Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

domingo, octubre 25, 2026

Capital: ira

El joven peleador venía de vuelta de una pelea clandestina de la cual salió casi igual que como llegó. Con un metro noventa de estatura y ciento diez kilos de puro músculo, entendía que el único modo de sobrevivir en el mundo era por las malas. Desde chico lo metieron a un gimnasio pues su padre no quería un hijo débil, por lo que lo educó en que había dos formas de conseguir las cosas: por las malas, o por las peores. Toda su vida había vivido atropellando al resto, pasando por encima de los demás, imponiendo su talla, su peso y su entrenamiento. Nada le importaba, nada ni nadie lo detenía, y sabía fehacientemente que nadie podría jamás hacerle el peso.

Esa tarde antes de ir al gimnasio decidió ir a comprar al supermercado un par de cosas que le faltaban para su estricto régimen. Como ya era costumbre entró al lugar empujando a medio mundo, mirando mal a quien se le cruzara y amenazando a quien lo mirara por más de cinco segundos. La ira era el pilar fundamental de su existencia, no sabía no tener rabia contra todo y contra todos. Luego de elegir lo que necesitaba eligió una caja, y se metió a la fuerza delante de todos los que estaban en la fila; desde un rincón lo miraban los guardias, quienes en una ocasión intentaron detenerlo, terminando todos ese día internados en un servicio de urgencias. Una de las guardias más jóvenes rogaba por que algo o alguien detuviera a ese tipo. Cuando el hombre iba a poner sus cosas en la caja, sintió un empujón en su cadera: al mirar hacia abajo, se largó a reir de lo que sus ojos estaban viendo.

Una anciana de más de setenta años estaba en la fila detrás del primer comprador. Cundo el peleador se metió, ella simplemente pasó por debajo de él y puso sus cosas por delante. El enorme hombre la vio, e inmediatamente intentó tomarle el hombro para sacarla: en ese momento la anciana le metió un dedo a la boca del estómago, provocándole un dolor indescriptible que casi lo hizo caer. La anciana tranquilamente le pasó sus cosas a la cajera; el hombre se descontroló, y tomó a la anciana por el cuello para lanzarla por los aires; la mujer pasó su mano por el brazo del hombre, provocándole nuevamente un dolor enorme. En ese momento un hombre pequeño y enjuto de piel rojiza que estaba en la fila se largó a reir y a hacer mofa del peleador; cuando el resto de los clientes lo miraron, expresiones de espanto llenaron sus rostros.

El hombre no entendía qué pasaba. La pequeña mujer lo había tocado un par de veces provocándole dolores que no había sentido en toda su existencia. El hombre se intentó abalanzar sobre la mujer quien pasó sus manos por sus piernas y su abdomen, derribándolo con solo tocarlo. En ese momento el hombre miró las manos de la mujer: en cada una llevaba una navaja bien afilada y completamente ensangrentada. La mujer era madre de un famoso delincuente buscado en todo el continente, y ella había sido quien lo había entrenado para matar. La mujer sin piedad se acercó al hombre arrodillado, y pasó ambas navajas por los dos lados de su cuello. El alma del hombre se desprendió del cuerpo en cuanto murió, y vio su cadáver ensangrentado en el piso del supermercado, mientras todos los clientes huían con pavor. Al lado de su cuerpo quedó la anciana, limpiando sus navajas; alrededor de su cuerpo se veía una inquietante sombra negra. Al lado del alma del iracundo hombre, estaba de pie el hombre enjuto de piel rojiza, anotando algo en una pequeña libreta de mano; el aura alrededor del hombre enjutó se veía mil veces más oscura que el de la anciana asesina.

domingo, octubre 18, 2026

Capital: pereza

La dueña de casa estaba sentada frente a la cocina mirándola sin hacer nada. A las once de la mañana no había hecho nada para el almuerzo, y su marido llegaría a las doce y media a almorzar antes de la jornada laboral de la tarde. El resto de la casa estaba hecho un desastre: las camas sin estirar, el piso sin barrer, los muebles sin limpiar, los basureros llenos de basura, la tina con restos de jabón y champú. La vida parecía estar pasando por encima de la mujer, y nada le importaba pues cada día al legar sus hijos a la tarde se encargaban de ordenar el desorden que ella se negaba a arreglar.

La mujer estaba vestida con ropa rota y sucia, pues no le gustaba lavar ni coser; de hecho lo único que le gustaba era estar sentada haciendo nada, esperando a que la vida se hiciera cargo de sus deberes. La pereza parecía ser el norte de su existencia, y le daba lo mismo lo que el resto de la gente pensara de ello.

Cerca de su departamento había una gran copa de agua que alimentaba del vital elemento a varias viviendas del lugar. Cerca de las doce se escuchó un gran estruendo: un camión betonero lleno de cemento impactó la base de la copa derribándola, y provocando una pequeña inundación local. Los vecinos empezaron a salir de sus casas y a dirigirse a lugares en mayor altura para evitar mojarse. La mujer se quedó sentada sin hacer nada, mientras el agua empezaba a entrar a su departamento; al notar que sus tobillos empezaban a mojarse, hizo el intento de ponerse de pie pero resbaló y cayó de espaldas al piso.

El agua entraba cada vez con más fuerza, la mujer sentía que ya estaba superando la altura de sus orejas y se empezaba a acercar peligrosamente a su rostro. La mujer sentía que debía enderezarse, pero no tenía ganas de hacerlo, esperando a que alguien la rescatara. En ese momento entró a la cocina un bote de goma amarillo que se veía ridículo en el lugar; en él iba un hombre muy delgado vestido con traje de agua con un pequeño remo. El hombre estiró la mano para tomar la de la mujer, pero la dejó a diez centímetros por sobre la de ella; la mujer intentó levantar la mano para tomar la del ridículo hombre en el bote, pero no le dieron ganas. El agua siguió subiendo, hasta tapar la nariz de la mujer.

A las doce y media llegó el marido de la mujer a almorzar. Al llegar encontró en el comedor el cadáver de su esposa de espaldas al suelo ahogada al no querer pararse. A su lado el alma de su esposa lo miraba con una tristeza enorme al darse cuenta del resultado de su pereza. Junto a ellos el delgado hombre del bote tachaba en una libreta algo de una lista. Pese a ser un alma desencarnada, sus tobillos echaban vapor al contacto con el agua con su roja piel.

domingo, octubre 11, 2026

Capital: gula

 Hoy se inicia una serie de ocho cuentos acerca de los siete pecados capitales. Ojalá les guste.


Capital: gula

El obrero estaba almorzando una enorme hamburguesa con todo lo disponible en el restaurante donde la ordenó. Esa era su segunda hamburguesa del almuerzo, y todavía le quedaba otra en la lonchera. El hombre era extremadamente obeso pero ello no le preocupaba: sus abuelos y sus padres también lo habían sido, y todos habían muerto infartados antes de los sesenta años, por lo que estaba seguro que ese sería su destino. El hombre amaba comer, no tenía otro pasatiempo que la comida, y se encargaba que su vida girara en torno a su pasatiempo. Lo único que hizo distinto a su familia fue no casarse ni tener hijos, pues no quería dejar huérfanos ni viuda, y tampoco quería que otras bocas en la casa le disputaran la comida.

A la salida del trabajo el hombre se fue caminando lentamente, a las seis y diez de la tarde pasó por un local de comida al paso y ordenó una chorrillana para cuatro personas más una cerveza de a litro para tomar onces. El resto de los comensales lo miraban con admiración, e inclusive un par de señoras lo miraron con asco y se fueron del local sin pedir nada. El hombre comía tranquilamente mirando su entorno: de pronto uno de los comensales llamó su atención. Era un hombre muy delgado, casi enjuto, de edad indeterminable, comiendo lo mismo que él. El obrero tomó su plato y su cerveza, y se sentó en la misma mesa que el delgado comensal que ni siquiera hizo un aspaviento al recibir un acompañante en su comida de esa hora.

Los dos hombres comían sin hablar. El hombre enjuto terminó su chorrillana y pidió otra igual; el obrero quedó estupefacto al ver cómo esa piltrafa de no más de cincuenta kilos de peso podía engullir ese enorme plato sin siquiera parar para respirar. El obeso terminó su chorrillana y pidió otra: su orgullo estaba herido, y no iba a permitir que nadie que pesara menos que él comiera más.

Once de la noche. El enjuto estaba terminando su quinta chorrillana y el obrero a duras penas estaba a la mitad del cuarto plato. El obeso trabajador estaba respirando con dificultad y viendo borroso; la cabeza le pesaba como si llevara un saco de cemento sobre ella. De pronto su vista se nubló, y empezó a ver todo rojo: su comida, sus manos, el hombre enjuto, los clientes y personal de servicio del local. De pronto un salvaje apretón invadió su cuerpo, cayendo al suelo inconsciente. Un momento después el hombre se vio de pie, parado al lado de su cuerpo inerte mientras el resto de los comensales se acercaban a ver qué le había pasado. El obrero entendió que la gula le había pasado la cuenta, y que había muerto como toda su familia. A su lado estaba de pie el hombre enjuto, con una libreta tachando algo. Todo había vuelto a sus colores originales, menos el delgado acompañante, que permanecía de color rojo, sonriendo socarronamente mientras lo miraba de reojo.


domingo, octubre 04, 2026

Matriarcado

La luz del sol entraba furiosa por la ventana esa mañana. El transparente vidrio dejaba pasar sin reparos la luz del astro rey calentando el dormitorio de la vieja casa instalada al medio de dos edificios de veinte pisos. Por cerca de diez años las constructoras habían intentado comprar la casa recibiendo la negativa de la dueña, mujer añosa hija de la dueña original quien había edificado la construcción a principios del siglo viente. Su familia era un matriarcado de mujeres longevas que sólo se casaban para perpetuar los genes; para ellas el apellido era intrascendente, lo que importaba es que la sangre siguiera viva en el planeta la mayor cantidad de tiempo posible. El problema era que la dueña de la casa había tenido sólo hijos hombres, y ellos ya le habían manifestado la decisión de vender la casa en cuanto ella falleciera. El legado del matriarcado pendía de un hilo, y a su edad ya no había nada que hacer.

La nonagenaria anciana veía revistas de moda en una tablet, regalo de una de sus nietas; pese a la edad, la mujer se mantenía lo más al día que podía respecto de la tecnología, lo que aprovechaba para mantener contacto con familiares lejanos. Ese mediodía recibió un extraño correo de una prima del sur; al abrirlo, se encontró con la desagradable sorpresa que una de sus sobrinas bisnietas estaba con una leucemia aguda, y su madre estaba buscando familiares compatibles para hacer un transplante de células madre para recuperar a su hija. La anciana envió por si acaso sus datos, y a los pocos minutos recibió un correo para presentarse en una clínica de su ciudad para hacerse el estudio y determinar si era una donante potencial. La mujer acudió a la clínica, se hizo el estudio, y a los ocho días recibió la confirmación: era compatible. La anciana, sin decir nada, compró un pasaje de avión y viajó a la ciudad donde vivían su sobrina nieta y su sobrina bisnieta.

Al llegar a la clínica se encontró con sus familiares quienes agradecieron el gesto pero declinaron el ofrecimiento debido a la edad de la mujer; en ese momento apareció el médico tratante a avisarles que la niña estaba en crisis, y que si no se hacía el transplante en menos de dos días ya no habría vuelta. La anciana le preguntó directamente al médico si ella podía ser la donante: el profesional le dijo que en otras circunstancias buscaría otras opciones, pero dada la premura del tiempo él aceptaba hacer el procedimiento. Su familia se negó rotundamente, pero ella y el médico los convencieron de la necesidad de actuar rápido; la anciana sin dudar les dijo que ella ya había vivido demasiado, y que no le importaba si le pasaba algo con tal de salvar a la pequeña. Los padres agradecieron y llevaron a la anciana a ver a su sobrina bisnieta antes del procedimiento. Al ver a la muchacha, la anciana comprendió lo acertado de su decisión.

Dos horas después del implante la muchacha despertó, se sentó en la cama y lo primero que hizo luego de abrazar a sus padres fue pedir un espejo. La muchacha se miró, y recordó cuando tenía la edad de la muchacha, más de ochenta años atrás. Con la médula, también se había transplantado el alma de la anciana al cuerpo de la menor, quien era idéntica a la añosa mujer a la misma edad: ahora tendría la oportunidad de revivir al matriarcado. Mientras tanto el alma de la niña subía al más allá, a empezar el descanso que tanto anhelaba. En otra habitación, el cuerpo de la anciana daba sus últimas señales de vida, ya sin alma.

domingo, septiembre 27, 2026

Sombras

El hombre veía sombras. A sus sesenta años nunca había ido a un oculista, y sus amigos le decían que ya era hora de usar lentes para dejar de ver cosas inexistentes, y que había que asumir la edad. El hombre se había dado cuenta que muchas veces veía sombras a la distancia y que al acercarse eran otra cosa. Una vez creyó ver cuatro personas delgadas y diminutas, y al llegar al lugar era una mesa que había sido dejada dada vuelta en un pasillo. Al parecer había que hacerle caso a los amigos y empezar a usar anteojos lo antes posible. Esa tarde se metió a internet y consiguió hora para oculista para la semana siguiente.

Esa semana le tocó hacer horas extra con varios compañeros de trabajo. El edificio donde trabajaban tenía pasillos muy largos y mal iluminados, por lo que los desplazamientos tomaban un tiempo más largo de lo habitual al haber poca luz natural. A las nueve de la noche el equipo de trabajo debió desplazarse a la otra ala del edificio, por lo que debían caminar el equivalente a tres cuadras por los pasillos. El hombre iba adelante del grupo, y todos bromeaban con lo que verían en la caminata. El hombre vio a lo lejos una forma alargada y alta; luego de pensarlo un poco entendió que se trataba de un escobillón dejado en el lugar por el personal de aseo, por lo que siguió caminando. De pronto dejó de escuchar las voces de sus compañeros; el hombre se detuvo, volteó, y vio a sus compañeros paralizados.

El hombre no entendía nada. A la distancia los escobillones parecían un hombre alto y delgado, pero era obvio que no eran más que escobillones. Sin embargo sus compañeros también veían la imagen distorsionada que él veía; en ese instante el hombre se largó a reir, y entendió que sus compañeros le estaban jugando una broma. El hombre puso cara de miedo, subió sus manos en señal de burla y siguió caminando hacia la sombra; al llegar al lugar donde debían estar los escobillones, palideció.

Once de la noche. El equipo policial y el fiscal de turno examinaban el sitio del suceso. En el suelo y las paredes estaban desparramados los restos destrozados del hombre; su cabeza estaba a cuatro metros del resto de las partes de su cuerpo. La gente del servicio forense miraban la escena y trataban de entender cómo recogerían los restos en las condiciones en que habían quedado. El asistente del fiscal mientras tanto examinaba las grabaciones de las cámaras de seguridad: en ellas se veía a ese extraño ser de tres metros de alto de largas extremidades y enormes garras en medio del pasillo. Delante de él se veía avanzando a la víctima sonriendo, cayendo sin resistencia a las garras de la bestia. El asistente de fiscal no lograba entender por qué el hombre nunca detuvo su marcha.

domingo, septiembre 20, 2026

Angustia

El hombre miraba con desdén la pantalla de su computador. El sistema de su trabajo llevaba ya tres días caído, por lo que no había podido avanzar nada con las compras que tenía que documentar, llevando a un déficit de insumos generalizado en las sucursales de su empresa; pese a que ello era sabido por su jefatura y que nadie lo estaba presionando ni cuestionando por el problema, él se sentía responsable por no poder cumplir aquello para lo que había sido contratado. Al empezar la tercera jornada sin sistema, su ánimo se fue al suelo.

El Whatsapp del teléfono del hombre no dejaba de sonar; decenas de mensajes de las sucursales llenaban su pantalla, sus oídos y su cerebro. Cerca de las diez de la mañana, y por un asunto de salud mental silenció todos los mensajes, pues nada podía hacer para solucionarlo y la angustia aumentaba a cada segundo. A las once de la mañana el teléfono fijo de su oficina empezó a sonar: al no obtener respuestas por el Whatsapp decidieron empezar a llamarlo para exigir soluciones. El hombre empezó a contestar las llamadas explicando el problema y ofreciendo una solución temporal de contacto con los proveedores; a la décima llamada las fuerzas se le acabaron, dejó de contestar, y en un acto de desesperación se acercó a la ventana más cercana a su escritorio y se lanzó al vacío. Cinco segundos más tarde su cuerpo explotaba contra el pavimento acabando con su vida.

El alma del hombre veía su cuerpo deformado contra el pavimento mientras gritos de horror de los transeúntes inundaban el lugar. Cinco minutos más tarde empezaron a escucharse a lo lejos sirenas de vehículos de emergencia, que tal vez iban a ver lo que le había pasado. De pronto el hombre giró su cabeza, y se dio cuenta que de pie a su lado otra alma estaba de pie mirando la situación. En ese momento el alma empezó a recriminarle la decisión que había tomado, y lo llevó al piso desde el que había saltado para que viera lo que había provocado.

Al llegar al lugar la escena era terrible. Las compañeras lloraban todas a mares, los compañeros no entendían la decisión y se recriminaban entre ellos. Al fondo del lugar su jefe estaba con los ojos llorosos culpándose por no haberlo apoyado adecuadamente, y buscando en el teléfono que aún estaba en el escritorio el número de su esposa para avisarle lo que había pasado. El hombre recién empezaba a entender el trasfondo de su decisión, y la angustia invadió violentamente su alma; el hombre miró al alma que lo había enfrentado con su realidad y le pidió una segunda oportunidad. El alma asintió.

El hombre despertó justo antes de saltar, miró la ventana y se alejó de ella; de pronto tropezó, cayo con fuerza de espaldas, y sin darse cuenta se encontró nuevamente cayendo al vacío. El demonio había cumplido su objetivo, que no era darle una nueva oportunidad sino traspasar la angustia del cuerpo al alma del pobre desgraciado, para que la sufriera por toda la eternidad, o hasta que alguna entidad del bien se dignara levantarle el castigo.

domingo, septiembre 13, 2026

Bostezo

La añosa mujer se levantó cansada esa mañana, como ya le estaba pasando hacía cerca de tres meses. De un día para otro empezó a cansarse cada vez más, y a bostezar muchas veces todos los días; de hecho ya sus conocidos le preguntaban acerca de su descanso, pues bostezaba demasiado, casi a cada instante. La mujer dormía casi nueve horas al día, y pese a ello no dejaba de bostezar. La mujer no sabía qué pensar y no quería ir al médico, pues la última vez que consultó le encontraron un cáncer y estuvo en un eterno y doloroso tratamiento de tres años para erradicarlo de su cuerpo., lo que la dejó temerosa de consultar desde que la dieron de alta.

La mujer salió de su casa camino al trabajo a la misma hora de siempre. Para llegar a la empresa en que se desempeñaba como operaria, debía tomar tres buses, pues vivía bastante lejos de donde trabajaba. Esa mañana había un exceso de escolares en el bus, pues se habían acabado las vacaciones de invierno y debían volver a clases. A la mujer le cedieron el asiento por lo que pudo iniciar la primera parte del trayecto bastante cómoda; sin embargo los bostezos no paraban. De pronto la mujer se fijó en una escolar que la miraba fijamente, como si sus bostezos la incomodaran. La mujer prefirió simplemente ignorar a la muchacha y mirar el paisaje urbano mientras se acercaba a paradero para hacer el primer transbordo al segundo bus. Al llegar al paradero la mujer se bajó; al pararse en la plataforma de espera de buses, se fijó que la escolar también se había bajado, y la miraba fijamente cada vez que bostezaba.

La mujer se acercó a la escolar, molesta. Antes que pudiera decir nada, la niña le preguntó desde cuándo estaba bostezando tanto, y si le había pasado algo justo antes que ello empezara. La mujer quedó paralizada, le contó a la escolar que el problema llevaba seis meses y que una semana antes de empezar había peleado con su hermana menor por la herencia de sus padres, recientemente fallecidos. La niña le pidió que la acompañara a una cuadra del paradero, que ella le podría solucionar el problema. La mujer vio la hora, y al darse cuenta que estaba adelantada, decidió acompañar a la escolar.

La mujer y la niña entraron a una calle sin salida. La escolar sacó un extraño collar y empezó a rezar en voz baja en un idioma desconocido para la mujer. De pronto le dieron ganas de bostezar nuevamente, pero en esta ocasión el bostezo duró casi un minuto. Con horror la mujer vio cómo una forma humana de gas salía por su boca en el bostezo. La joven medium le explicó a la mujer que su hermana había conseguido el alma de un muerto para hacerle daño, pero esa alma se negaba a dañarla, por lo que intentaba salir por el bostezo esos meses. La mujer miró a la escolar ya curada de su tormento, y le preguntó cuánto le debía; la muchacha la miró, y le pidió que le comprara sopaipillas en el puesto al lado del paradero.