La
luz del sol entraba furiosa por la ventana esa mañana. El
transparente vidrio dejaba pasar sin reparos la luz del astro rey
calentando el dormitorio de la vieja casa instalada al medio de dos
edificios de veinte pisos. Por cerca de diez años las constructoras
habían intentado comprar la casa recibiendo la negativa de la dueña,
mujer añosa hija de la dueña original quien había edificado la
construcción a principios del siglo viente. Su familia era un
matriarcado de mujeres longevas que sólo se casaban para perpetuar
los genes; para ellas el apellido era intrascendente, lo que
importaba es que la sangre siguiera viva en el planeta la mayor
cantidad de tiempo posible. El problema era que la dueña de la casa
había tenido sólo hijos hombres, y ellos ya le habían manifestado
la decisión de vender la casa en cuanto ella falleciera. El legado
del matriarcado pendía de un hilo, y a su edad ya no había nada que
hacer.
La
nonagenaria anciana veía revistas de moda en una tablet, regalo de
una de sus nietas; pese a la edad, la mujer se mantenía lo más al
día que podía respecto de la tecnología, lo que aprovechaba para
mantener contacto con familiares lejanos. Ese mediodía recibió un
extraño correo de una prima del sur; al abrirlo, se encontró con la
desagradable sorpresa que una de sus sobrinas bisnietas estaba con
una leucemia aguda, y su madre estaba buscando familiares compatibles
para hacer un transplante de células madre para recuperar a su hija.
La anciana envió por si acaso sus datos, y a los pocos minutos
recibió un correo para presentarse en una clínica de su ciudad para
hacerse el estudio y determinar si era una donante potencial. La
mujer acudió a la clínica, se hizo el estudio, y a los ocho días
recibió la confirmación: era compatible. La anciana, sin decir
nada, compró un pasaje de avión y viajó a la ciudad donde vivían
su sobrina nieta y su sobrina bisnieta.
Al
llegar a la clínica se encontró con sus familiares quienes
agradecieron el gesto pero declinaron el ofrecimiento debido a la
edad de la mujer; en ese momento apareció el médico tratante a
avisarles que la niña estaba en crisis, y que si no se hacía el
transplante en menos de dos días ya no habría vuelta. La anciana le
preguntó directamente al médico si ella podía ser la donante: el
profesional le dijo que en otras circunstancias buscaría otras
opciones, pero dada la premura del tiempo él aceptaba hacer el
procedimiento. Su familia se negó rotundamente, pero ella y el
médico los convencieron de la necesidad de actuar rápido; la
anciana sin dudar les dijo que ella ya había vivido demasiado, y que
no le importaba si le pasaba algo con tal de salvar a la pequeña.
Los padres agradecieron y llevaron a la anciana a ver a su sobrina
bisnieta antes del procedimiento. Al ver a la muchacha, la anciana
comprendió lo acertado de su decisión.
Dos
horas después del implante la muchacha despertó, se sentó en la
cama y lo primero que hizo luego de abrazar a sus padres fue pedir un
espejo. La muchacha se miró, y recordó cuando tenía la edad de la
muchacha, más de ochenta años atrás. Con la médula, también se
había transplantado el alma de la anciana al cuerpo de la menor,
quien era idéntica a la añosa mujer a la misma edad: ahora tendría
la oportunidad de revivir al matriarcado. Mientras tanto el alma de
la niña subía al más allá, a empezar el descanso que tanto
anhelaba. En otra habitación, el cuerpo de la anciana daba sus
últimas señales de vida, ya sin alma.