El
hombre miraba con desdén la pantalla de su computador. El sistema de
su trabajo llevaba ya tres días caído, por lo que no había podido
avanzar nada con las compras que tenía que documentar, llevando a un
déficit de insumos generalizado en las sucursales de su empresa;
pese a que ello era sabido por su jefatura y que nadie lo estaba
presionando ni cuestionando por el problema, él se sentía
responsable por no poder cumplir aquello para lo que había sido
contratado. Al empezar la tercera jornada sin sistema, su ánimo se
fue al suelo.
El
Whatsapp del teléfono del hombre no dejaba de sonar; decenas de
mensajes de las sucursales llenaban su pantalla, sus oídos y su
cerebro. Cerca de las diez de la mañana, y por un asunto de salud
mental silenció todos los mensajes, pues nada podía hacer para
solucionarlo y la angustia aumentaba a cada segundo. A las once de la
mañana el teléfono fijo de su oficina empezó a sonar: al no
obtener respuestas por el Whatsapp decidieron empezar a llamarlo para
exigir soluciones. El hombre empezó a contestar las llamadas
explicando el problema y ofreciendo una solución temporal de
contacto con los proveedores; a la décima llamada las fuerzas se le
acabaron, dejó de contestar, y en un acto de desesperación se
acercó a la ventana más cercana a su escritorio y se lanzó al
vacío. Cinco segundos más tarde su cuerpo explotaba contra el
pavimento acabando con su vida.
El
alma del hombre veía su cuerpo deformado contra el pavimento
mientras gritos de horror de los transeúntes inundaban el lugar.
Cinco minutos más tarde empezaron a escucharse a lo lejos sirenas de
vehículos de emergencia, que tal vez iban a ver lo que le había
pasado. De pronto el hombre giró su cabeza, y se dio cuenta que de
pie a su lado otra alma estaba de pie mirando la situación. En ese
momento el alma empezó a recriminarle la decisión que había
tomado, y lo llevó al piso desde el que había saltado para que
viera lo que había provocado.
Al
llegar al lugar la escena era terrible. Las compañeras lloraban
todas a mares, los compañeros no entendían la decisión y se
recriminaban entre ellos. Al fondo del lugar su jefe estaba con los
ojos llorosos culpándose por no haberlo apoyado adecuadamente, y
buscando en el teléfono que aún estaba en el escritorio el número
de su esposa para avisarle lo que había pasado. El hombre recién
empezaba a entender el trasfondo de su decisión, y la angustia
invadió violentamente su alma; el hombre miró al alma que lo había
enfrentado con su realidad y le pidió una segunda oportunidad. El
alma asintió.
El
hombre despertó justo antes de saltar, miró la ventana y se alejó
de ella; de pronto tropezó, cayo con fuerza de espaldas, y sin darse
cuenta se encontró nuevamente cayendo al vacío. El demonio había
cumplido su objetivo, que no era darle una nueva oportunidad sino
traspasar la angustia del cuerpo al alma del pobre desgraciado, para
que la sufriera por toda la eternidad, o hasta que alguna entidad del
bien se dignara levantarle el castigo.