Si entras a este blog es bajo tu absoluta responsabilidad. Nadie asegura que salgas vivo... o entero. Si imaginaste que aquellas pesadillas interminables que sufrí­as de niño cuando te daba fiebre eran horrorosas, prepárate para conocer una nueva dimensión de la palabra HORROR...

domingo, agosto 23, 2026

Paloma

La secretaria miraba desencajada el primer mail de la bandeja de entrada en su computador. La noche anterior había salido con su jefe a cenar y había terminado la noche en un motel de mala muerte a las afueras de la ciudad; la cena había sido escuálida y de mala calidad, y el sexo peor aún. Su jefe la dejó a medio camino por lo que tuvo que tomar un taxi a su domicilio que le salió carísimo, llegando sólo a bañarse y acostarse. Ahora, a las nueve de la mañana, se encontraba leyendo un mail donde la desvinculaban de la empresa, y con instrucciones de sacar sus pertenencias de la oficina y dirigirse a recursos humanos a buscar su cheque de indemnización. La mujer se dirigió furibunda a la oficina de su jefe, la cual estaba con la puerta entreabierta; en el escritorio no estaba sentado su jefe sino una mujer añosa a quienes todos trataban con pleitesía. La secretaria entendió de inmediato que su jefe no era el jefe, sino un subalterno de su esposa. La mujer se dirigió a su oficina con una bolsa a sacar sus cosas, para luego bajar a recursos humanos a buscar su cheque.

Once de la mañana. La mujer estaba sentada en una plaza comiéndose un cambucho de papas fritas. Las palomas se acercaban a ella esperando a las papas que cayeran al suelo para peleárselas y poder comer. Las aves, consideradas casi una plaga, eran de todos colores, y casi todas ellas tenían una pata destruida. Para la mujer no eran una molestia, de hecho en ese momento eran su única compañía. La mujer sacó la papa más larga del cambucho, la partió en trozos, y se los empezó a lanzar a las palomas quienes disfrutaban ese momento de generosidad de la humana. De pronto la mujer se dio cuenta que una de las palomas estaba parada girando sobre su eje sin motivo aparente.

La secretaria llevaba ya diez minutos mirando la paloma girar sin causa aparente. De pronto escuchó tras ella un cascabel: al girar de vuelta vio que la paloma había desaparecido. En ese momento apareció una mujer exuberante vestida de rojo bailando sin música frente a ella; la mujer no entendía mucho por qué esa mujer estaba bailando vestida así. Luego vio que otra paloma empezó a girar, que a los minutos escuchó un cascabel, y que la paloma era reemplazada por una mujer que bailaba a la par de aquellas que se unían a la mujer de rojo.

Doce del día. En el cambucho no quedaban papas fritas. Frente a ella no quedaban palomas. Cerca de quince mujeres, todas exuberantes y todas con vestidos reveladores bailaban frente a ella al son de la mujer de rojo. De pronto una anciana morena vestida de blanco y con una especie de turbante cubriendo su cabeza se sentó al lado de ella y le preguntó qué miraba tanto, si no había nada en la calle. La secretaria la miró extrañada y le contó lo que ella veía. La anciana sonrió, sacó un papel, escribió las palabras Pomba Gira (paloma que gira en portugués), y le dijo a la mujer que lo buscara en su teléfono. Mientras la mujer buscaba las palabras en su teléfono y empezaba a conocer de las religiones afro brasileñas y su relación con la femineidad, la Mae de Santo de umbanda seguía su camino de difusión guiada por exús y pombagiras.

domingo, agosto 16, 2026

Arcoiris

El cielo estaba amenazante esa mañana. El pronóstico del tiempo había anunciado lluvias abundantes para los siguientes tres días, por lo que la ciudad, habituada a las inundaciones, estaba en alerta máxima. El barrendero miraba las plazas que tenía asignadas esa semana, a sabiendas que la lluvia arrastraría hojas y taparía desagües, lo cual le deparaba un arduo trabajo para los días posteriores; sin embargo le encantaba su trabajo, y también le encantaba la lluvia, por lo que lo pasaría bien trabajando esos días.

A media mañana la lluvia empezó a caer, tímidamente en un principio, y con más fuerza cada vez. A mediodía la lluvia era tal que apenas permitía ver a dos metros de distancia. El barrendero disfrutaba ver la lluvia caer, pero escuchaba por las noticias que toda la ciudad estaba inundada. De pronto empezaron a llegar informaciones del resto del país, y en todas partes parecía estar lloviendo a raudales. A la media hora los reportes de países vecinos hablaban de las mismas lluvias; cinco minutos más tarde las cadenas de noticias internacionales hablaban de lluvias imparables en todo el planeta.

Dos de la tarde. El agua ya llagaba a un metro de altura en toda la ciudad. Todos los desagües estaban colapsados, y el agua subía y subía sin parar; las mascotas y los animales callejeros eran los que más sufrían con la situación, por lo que sendas campañas de rescate se activaron por todos lados. Mientras tanto el barrendero veía que la situación empeoraba a cada segundo, y en su mente una preocupación empezaba a aflorar.

Cuatro de la tarde. El agua estaba sobrepasando el metro y medio sobre la calle, y parecía seguir subiendo sin parar. La gente de menor estatura estaba empezando a correr riesgo de lesiones mayores y la autoridad había decretado toque de queda para mantener vacías las calles y permitir un mejor desempeño de los equipos de emergencia. El barrendero estaba en uno de dichos equipos, por lo que seguía viendo el agua subir.

Cinco de la tarde. El agua superaba los dos metros. Las casas estaban tapadas de agua y ya había fallecidos por inmersión. Los equipos de emergencia no daban abasto y la lluvia parecía no ceder; el barrendero, al igual que sus compañeros miraban al cielo esperando una solución, una explicación, o al menos una señal.

Seis y media de la tarde. La lluvia había empeorado, el agua superaba los cuatro metros en todo el planeta. Las grandes embarcaciones navegaban en medio de las ciudades, y ya la cantidad de muertos era incontable. El barrendero iba en un bote con motor tratando de rescatar a quienes supieran nadar o al menos flotar. De pronto en el horizonte se dejó ver un gran arcoiris, sin que por ello la lluvia amainara. Los equipos de rescate miraban con ilusión el arcoiris, recordando historias religiosas. Mientras tanto en el más allá, al que algunos llaman el cielo, el demiurgo había perdido la vista, por lo que no podía ver la señal de aquel pacto que había sellado con su pueblo milenios atrás. La lluvia nunca paró de caer.

domingo, agosto 09, 2026

Trabajo

El hombre miraba el suelo, desganado. La jornada laboral estaba bastante pesada, y los problemas familiares no lo dejaban concentrarse adecuadamente. Su esposa estaba cursando una depresión terrible que la había llevado a intentar suicidarse en varias ocasiones, su hija mayor estaba metida en el consumo de drogas hacía ya medio año, y su hija menor había quedado embarazada hacía tres meses. La vida estaba complicada, y su trabajo le exigía estar concentrado al cien por ciento para no cometer errores.

El hombre estaba hablando con su jefe respecto de su siguiente cliente. El hombre tenía la mente puesta en su esposa para que no intentara nuevamente suicidarse, pues sabía que su hija mayor no era capaz de cuidarla mientras estuviera consumiendo la porquería que fuera que consumía; al principio de la historia de su hija sabía perfectamente lo que se metía en el cuerpo, pero con el paso de los meses empezó a probar más y más cosas hasta que todo se descontroló y simplemente se rindió ante la adicción de su primogénita. Mientras tanto su hija de dieciséis años cursaba un embarazo complicado de padre desconocido, pues durante una semana se acostó con todos los compañeros de su curso: lo único que tenía tranquilo al hombre era que no había evidencias de enfermedades de transmisión sexual, pero su hija debía pasar la mayor parte del día en reposo. De pronto escuchó a su jefe decirle que lo había violado un extraterrestre: el hombre abrió unos ojos enormes, y su jefe entendió que recién lo estaba escuchando al darse cuenta de la estupidez que le dijo. El hombre volvió a bajar la cabeza al sentirse descubierto con ese viejo truco, y ahora sí le tomó atención a su jefe.

A la mañana siguiente el hombre llegó muy temprano, se cambió de ropa y se dirigió de inmediato a preparar todo. Entró a la habitación donde lo esperaban cinco personas. El hombre no saludó, se dirigió donde el hombre que ya lo esperaba con ambos brazos descubiertos, colocó en ambos vías venosas y luego lo acompañó con las otras cuatro personas a la habitación contigua, donde conectó las vías a dos bajadas de suero, para luego salir de esa habitación y entrar a la contigua donde había una consola de control. A través del vidrio vio a un hombre decirle cosas al que estaba amarrado a la camilla; éste respondió algo, y luego otro de los hombres miró hacia el vidrio y le hizo una seña. El hombre apretó el botón que descargaba el barbitúrico a la sangre para dormir a la persona, luego el segundo botón que descargaba el paralizante del diafragma y del corazón para acabar con su vida. Terminada la ejecución del condenado a muerte, el médico constató el deceso, luego de lo cual entraron dos personas encargadas de meter el cuerpo a un cajón y entregarlo a la familia. A veces el verdugo pensaba que los problemas de su familia eran un castigo por el trabajo que hacía, pero luego pensaba en la inexistencia del más allá y de los castigos de alguna deidad, para no volverse loco.

domingo, agosto 02, 2026

Trote

La mujer trotaba tranquila esa madrugada antes de ir al trabajo. Desde hacía ya treinta años que salía a trotar todas las mañanas a las cinco de la mañana, para llegar a su casa a las seis a bañarse e irse al trabajo. Todas sus compañeras en la oficina le decían que estaba loca para madrugar sólo para ir a trotar, pero a su vez envidiaban su figura pues luego de tres embarazos seguía viéndose con un cuerpo de mujer joven, soltera y sin hijos. El trote le servía, además de mantener una buena calidad de vida en lo físico, para liberar tensiones y mantener su mente y su alma en paz.

La mujer trotaba todas las mañanas diez kilómetros; según su reloj inteligente y su teléfono, ya iba en el kilómetro siete, por lo que le quedaban cerca de dieciocho minutos para llegar a bañarse. De pronto al doblar una esquina vio a alguien trotando tras ella, vestido completamente de negro; la mujer se preocupó un poco pues ya conocía a todos quienes salían a correr a esa hora, y todos acostumbraban por seguridad a usar ropa de colores fosforescentes y con reflectantes. Sin embargo dos corredores que ella conocía la adelantaron y como no le dijeron nada, se quedó tranquila.

Ocho kilómetros marcaba el reloj. La mujer seguía trotando a tranco firme por el recorrido de costumbre, y cada cierto tiempo miraba hacia atrás y seguía viendo al corredor de negro tras ella, a la misma distancia de siempre. La mujer seguía nerviosa, pero sabía que no podía aumentar la velocidad pues las piernas no le darían para huir de su perseguidor. La mujer ya estaba empezando a entrar en pánico, por lo que tomó una decisión peligrosa, pero la única que en ese momento se le ocurrió: al llegar al kilómetro nueve, y justo antes de cruzar una avenida principal, la mujer se detuvo, se dio vuelta, y esperó al hombre de negro. En ese momento sintió cómo su alma casi abandonaba su cuerpo.

Al momento de detenerse el semáforo estaba en verde. Al darse vuelta para encarar a su perseguidor, un vehículo pasó a alta velocidad sin respetar la luz roja, y diez metros más allá quedó incrustado en una muralla sin siquiera intentar frenar. Ella, y los pocos transeúntes que había en la calle se acercaron al vehículo sólo para ver que el conductor estaba muerto, con una botella de whisky a medio vaciar en su mano derecha. La mujer se dio cuenta que si no se hubiera detenido para encarar al corredor de negro hubiera muerto atropellada por el conductor ebrio un par de segundos antes. La mujer volvió a darse vuelta, y vio al corredor acercarse al lugar; a cada metro que avanzaba su paso se hacía más lento, y su ropa deportiva se alargaba, hasta convertirse en una sotana negra que llegaba hasta el piso. Diez metros antes de llegar al lugar, una vara larga de madera apareció en su mano derecha, de cuyo extremo se hizo visible una larga y curva hoja de acero reluciente. Al llegar al lado de ella vio que su rostro era una calavera: al mirarla, sintió que los huesos de la cara de la Muerte le sonreían con complicidad.

domingo, julio 26, 2026

Futuro

El revólver Colt calibre .45 cargado encima de la mesa. Un pedazo de manga plástica adherido a la muralla con cinta de embalaje. Una alfombra de plástico en el piso. Paredes cubiertas de bandejas de huevo para aislar el ruido. Un parlante con música estridente. Todo estaba listo y perfectamente planificado, sólo bastaba encender el parlante, sentarse en la silla detrás de la manga plástica y sobre la alfombra de plástico, amartillar el revólver, colocar el cañón bajo el mentón y jalar el gatillo. La vida ya se había ensañado con el ejecutivo bancario, y había llegado la hora de resetearla por medio de una bala en su cerebro.

El ejecutivo llevaba una vida horrenda, odiaba su trabajo, odiaba trabajar con empresarios miradores en menos que siempre lo vapuleaban y lo acusaban con el gerente cuando no obtenían lo que querían. Odiaba a su jefe que lo reprendía frente a los clientes, mientras antes él había puesto las restricciones a los créditos que más tarde él mismo aprobaba contraviniendo sus propias instrucciones. Odiaba a sus compañeros de trabajo quienes también luchaban por quitarle sus clientes y avergonzarlo en público. Odiaba a su esposa, mujer arribista que compraba todas las marcas más caras en todo orden de cosas, para poder lucirlas ante sus amigas y desecharlas en menos de un semestre para volver a comprar cosas nuevas de otras marcas. Odiaba a sus hijos, que sólo s dedicaban a jugar juegos en línea descuidando sus estudios; de hecho odiaba hasta al perro, que cada vez que podía lo mordía y orinaba sus pantuflas.

El hombre jugaba con el revólver en su mano derecha. En ese momento se vino a su mente el momento en que su vida se fue al tacho de la basura: cuando tenía seis años, una niña muy odiosa lo acosaba permanentemente. En su casa el niño había aprendido que no debía reaccionar mal, y menos con las mujeres; sun embargo el nivel de acoso era tal que ya desbordaba sus límites. Un día cualquiera en un recreo la niña se acercó por detrás y lo tomó violentamente por el pelo empezando a tirarlo y a sacudir su cabeza generándole un dolor insoportable y una rabia sin comparación. El niño se dio vuelta, le dio una bofetada a la niña, y luego clavó un lápiz grafito en su ojo derecho. La niña perdió el ojo, el niño fue denunciado, internado un tiempo en un centro infantil, y luego empezó el peregrinar por decenas de psicólogos que daban distintos diagnósticos y soluciones que no cambiaban su visión de la vida. Al cumplir dieciocho años se fue de la casa, empezó a trabajar en lo que fuera hasta que logró hacer una carrera técnica para entrar de cajero a un banco. Conoció a otra cajera, la embarazó, se casó, y su vida empezó a caer al pozo en que se encontraba en ese momento. La salida era una, y estaba en su mano.

El hombre se sentó en la silla, decidido. Amartilló el arma, puso el cañón bajo su mentón y jaló el gatillo. La aguja del martillo golpeó el fulminante que encendió la pólvora, la cual explotó y lanzó el proyectil por el cañón para que hiciera el eterno recorrido de doce centímetros hacia su cabeza. En ese momento despertó en aquel segundo a los seis años, en que la niña odiosa tiraba de su pelo y su cabeza. El niño abofeteó a la niña, la tomó por el pelo y la llevó tirando donde estaba el inspector para acusarla. La vida le dio la oportunidad de cambiar su futuro, y no la perdería.

domingo, julio 19, 2026

Cigarrillo

El novelista se había levantado temprano esa mañana. La editorial lo estaba apurando con el último proyecto por lo que tenía que trabajar seria y rápidamente para entregar avances y demostrar que la publicación estaría en los plazos acordados. Esa mañana debería avanzar en la parte de ficción de la novela, pues a la tarde tendría que ir a una biblioteca pública a buscar antecedentes, pues en internet no estaba la información específica que necesitaba para darle el entorno de realidad que caracterizaba a sus libros. Luego de desayunar encendió el computador, se sirvió una taza de café muy cargado y encendió el primer cigarrillo de la mañana, esperando que las dos cajetillas compradas le alcanzaran para la jornada.

Dos minutos más tarde el escritor tomó el cigarrillo para darle la segunda aspirada; sin embargo, ya estaba consumido. El escritor miró con extrañeza lo poco que había durado, pues a veces los dejaba en el cenicero y se consumían solos, pero ello demoraba al menos diez minutos. Sin pensarlo mucho encendió el segundo, aspiró una vez y lo dejó en el cenicero; luego de terminar el párrafo que estaba escribiendo lo volvió a tomar, y nuevamente estaba consumido. El hombre miró su reloj: habían pasado tres minutos desde que lo encendió. El escritor estaba confundido, y necesitaba saber qué estaba pasando.

El hombre encendió el tercer cigarrillo, apenas lo aspiró para que encendiera bien y lo dejó en el cenicero, y se quedó mirándolo. El escritor vio con curiosidad que la zona encendida parecía tomar más color, como si alguien estuviera aspirando el cigarrillo, el cual se consumió en cuatro minutos. El hombre no entendía qué pasaba; repitió el ensayo con tres cigarrillos más, resultando exactamente lo mismo; de inmediato cerró el archivo de la novela, abrió el buscador de internet a ver qué encontraba. Dentro de las posibilidades aparecían fantasmas, fenómenos ambientales, pero una respuesta llamó su atención: entidades.

A media mañana el escritor no había avanzado nada de su proyecto, pero había descubierto una realidad desconocida para él: la existencia de cultos que se basaban en la presencia de entidades, almas desencarnadas que se comunicaban con los vivos por medios físicos llamados ofrendas, donde el tabaco llevaba la delantera dentro de lo más utilizado para comunicación. El escritor no entendía por qué le estaba pasando eso, cuando de pronto recordó que habia ido a ver a una tía abuela a un hogar de ancianos, y que antes de irse la señora le había pasado una estampita para protección. El hombre fue al closet, revisó el bolsillo de,la chaqueta, sacó la estampita y vio con horror un esqueleto con capucha negra y una guadaña en la mano.

A la mañana siguiente el escritor se volvió a levantar temprano. Terminado de desayunar encendió el computador, y puso dos ceniceros: uno para él y otro para la Santa Muerte, cuya estampita colocó en el escritorio acompañado de un vaso corto de tequila. Tanto el cigarrillo como el licor empezaron a consumirse a vista y paciencia del escritor. Ahora esperaba que sus dos cajetillas y las seis de la Santa le alcanzaran para su jornada de trabajo.

domingo, julio 12, 2026

Audífonos

El muchacho caminaba feliz por la calle. Hacía ya un mes que su madre le había regalado audífonos con cancelación de ruido, y desde ese momento su percepción de la realidad había cambiado por completo. El chico podía caminar por la calle sin escuchar en su real intensidad gritos, bocinazos, ruidos de motores; ahora todo sonaba atenuado y era la música lo que realmente llenaba su ambiente. El mundo se había convertido en un lugar un poco más feliz desde el día del regalo, y eso se lo agradecería por siempre a su progenitora.

El adolescente era centrado y cuidadoso con sus cosas, sabía que no podía usar los audífonos en clases, y para evitar molestias de sus compañeros y amigos simplemente no los usaba en el colegio. Así, su tranquilidad empezaba al salir de clases y duraba hasta que se acostaba; de todos modos, y por respeto a su madre, en casa usaba una cancelación parcial para no perder la comunicación en el hogar. Sin embargo su madre también respetaba sus espacios, por lo que no estaba todo el tiempo hablándole ni interrumpiendo su tiempo libre, lo que le daba la libertad al muchacho de disfrutar al máximo su adolescencia.

Esa tarde de viernes el muchacho había llegado temprano del colegio, tomó once con su madre y su hermano menor, jugó bastante rato con su perro, un mestizo que quiso ser pastor alemán pero no lo logró pese a su esfuerzo, luego de lo cual se fue al dormitorio. Antes de subir al segundo piso su madre le preguntó si no saldría esa tarde con amigos a jugar a alguna casa, a lo que el muchacho respondió que no, que esa noche jugarían en línea; la mujer no entendía mucho pero la dejó contenta el saber que esa noche su hijo no saldría, pues ella andaba con un extraño presentimiento. Una hora más tarde diez amigos estaban jugando en línea el juego de moda, todos con una botella de bebida y una bolsa de papas fritas visibles en pantalla. De pronto, y por encima de la cancelación de ruido de los audífonos, el muchacho escuchó algo, le avisó a sus compañeros de juego y salió de la habitación, dejando la puerta abierta y los audífonos con micrófono conectados. Uno de los muchachos escribió por el chat que guardaran silencio a ver qué pasaba, para luego molestar al adolescente.

Nueve muchachos escucharon pasos bajando la escalera. Nueve muchachos escucharon una voz de mujer quejándose y llamando al parecer al hermano del adolescente. Los mismos nueve muchachos escucharon el grito desgarrador de su amigo, luego de lo cual se dejó sentir un ruido sordo, un fuerte golpe en el piso, otro ruido sordo, y luego sonido de desconexión y reconexión de los audífonos. Un minuto después, y luego de escuchar de nuevo pasos en la escalera, una imagen abrió la puerta, vestido completo de negro y con un arma en la mano. Los adolescentes vieron cómo el tipo manipulaba el computador para conseguir todas las direcciones IP de los conectados. Antes de salir miró a la cámara, y pasó su dedo pulgar levantado por delante de su cuello.