El
operador de la retroexcavadora removía tierra para hacer los
cimientos de lo que sería el mall más grande del país. Con una
inversión millonaria nunca antes vista en el continente, la
constructora estaba empezando los trabajos para terminar en el menor
plazo posible con la inauguración del centro comercial que le
cambiaría la cara a la comuna y a la ciudad, y se convertiría en un
gran foco de comercio local. El terreno ya había sido inspeccionado
por arqueólogos para no encontrarse con sorpresas a destiempo,
determinando que el lugar había sido siglos atrás una iglesia y un
convento, pero que los restos del cementerio habían sido trasladados
cuando el lugar dejó de ocuparse por los religiosos. La iglesia fue
desacralizada en su momento, y en ese instante el operador ya estaba
cerca de cuatro metros por debajo de los cimientos originales.
La
máquina trabajaba sin problemas, pues el suelo era algo arenoso y
por ende fácil de remover; durante el trabajo el operador se había
encontrado con algunas piedras de no más de cincuenta kilos, lo que
no era desafío para su máquina. El trabajo seguía monótono,
cumpliendo los plazos establecidos, sin ninguna sorpresa. De pronto
la pala chocó contra una superficie dura: el operador intentó
removerla pero le fue imposible. De inmediato llamó por radio, y un
par de minutos más tarde cuatro obreros con sendos chuzos de acero y
palas aparecieron en el lugar. Luego de remover la tierra alrededor
del obstáculo, quedaron paralizados.
El
operador bajó de la máquina y se acercó al sitio. En el lugar
había una suerte de cubo de piedra de seis metros por lado que no
debería estar en ese lugar ni menos a esa profundidad. Uno de los
ingenieros ordenó detener las obras en esa zona mientras llegaban
los arqueólogos: sin embargo el operador de la excavadora descubrió
que a quince centímetros del borde externo había un surco, como si
el cubn tuviera una tapa de piedra. El hombre subió a su máquina,
con ayuda de uno de los obreros ubicó el surco, y colocó uno de los
dientes de la pala en el sitio para empezar a hacer palanca: a los
dos minutos removió la tapa dejando abierto el cubo. Cuando llegaron
el resto de los obreros y los ingenieros y miraron dentro del espacio
abierto, quedaron estupefactos.
El
operador bajó de la máquina y se acercó al cubo abierto. Dentro
había cuatro esqueletos ataviados con sotanas negras y al centro un
libro enorme con una gran “C” de metal incrustada en el cuero de
la tapa. El hombre se lanzó sin pensar dentro del cubo de piedra y
abrió la tapa del libro.
Once
de la mañana. Un enorme destello se dejó ver en toda la ciudad,
acompañado del ruido como de un trueno gigantesco. Donde estaba la
excavación del nuevo mall no quedaba nada, la fosa estaba cubierta,
no había máquinas ni trabajadores. La policía y los curiosos
empezaron a acercarse, temerosos. Cinco metros más abajo, el cubo de
piedra con los cadáveres de los cuatro monjes protectores y el
grimorio de San Cipriano volvieron a la tranquilidad y la protección
de la que nunca deberían salir.