La
mujer trotaba tranquila esa madrugada antes de ir al trabajo. Desde
hacía ya treinta años que salía a trotar todas las mañanas a las
cinco de la mañana, para llegar a su casa a las seis a bañarse e
irse al trabajo. Todas sus compañeras en la oficina le decían que
estaba loca para madrugar sólo para ir a trotar, pero a su vez
envidiaban su figura pues luego de tres embarazos seguía viéndose
con un cuerpo de mujer joven, soltera y sin hijos. El trote le
servía, además de mantener una buena calidad de vida en lo físico,
para liberar tensiones y mantener su mente y su alma en paz.
La
mujer trotaba todas las mañanas diez kilómetros; según su reloj
inteligente y su teléfono, ya iba en el kilómetro siete, por lo que
le quedaban cerca de dieciocho minutos para llegar a bañarse. De
pronto al doblar una esquina vio a alguien trotando tras ella,
vestido completamente de negro; la mujer se preocupó un poco pues ya
conocía a todos quienes salían a correr a esa hora, y todos
acostumbraban por seguridad a usar ropa de colores fosforescentes y
con reflectantes. Sin embargo dos corredores que ella conocía la
adelantaron y como no le dijeron nada, se quedó tranquila.
Ocho
kilómetros marcaba el reloj. La mujer seguía trotando a tranco
firme por el recorrido de costumbre, y cada cierto tiempo miraba
hacia atrás y seguía viendo al corredor de negro tras ella, a la
misma distancia de siempre. La mujer seguía nerviosa, pero sabía
que no podía aumentar la velocidad pues las piernas no le darían
para huir de su perseguidor. La mujer ya estaba empezando a entrar en
pánico, por lo que tomó una decisión peligrosa, pero la única que
en ese momento se le ocurrió: al llegar al kilómetro nueve, y justo
antes de cruzar una avenida principal, la mujer se detuvo, se dio
vuelta, y esperó al hombre de negro. En ese momento sintió cómo su
alma casi abandonaba su cuerpo.
Al
momento de detenerse el semáforo estaba en verde. Al darse vuelta
para encarar a su perseguidor, un vehículo pasó a alta velocidad
sin respetar la luz roja, y diez metros más allá quedó incrustado
en una muralla sin siquiera intentar frenar. Ella, y los pocos
transeúntes que había en la calle se acercaron al vehículo sólo
para ver que el conductor estaba muerto, con una botella de whisky a
medio vaciar en su mano derecha. La mujer se dio cuenta que si no se
hubiera detenido para encarar al corredor de negro hubiera muerto
atropellada por el conductor ebrio un par de segundos antes. La mujer
volvió a darse vuelta, y vio al corredor acercarse al lugar; a cada
metro que avanzaba su paso se hacía más lento, y su ropa deportiva
se alargaba, hasta convertirse en una sotana negra que llegaba hasta
el piso. Diez metros antes de llegar al lugar, una vara larga de
madera apareció en su mano derecha, de cuyo extremo se hizo visible
una larga y curva hoja de acero reluciente. Al llegar al lado de ella
vio que su rostro era una calavera: al mirarla, sintió que los
huesos de la cara de la Muerte le sonreían con complicidad.