El
hombre revisaba los tarros de basura del complejo de edificios cerca
de las diez de la noche. El hombre trabajaba reciclando todo lo
reciclable, por lo que se preocupaba de revisar todos los desechos
existentes para recuperar lo reutilizable y ganar dinero con ello. De
vez en cuando encontraba algún mueble o enseres que llevaba a su
domicilio para darles una nueva vida. Esa noche entre las bolsas de
basura encontró una muñeca que parecía nueva, en excelentes
condiciones, limpia, metida en una bolsa muy bien cerrada. El único
motivo por el que podrían haberla botado era porque tenía tez de
color, pero eso probablemente no sería problema para su hija de
cinco años, quien aún no estaba contaminada con las creencias
estúpidas de muchos adultos. A la mañana siguiente, cuando su hija
llegó al comedor a desayunar encontró a la muñeca, a la cual
abrazó y no soltó ni para ir al colegio.
La
niña andaba con su muñeca morena para todos lados. La muñeca se
convirtió en su preferida, lo que duraría hasta que alguno de sus
padres le regalara algo que la deslumbrara más, pero por el momento
ella era el centro de su atención. La niña peinaba a la muñeca, le
ajustaba ropa de otras muñecas, le hablaba, la juntaba con sus otras
muñecas, y hacían verdaderos festines entre todas las compañeras
de juego de la niña. La vida de la niña era feliz, y esa muñeca
había amplificado esa felicidad.
Esa
tarde llegaron unas tías a tomar once a la casa. Las mujeres no eran
tías de verdad, sino amigas de su abuela materna. La niña como
siempre llevó a su muñeca consigo a la mesa: en cuanto llegó, la
tía más anciana palideció, tomó del brazo a su madre y se la
llevó a otra habitación. Cinco minutos más tarde la madre volvió
con mal semblante; la tía mayor le dijo algo al oído a la menor,
ambas se pusieron de pie y se fueron de la casa. La niña no
comprendía nada, pero siguió jugando con su muñeca. A la noche
cuando llegó su padre, su madre lo interrogó respecto de dónde
había sacado la muñeca, y le contó que la anciana le había dicho
que era demoníaca, y que debían quemarla en un cementerio, por lo
que pelearon y ella decidió pedirle que se fueran. El hombre apoyó
la decisión de la mujer, pues hasta ese entonces nada había pasado
en la casa.
A
la mañana siguiente su madre le dijo que no iría al colegio, que la
acompañaría a despedir a la tía que había ido a su casa el día
anterior. La niña como siempre llevó su muñeca; llegaron a un
lugar con mucha gente llorando frente a un gran cajón de madera. La
madre intentó explicarle a la niña qué era la muerte, y que ya no
vería más a esa tía. Mucha gente del velorio miró con odio a la
muñeca; mientras tanto el espíritu de Oyá, diosa de las tormentas
y del cementerio residente en la muñeca también los miraba, para
saber a quiénes debía eliminar para mantener protegida a su pequeña
dueña y a su familia directa.