Hoy se inicia una serie de ocho cuentos acerca de los siete pecados capitales. Ojalá les guste.
Capital:
gula
El
obrero estaba almorzando una enorme hamburguesa con todo lo
disponible en el restaurante donde la ordenó. Esa era su segunda
hamburguesa del almuerzo, y todavía le quedaba otra en la lonchera.
El hombre era extremadamente obeso pero ello no le preocupaba: sus
abuelos y sus padres también lo habían sido, y todos habían muerto
infartados antes de los sesenta años, por lo que estaba seguro que
ese sería su destino. El hombre amaba comer, no tenía otro
pasatiempo que la comida, y se encargaba que su vida girara en torno
a su pasatiempo. Lo único que hizo distinto a su familia fue no
casarse ni tener hijos, pues no quería dejar huérfanos ni viuda, y
tampoco quería que otras bocas en la casa le disputaran la comida.
A
la salida del trabajo el hombre se fue caminando lentamente, a las
seis y diez de la tarde pasó por un local de comida al paso y ordenó
una chorrillana para cuatro personas más una cerveza de a litro para
tomar onces. El resto de los comensales lo miraban con admiración, e
inclusive un par de señoras lo miraron con asco y se fueron del
local sin pedir nada. El hombre comía tranquilamente mirando su
entorno: de pronto uno de los comensales llamó su atención. Era un
hombre muy delgado, casi enjuto, de edad indeterminable, comiendo lo
mismo que él. El obrero tomó su plato y su cerveza, y se sentó en
la misma mesa que el delgado comensal que ni siquiera hizo un
aspaviento al recibir un acompañante en su comida de esa hora.
Los
dos hombres comían sin hablar. El hombre enjuto terminó su
chorrillana y pidió otra igual; el obrero quedó estupefacto al ver
cómo esa piltrafa de no más de cincuenta kilos de peso podía
engullir ese enorme plato sin siquiera parar para respirar. El obeso
terminó su chorrillana y pidió otra: su orgullo estaba herido, y no
iba a permitir que nadie que pesara menos que él comiera más.
Once
de la noche. El enjuto estaba terminando su quinta chorrillana y el
obrero a duras penas estaba a la mitad del cuarto plato. El obeso
trabajador estaba respirando con dificultad y viendo borroso; la
cabeza le pesaba como si llevara un saco de cemento sobre ella. De
pronto su vista se nubló, y empezó a ver todo rojo: su comida, sus
manos, el hombre enjuto, los clientes y personal de servicio del
local. De pronto un salvaje apretón invadió su cuerpo, cayendo al
suelo inconsciente. Un momento después el hombre se vio de pie,
parado al lado de su cuerpo inerte mientras el resto de los
comensales se acercaban a ver qué le había pasado. El obrero
entendió que la gula le había pasado la cuenta, y que había muerto
como toda su familia. A su lado estaba de pie el hombre enjuto, con
una libreta tachando algo. Todo había vuelto a sus colores
originales, menos el delgado acompañante, que permanecía de color
rojo, sonriendo socarronamente mientras lo miraba de reojo.