, y terminó muriendo por las patadas que recibió de los delincuentes.

El lustrabotas estaba contra la pared. Los cinco jóvenes terminaron de patear a los vagabundos y a los perros y se abalanzaron sobre el trabajador, quien simplemente cerró sus ojos esperando su destino. Con los ojos cerrados el hombre escuchó como si una corriente de viento estuviera pasando por el lugar: al abrir los ojos vio a los cinco jóvenes levitando a tres metros de altura, y frente a él estaba el cliente delgado de vestimenta negra y botas rejuvenecidas, quien mantenía su mano derecha apuntando a los jóvenes: el hombre de pronto bajó la mano bruscamente, y los cuerpos de los cinco jóvenes se estrellaron con tal violencia contra el pavimento, que quedaron como si hubieran caído desde un edificio de treinta pisos. El delgado hombre miró al lustrabotas, y le indicó la siguiente esquina, donde estaba detenido el bus que lo llevaría a su hogar. El lustrabotas lo miró, le hizo un ademán de despedida con la mano y corrió despavorido hacia el bus. El delgado hombre quedó de pie mirando al infinito. Bajo su mano izquierda el perrito lustrado se frotaba con la tranquilidad de conocer a su nuevo dueño por toda la eternidad.

domingo, mayo 17, 2026

Compañía

El hombre caminaba a paso cancino a su casa a la medianoche. Las noches después del COVID nunca volvieron a ser las mismas. Antes los locales nocturnos funcionaban casi hasta las cinco de la mañana; ahora encontrar uno abierto a las dos de la mañana era casi un milagro. Y en la comuna donde él acostumbraba salir, las noches no duraban más allá de la una de la madrugada, por lo que simplemente decidió empezar a salir más temprano y volver a medianoche a su hogar. En un principio le parecía un poco aburrida dicha rutina, pero a las pocas semanas su cuerpo y su mente se acostumbraron a los nuevos horarios.

Las calles a esa hora aún tenían flujo de personas de a pie y esperando movilización en los paraderos; algunos estaban sobrios, otros se veían algo mareados y otros definitivamente estaban pagando con creces el consumo excesivo de alcohol y otras cosas. El hombre caminaba con las manos en los bolsillos mirando a su alrededor, evitando acercarse mucho a nadie para evitar malos entendidos.

A la mitad de su trayecto el hombre se cruzó con una mujer que iba acompañada de mucha gente. La mujer llevaba vestimenta acorde al horario; sin embargo sus acompañantes usaban ropa algo extemporánea, como si estuvieran disfrazados o vestidos de época para alguna obra de teatro. La cantidad de personas era tal que ocupaban todo el ancho de la vereda; el hombre quiso cruzar pero el flujo vehicular se lo impidió. Cuando las personas llegaron donde él parecieron disolverse a su paso para reaparecer tras él. La mujer se dio vuelta a mirarlo, extrañada.

Tres cuadras luego del incidente, el hombre llegó a una plaza pública que siempre estaba bien iluminada, pero que esa noche no tenía luminarias. De pronto y entre las sombras aparecieron cuatro personas rodeándolo; dos segundos más tarde, todos tenían cuchillos en sus manos. El hombre se quedó tieso, y empezó a buscar su billetera y su teléfono celular entre sus pertenencias para evitar que la situación se saliera de control; de pronto los hombres palidecieron y salieron huyendo despavoridos. El hombre miró a su alrededor, y reconoció a las personas que lo rodeaban.

Una de la mañana. El hombre que salvó del asalto y la mujer que se cruzó con él cuadras antes estaban sentados en un banco de la plaza, que había recuperado su iluminación. La mujer le contaba al hombre acerca de las ánimas benditas del purgatorio, quienes la acompañaban cada vez que salía de su hogar, y que aquella noche él había visto y no les había tenido miedo. El hombre escuchaba atentamente; mientras tanto, otras ánimas aparecieron para empezar a acompañar los pasos del hombre a partir de esa noche, a cambio de oraciones y una que otra vela.

domingo, mayo 10, 2026

Bicicleta

El sol entraba tímido esa mañana por la ventana. El inicio del otoño ya estaba marcando el clima en la ciudad, por lo que las temperaturas estaban más bajas y el sol tardaba más en aparecer y menos en ocultarse. La vida parecía enlentecerse para la gente,y las ganas de permanecer en el hogar aumentaban en general. Esa mañana el adolescente se había levantado temprano para ir al colegio; luego de tomar su desayuno se dirigió al paradero a tomar el bus para llegar a clases a una hora prudente. Al llegar, el lugar estaba vacío, y no se veían buses en ninguno de los dos sentidos.

Media hora después aún no pasaba ningún vehículo. El muchacho estaba empezando a preocuparse cuando de pronto vio a una compañera de curso pedaleando hacia el colegio, la muchacha detuvo la bicicleta junto al adolescente sin decirle nada quien se acomodó detrás de la niña para que ésta lo llevara. La muchacha siguió pedaleando sin dificultad, como si el muchacho no pesara nada.

Cinco minutos más tarde la muchacha pedaleaba a gran velocidad, acercándose cada vez más rápido al colegio. El joven se sujetaba suavemente de la cintura de la ciclista, quien avanzaba rauda por las vacías calles de la ciudad. El muchacho no entendía por qué nadie circulaba a esa hora, pero era más seguro de ese modo. De pronto el joven notó que el jumper de la adolescente empezaba lentamente a soltarse de su cierre; el joven intentó decirle a la chica, pero ella lo ignoró.

Dos cuadras más allá el cierre se había abierto por completo y el jumper se le había caído, quedando la adolescente sólo con blusa y ropa interior. A medida que avanzaban la blusa se empezó a abrir hasta que se salió por completo del cuerpo de la niña dejándola en sostenes y calzones. Luego el sostén se desabrochó y el calzón se bajó, dejando a la adolescente desnuda pedaleando hacia el colegio. En ese momento el muchacho creyó recordar algo, pero ya era demasiado tarde.

Los ciclistas pasaron frente al colegio, que a esa hora lucía vacío. El pelo se le había caído a la muchacha, y la piel se empezaba a desprender de su cuerpo; dos minutos más tarde los músculos estaban al aire y la muchacha seguia pedaleando rauda, el joven ya recordaba claramente; la muchacha que lo llevaba se había lanzado del tercer piso del liceo muriendo tres días después, y él había sido el gatillante de esa decisión pues la acosaba permanentemente. Ahora la bicicleta era pedaleada por un esqueleto al cual le había aparecido una especie de sotana negra ; sobre su hombro izquierdo se equilibraba una guadaña, cuyo filo se bamboleaba sobre el acompañante de la Muerte en bicicleta.

domingo, mayo 03, 2026

Trabajo

La mujer no despegaba sus ojos de la pantalla de su teléfono celular; estaba viendo un noticiario en vivo donde hablaban de una guerra al otro lado del mundo y las repercusiones que ello tendría en la economía nacional. De un momento a otro el bus en que viajaba frenó bruscamente volviéndola a la realidad; la mujer estaba cesante, dependía de ayudas sociales del estado, llevaba cerca de un año buscando trabajo sin lograr conseguir nada. Esa mañana viajaba a una nueva entrevista de trabajo a ver si ahora sí lograba conseguir el anhelado empleo para volver a depender de si misma.

La mujer entró al edificio y subió al piso indicado. En el recibidor había cerca de quince mujeres más jóvenes que ella con papeles en la mano esperando a la entrevista; al ver el panorama de inmediato se dio cuenta que era viaje perdido, pues obviamente preferirían a alguna de las mujeres jóvenes en vez de a ella. Sin embargo, decidió quedarse por si tenía algo de suerte esa mañana.

Una a una las mujeres entraban a la oficina, y luego una a una salían llorando del lugar botando al basurero o rompiendo sus curriculum. La mujer no entendía nada, y empezó a ponerse nerviosa: tal vez el llamado era una trampa para un trabajo relacionado con actividad sexual o algo parecido y ello hacía que las muchachas salieran llorando del lugar. La mujer estaba a punto de tomar sus papeles e irse cuando escuchó su nombre: en ese momento algo le hizo decidir entrar a ver de qué se trataba.

El entrevistador era un hombre maduro de mirada inexpresiva; en cuanto la mujer se sentó empezó a explicarle el trabajo. Necesitaban una mujer de no más de cincuenta años para trabajar en un cementerio de noche, acompañando a grupos que hacían visitas pagadas nocturnas de corte histórico y esotérico. La labor era llevar una serie de talismanes para proteger a los usuarios de las visitas: cuando la mujer preguntó acerca de quién había que protegerlos, el hombre activó en su computador un video donde se veían, en color verde, imágenes de distintas formas volando entre las personas, asustándolas y haciéndolas huir. En una de las escenas se vio caer a una mujer de mas de cincuenta años, cuyo corazón no resistió lo que estaba sucediendo, falleciendo en el lugar. La mujer entendió por qué las otras mujeres salieron llorando; luego de pensarlo un par de minutos dijo de inmediato que sí, pues necesitaba el trabajo y la paga era buena. Ye vería más adelante cómo se venía la mano, y si era capaz de aguantar a las entidades del cementerio y sus ataques. Sólo esperaba que los talismanes que le pasaran sirvieran de algo.


 

domingo, abril 26, 2026

Dolor

El dolor de cabeza casi no lo dejaba pensar. Diez días llevaba con una extraña sensación como si algo ocupara su cabeza; a ello se sumaban mareos, náuseas, visión de puntos luminosos y un zumbido en sus oídos que hacía su vida cada vez más insoportable. Ya había tomado todo lo que le habían ofrecido en la farmacia, y por fin se había decidido ir esa tarde al médico. Sin embargo, aún debería aguantar todo el día con dolor, pues la cita estaba reservada para las siete de la tarde.

En la oficina, el hombre apenas soportaba la pantalla de su computador. El brillo blanco del procesador de texto le provocaba más molestias, e incluso las náuseas habían aumentado en intensidad y había estado a punto de vomitar. Un compañero de trabajo habló con su jefe, quien al verlo decidió enviarlo a un servicio de urgencias para que lo evaluaran. Al llegar al lugar debió esperar cerca de una hora; cuando el médico lo examinó, le indicó un medicamento a la vena que no cambió en nada la situación. Una hora más tarde ya le habían inyectado cinco medicamentos diferentes sin lograr efecto alguno. Luego de ello le pidieron una resonancia de cerebro que tampoco arrojó nada. El médico entonces decidió que el dolor era tensional, y le indicó once días de reposo laboral. Al salir del lugar el hombre seguía con el mismo dolor, por lo que decidió hacer hora e ir a la cita que había reservado.

El médico era un hombre añoso, parsimonioso para hablar y actuar, quien le preguntó de todo al paciente para luego hacer un exhaustivo examen físico. Luego de escribir en la ficha le dijo al paciente que no encontraba causa probable del dolor de cabeza, pero que intentaría con un medicamento nuevo que recién había llegado al país, y que eventualmente le daría solución a su predicamento. El médico le dio el nombre de la única farmacia donde estaba el fármaco para que lo comprara y decidiera luego qué más hacer.

La farmacia era un local muy antiguo y descuidado. La dependiente era una señora añosa de gruesos lentes y mirada inquisidora. Al llegar el hombre lo miró de pies a cabeza, revisó la receta y sin decir palabra se dirigió al interior del local; luego de cinco minutos volvió con un frasco de vidrio que traía sólo tres pastillas, que era exactamente lo que decía la receta. El hombre desesperado le pidió a la dependiente si le podía dar agua para tomar el medicamento de inmediato; al tomarla, el hombre sintió como si el dolor abandonara su cuerpo como si hubiera sido un espíritu que lo había poseído. El hombre agradeció a la mujer y salió del lugar libre de dolor. En la farmacia, la mujer se quedó con el espíritu que había poseído al hombre provocándole el dolor de cabeza; más tarde, a la hora de cierre del local, vería cómo ayudarlo a trascender y dejar tranquilos a los vivos.

domingo, abril 19, 2026

Pérdidas

La mujer caminaba cabizbaja por la húmeda calle. En sus hombros cargaba la mochila donde llevaba su vida entera. Tres mudas de ropa, el cargador del celular, un pendrive con recuerdos del pasado, una botella metálica para agua y un saco de dormir era todo lo que llevaba consigo; su vida, su realidad, su presente, su atisbo del futuro. Su vida antigua había terminado para ella cuando su ahora ex marido la había echado de su casa, y debía empezar a buscar un nuevo horizonte, donde fuera que lo encontrara.

La joven tenía veintidos años; hija de una familia de clase media se había enamorado en el liceo de un joven de clase acomodada que sólo quería tener un hijo, pues ya tenía el futuro asegurado por su familia que era dueña de una cadena de pequeños supermercados repartidos a lo largo del país. Al salir del liceo el muchacho le propuso matrimonio; la muchacha aceptó de inmediato pese a la resistencia de su madre quien no veía con buenos ojos la obsesión del novio por la paternidad. La boda fue espectacular, la luna de miel en una playa del caribe, el regreso a casa inolvidable. A partir de ese momento el joven le planteó nuevamente a la muchacha su necesidad de tener un hijo a lo que ella accedió inmediatamente. A los dos meses ya estaba embarazada; al tercer mes, perdió al bebé.

En los siguientes tres años los intentos fueron seguidos, pese al consejo del ginecólogo que se tomaran un tiempo, el hombre sólo quería tener su hijo; pero uno tras otro embarazo terminaban en pérdida a los dos o tres meses. En total fueron siete los embarazos sin que ninguno llegara a término. Un día la muchacha había salido de compras al supermercado; el volver se encontró con su marido y una mujer joven con un embarazo bastante avanzado. El hombre le dijo que por fin había conseguido su objetivo con esa mujer, que ya no la necesitaba, que ya había tramitado la anulación del matrimonio, y que tenía que irse de la casa esa misma tarde de julio. La joven no entendía nada; al darse cuenta de lo que había pasado gritó, lloró y hasta rogó; sin embargo la decisión ya estaba tomada. Luego de secar sus lágrimas y arreglarse un poco la cara y el pelo se dirigió a la habitación a sacar las pocas cosas que quería llevarse. Al salir de la casa por última vez, y una vez que la lluvia había cesado, sintió que su mundo se había acabado y ahora empezaba una suerte de incertidumbre peor que la que tuvo al salir del liceo.

Mientras caminaba, la muchacha llamó por celular a su madre para contarle lo sucedido. La mujer de inmediato le dijo que volviera a casa, que su dormitorio la estaba esperando, y que ella y su padre estarían felices de recibirla de vuelta; la madre le dijo que la disculpara pues debía cortarle para ir a arreglar el dormitorio al que llegaría. La muchacha se sintió aliviada al sentir el apoyo de su familia, y decidió irse caminando lento para darle tiempo a su madre a arreglar todo como ella quisiera. A esa hora en su casa seis velas blancas y una vela negra empezaron a consumirse. En ese momento la muchacha extrañamente empezó a sentirse acompañada en su caminata. Quienes iban por la calle vieron a una muchacha con mochila rodeada de seis pequeñas nubes que volaban junto a ella; la séptima alma, la de su primera pérdida, viajaba en ese momento a casa de su padre a cobrar venganza por su madre y sus seis hermanos nonatos.

domingo, abril 12, 2026

Borroso

La vista nublada en la pantalla del computador le estaba haciendo muy complicada su jornada laboral esa mañana. La telefonista había llegado bien al trabajo pero en cuanto encendió la pantalla del computador empezó a ver borroso y a no poder distinguir adecuadamente los textos que aparecían en su terminal. Cerca de las diez de la mañana su jefa se acercó a preguntarle qué le pasaba pues no estaba rindiendo a su nivel de siempre. Luego de inventar que había dormido mal la noche anterior y que no había alcanzado a desayunar, intentó seguir con su trabajo.

Tres de la tarde, luego de almorzar y descansar su vista seguía borrosa. Su jefa apareció de nuevo en su cubículo, acompañada por un paramédico dispuesto a evaluarla. A regañadientes la joven dejó que le tomaran los signos vitales y que le pincharan el dedo para medir el azúcar. Luego de comprobar que todo estaba normal, el paramédico sacó un aparato con una luz de una cajita plástica y miró dentro de los ojos de la muchacha. Al apagarse la luz dictaminó que debían llevarla lo antes posible a un servicio de urgencias: mientras arreglaba sus cosas, la muchacha vio la cara de espanto del paramédico.

Dos horas más tarde la muchacha estaba siendo examinada en la urgencia de una clínica. El médico que la recibió se rió al ver el informe del paramédico, y fue a buscar el mismo aparato que habían usado horas antes en su oficina. Luego de mirar el médico lanzó un improperio y fue a buscar a otro colega de mayor edad. El hombre no saludó, tomó el aparato, miró dentro del ojo, miró a su colega y salió del lugar raudo.

Media hora más tarde cerca de quince médicos habían visto sus ojos por el aparatito. La muchacha y su jefa estaban cansadas: cuando apareció el decimosexto médico la muchacha dio un paso atrás y dijo que no la volverían a examinar hasta que alguien le explicara qué estaba pasando. El nuevo médico conectó el aparato con un cable USB a su celular, encendió el aparato y tomó una foto de las pupilas de la muchacha; cuando la joven la vio, un grito se ahogó en su garganta y en su alma.

El párroco de la iglesia que quedaba a siete cuadras de la clínica llegó al lugar con un maletín de cuero. En él llevaba agua bendita, cruces, libros de rezos y accesorios extraños que la joven no reconocía. Mientras el sacerdote desplegaba sus cosas en la camilla, el jefe de oftalmología calmaba a la muchacha e intentaba decirle que no había explicación médica a la presencia de un diminuto ser humano dentro de sus ojos. La joven en ese momento recordó que cuando era chica una anciana extraña se había acercado a ella a ver sus ojos,diciéndole que eran hermosos y que ella los quería para sus hijos, para luego tocar sus párpados con las manos más frías que había sentido en su vida. Cuando el sacerdote lanzó agua bendita, sintió sobre sus párpados el calor más intenso que había conocido en su existencia, quedando ciega al instante. Quienes vieron lo que pasó, se juramentaron para nunca hablar de lo que habían visto luego que el sacerdote lanzó el agua bendita, Nadie supo jamás dónde se metieron los duendes que huyeron con los ojos de la muchacha.